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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Misiones

Después de 40 años

Por Hna Inmaculada Doncel, S.H.M.
Chone (Ecuador)

Prácticamente recién llegadas a Chone (Ecuador), las Siervas del Hogar de la Madre tuvieron la oportunidad de ayudar para que la procesión del Corpus Christi se volviese a celebrar en aquellas tierras en las que desde hacía 40 años el Señor no salía por las calles.

Llevábamos apenas dos meses en Chone (Ecuador). Todo era nuevo para nosotras. Todos los días aprendíamos algo más. Estábamos impresionadas de cómo se trabajaba. Asistíamos a las reuniones donde se iban programando, preparando y evaluando las diferentes actividades que en la parroquia se realizaban.

- “El próximo mes es la festividad del Corpus”.
- “¿Va a haber procesión?”, preguntamos nosotras.
- “¿Procesión? No, la procesión es el mes que viene con el Señor de la Buena Esperanza”.
- “Ya, pero nosotras decimos procesión con el Santísimo”.
- “No. ¿Y qué es eso, hermanita?”.
- “Pues, este día el mismo Jesús en la Eucaristía sale por las calles de la ciudad bendiciéndonos a todos”.

Entonces alguien recordó que antes sí se hacía. El P. Ibáñez, aquel padrecito español... Sí, hacía cuarenta años que Chone no veía pasar a Jesús en la Eucaristía por sus calles.

La gente nos preguntaba, se entusiasmaba con la idea. El P. Alberto, colombiano, que también le encantaba celebrar esta fiesta del Corpus con procesión, comenzó a animar a muchos catequistas y amigos de la parroquia. En pocos días era un buen grupo el que estaba ilusionado. Lo consultamos con el párroco, le pareció excelente idea y nos decidimos a tener procesión, pero... “Hace falta un paño de hombros... No tenemos palio... Muchos desconocen esta festividad... ¡Sólo quedan tres semanas!”.

Nos pusimos manos a la obra.
Había poco tiempo pero el Señor se merecía unas cuantas carreras y sofocos. Fuimos a por la tela para confeccionar el paño de hombros y el palio. Diseñamos los dibujos. Unas señoras se ofrecieron a bordarlos, otra a montarlo, otras a aportar dinero para los gastos. Encargamos las maderas para las barras del palio.

Fueron días de mucha tensión pero de grandes “regalos”: la entrega y generosidad de muchas personas que ofrecieron su tiempo, su trabajo, su dinero y su oración para honrar al Señor.

¡ Dios mío, en qué lío nos has metido!
Nosotras estábamos acostumbradas a participar en las procesiones del Corpus de pueblecitos, con diez o veinte niños de Comunión, con la tradición y experiencia de muchos años. Aquí había que organizarla, y no eran veinte niños, ni ochenta... eran cientos de niños sólo de Primera Comunión.

Nos recorrimos distintos grupos de catequesis para explicar lo que celebrábamos y lo que se iba a hacer. Los catequistas colaboraron mucho, entusiasmaron a los niños. Todos los que pudieran, iban a ir vestidos de blanco. Se buscaron flores, pétalos, para lanzar a la custodia. Algunos catequistas y laicos de la parroquia se “patearon” las calles del recorrido de la procesión, para hablar con los vecinos y animarles a decorar las calles. Fue toda una labor de evangelización.

La tarde anterior a la procesión estuvimos montando el palio en casa de una bienhechora: corta, cose, pega los flecos dorados, el cordón, las cintas... Era de noche cuando llegamos a casa. En el camino íbamos viendo cómo la gente preparaba las guirnaldas, los globos, para adornar las calles, barrían y limpiaban las aceras y la carretera. ¡Qué bonito! ¡Todo esto es para Ti, mi Jesús! Al día siguiente, tempranito, llegó el paño de hombros.

Amanecimos sin luz, por tanto sin megafonía. Todo eran carreras, nervios. Parecía que todo salía mal. “Hermanas, esto va a ser un desastre. No va a venir nadie, ya verán”, nos decían una hora antes de la Misa. Y nosotras, mirando al Cielo decíamos: “Señor, Tú sabrás; es por Ti y para Ti. Pero si quieres esta humillación para nosotras, pues ¡bendito seas! Que todo sea para tu gloria”. Sólo podíamos confiar.

Entramos en la Iglesia. Comenzó a llegar gente, y gente, y la Iglesia se llenó. Se conectaron unos micrófonos a la batería del coche y celebramos la Misa. Terminada, el P. Alberto salió con la custodia bajo palio, llevado por jóvenes. Delante abrían camino otros con la cruz, las velas, el incienso, y un reclinatorio para arrodillarse en cada uno de los seis altares que se habían preparado.

El P. Claudio montó los altavoces en el coche y la hna. Rosi con la guitarra y otros catequistas animaron la procesión con cantos, actos de fe, de adoración, de amor, de esperanza, vivas a Jesús en la Eucaristía... Los niños cantaban las canciones que en esos días habíamos estado ensayando: “Jesús, ven a mi morada”, “Tan cerca de mí”... La hna. María hizo de reportera gráfica con una cámara que nos habían prestado. Y la hna. Estela y yo intentábamos organizar un poco la procesión. No había mucho orden, pero ¡qué más daba! Lo importante es que todos acompañáramos con todo nuestro cariño al Señor por las calles de Chone.

Estábamos felices. Las calles, los altares, todo estaba precioso. Y lo más precioso era ver el milagro que Dios estaba haciendo en el corazón de cada uno de nosotros. Nuestro amor y nuestra fe en Jesús Eucaristía había crecido.


Nadie esperaba una respuesta así. Hubo obstáculos para que perdiéramos la fe y la paciencia, pero Dios lo hizo brillar todo. A veces nos preguntamos cómo podemos cumplir nuestra primera misión: “La defensa de la Eucaristía”. Ésta fue una inesperada y hermosa manera de cumplirla.

©Revista HM º119 - Julio/Agosto 2004

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