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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Misiones

La última batalla (II)

Continuación de la Revista H.M. 118

Por la Comunidad de Siervas (Ecuador)

Hace unos días me encontré por la calle con una amiga que no había visto desde hace bastante tiempo. Nos saludamos, hablamos… En un momento de la conversación me preguntó qué había sido de la señora que había salido en un artículo de nuestra revista titulado ¨La última batalla¨. La Sra. Carmen que estaba muy enfermita y que el enemigo la tenía atrapada por un juramento sacrílego que le impedía perdonar a sus hijos y a recibir ella misma el perdón de Dios y por la cual pedíamos oraciones. Me comentó que había estado rezando mucho por ella, por su conversión.



Ciertamente la Sra. Carmen fue tocada por la gracia de Dios y no dudo que las oraciones constantes de tantas personas, que incluso desde varios países ofrecían por su conversión, fueron ablandando y disponiendo su alma para que el Señor actuara en ella. ¡Qué grande es el poder de la oración!

Quiero contaros a todos la infinita misericordia que Dios tuvo con este alma. Bendito sea por siempre.

Nosotras no podíamos más que rezar por ella e ir a visitarla de vez en cuando, hablarle, hacerla reír y sobre todo rezar con ella el rosario de la Divina Misericordia, a lo cual siempre estaba dispuesta. Siempre nos cogía de la mano y nos apretaba, era como si quisiese decir: ¨no me dejen¨ y cuando nos íbamos repetía: ¨no se olviden de mí¨. Después de varios meses así, un día, que pasábamos cerca de su casa, pensamos en entrar rápidamente para ver cómo estaba, a pesar de no disponer de mucho tiempo.

Se encontraba como siempre acostada. Su familia nos dijo que estaba peor. Había perdido la cabeza y estaba muy débil. Creían que le quedaba poco tiempo de vida. Para nuestro asombro, al acercarnos a ella, nos reconoció perfectamente y con una voz casi ininteligible nos dijo: ¨las madresitas¨. Al salir de su casa fuimos rápidamente a avisar a un sacerdote que inmediatamente cogió los santos óleos y nos dirigimos de nuevo a su casa. El Padre intentó hablar con ella para confesarla, pero fue imposible porque sólo decía incoherencias y no se le entendía. Al final, después de rezar junto a ella, el sacerdote le administró el sacramento de la unción de enfermos y la absolución bajo condición, con la esperanza de que el sacramento la dispusiera interiormente a perdonar. Antes de irnos, el Padre habló con la familia pidiéndoles que llamaran a esos hijos enemistados. Invitándoles a que entre los hermanos entraran en diálogo y se perdonaran porque ver la paz entre sus hijos iba a facilitar el perdón en el corazón de la Sra. Carmen.

Al cabo de unas semanas fuimos de nuevo a visitarla. Se encontraba mucho mejor que la vez anterior, incluso se incorporó de la cama en la que estaba. Nos reconoció perfectamente y pudimos hablar con ella porque había recuperado la razón. Su rostro reflejaba mucha paz y tranquilidad. Una de sus hijas nos contó que al fin habían venido sus hermanos y que de rodillas, delante de su madre, se habían arrepentido de todo el daño que le habían hecho y le habían pedido perdón. Al principio le costó perdonar, pero ellos le pidieron como muestra del perdón un beso y finalmente se lo dio. Cuando hablamos con ella le preguntamos si quería confesarse y nos dijo que sí.

¿ Os podéis imaginar nuestra alegría y nuestro agradecimientoa Dios?

Al día siguiente volvimos a su casa acompañadas de nuevo por el sacerdote y por el Señor oculto en la Eucaristía. El Padre se quedó impresionado al ver la mejoría de la Sra. Carmen. El Señor se la había concedido para poderse reconciliar con Él. Su mente estaba lúcida. Arrepentida recibió el perdón de Dios y a continuación el Sacramento de la unción de enfermos y el Santísimo Cuerpo de Cristo. ¡Cuántas gracias para este alma tan necesitada! Me impresionaba mucho ver el poder de Dios actuando a través de las manos sacerdotales que eran las mismas manos de Jesús que curaban.

Nosotras presenciando todo esto con emoción no podíamos más que dar gracias al Señor por su infinita paciencia y misericordia. Podíamos notar en la cara de la viejecita mucha alegría e inocencia. Parecía una niña de ochenta y séis años.

Muchas gracias, Señor, por habernos concedido la gracia de ver la conversión de este alma, por habernos hecho experimentar tu amor y misericordia.

Muchas gracias también a todos vosotros por vuestras oraciones. ¿Qué importa que le conozca o no?¿Qué importa que viva cerca de mí o no? Todos estamos dentro de la gran familia de la Iglesia y nos tenemos que ayudar a ir al cielo. Las oraciones llegan todas hasta el Corazón de Dios y Él las hace dar fruto. Alabado sea.

 

©Revista HM º124 Mayo/Junio 2005

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