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Beato Karl Leisner, Sacerdote y mártir

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Conoce a tus mártires

Por Hna. Elvira Garro, SHM

Karl Leisner nació en Rees/Niederrhein (Alemania), el 28 de febrero de 1915, pero se educó en Kleve. Desde la primera juventud mantuvo ardiente la llama del amor de Cristo con la oración, la lectura de la palabra de Dios y la Misa diaria. «Cristo, Tú eres mi pasión», había escrito en su diario. Siendo estudiante de bachillerato ingresa en el Movimiento de Schönstatt y se hace apóstol de una profunda devoción mariana a la que le había impulsado el P. Kentenich y el movimiento de Schönstatt.

En enero de 1933, el nacional-socialismo había llegado al poder en Alemania. El 2 de julio, las autoridades cerraron los locales de las organizaciones católicas y confiscaron sus bienes. Karl escribe: «En la escuela, los enfrentamientos son cada vez más duros... Se nos fustiga como activistas católicos, enemigos del Estado... Ello nos hace estar más orgullosos. A pesar de algunos momentos sombríos que suscitan el miedo, mantenemos muy alto el estandarte católico del movimiento de juventud». Ante estos acontecimientos no deja que el miedo ni el odio enraícen en su corazón: «Ardemos de amor por Cristo y por cualquier ser humano, más aún por cada hermano y cada hermana de nuestro pueblo alemán. Lanzamos el odio al fuego... Que asciendan llamas de amor, eterna nostalgia del corazón alemán, un grande y poderoso pueblo unido cristianamente por el amor y el respeto mutuo».

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Después de un retiro espiritual, se siente llamado a enseñar a los hombres mediante el servicio sacerdotal el camino de Dios. «Cristo, Tú me has llamado. Yo digo, humilde y decidido: Aquí estoy, mándame», escribe a comienzos de sus estudios de Teología.

El obispo de Münster, Mons. Clemens August Graf Von Galen, lo nombró responsable diocesano de la juventud católica de la diócesis, el 17 de septiembre de 1934. Karl desempeñó con responsabilidad y entrega generosa el encargo que le habían confiado. Fue un gran apóstol de los jóvenes, recorrió infatigable la diócesis para contactar con ellos, organizarlos y dirigirlos, a pesar de la difícil situación política que atravesaba Alemania. La Gestapo, policía secreta nazi, controlaba sus movimientos con hostilidad y sospecha, pues veían en él y su actividad un obstáculo para poder expandir las ideas del régimen entre la juventud.

El 25 de marzo de 1939 fue ordenado diácono y en mayo es internado en el sanatorio de San Blais en la Selva Negra, aquejado de una tuberculosis avanzada. El 9 de mayo del mismo año, la Gestapo le arresta en el hospital, delatado por un compañero por haber hecho un comentario sobre el atentado fallido contra Hitler. Recluido en la cárcel de Friburgo, se abandona en manos de Dios y con la Mater Tres veces Admirable -advocación mariana de Schönstatt- pronuncia su propio Fiat, ofreciéndose «como sacrificio total, holocausto por la juventud, por Alemania y por el Reino de Dios».

En marzo de 1940 es deportado al campo de concentración de Sachsenhausen y más tarde al de Dachau. «En un mundo que llegó a ser inhumano, él dio testimonio de Cristo, que es el único Camino, la única Verdad y la única Vida» (Juan Pablo II, Homilía de la beatificación). También aquí, olvidado de sí, buscaba cómo animar y consolar a sus compañeros de infortunio, por lo que fue conocido como «el ángel reconfortante». La salud del joven empeoró debido a las condiciones de vida del campo, y en varias ocasiones fue trasladado a la enfermería, que se asemejaba a la antesala de la muerte. Considerado como «boca inútil», su nombre apareció en la lista de los que iban a ser conducidos a la cámara de gas. Pero Dios tenía otros planes para su elegido y el nombre de Karl fue borrado de la lista. Antes de concederle la corona del martirio, el Señor quería configurarle en Alter Christus. Lo que Karl tanto anhelaba y parecía imposible, se hizo realidad. El 17 de diciembre de 1944, domingo gaudete, Karl, gravemente enfermo, recibe de forma clandestina la ordenación sacerdotal de manos del obispo francés Gabriel Piguet, también prisionero. La alegría de Karl es desbordante, su debilidad era tan grande, que no pudo celebrar su primera y única misa hasta el día 26 de diciembre, fiesta de San Esteban.

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El 4 de mayo de 1945 es liberado del campo de concentración, le quedan pocos meses de vida. Es conducido al sanatorio de Planegg donde recibe la visita de sus familiares. El final se acerca, la enfermedad avanza a pasos agigantados. Unos días antes de morir le confía a su madre: «Mamá, voy a hacerte una confidencia, pero no quiero que estés triste. Sé que voy a morir pronto, pero soy feliz».

Entregado al amor de Dios y después de recibir los sacramentos, fallece el 12 de agosto. Las últimas palabras que dejó escritas en su diario fueron: «¡Bendice, oh Altísimo, también a mis enemigos!» .

Sus restos mortales reposan en la cripta de la Catedral de Xanten.

Juan Pablo II lo beatificó el 23 de junio de 1996.

«La prueba de un seguimiento auténtico de Cristo no consiste en las alabanzas del mundo, sino en dar testimonio fiel de Cristo Jesús. El Señor no pide a sus discípulos una confesión de compromiso con el mundo, sino una confesión de fe, que esté dispuesta incluso a ofrecerse en sacrificio. Karl Leisner dio testimonio de esto no solo con palabras, sino también con su vida y su muerte: en un mundo que se había vuelto inhumano» (San Juan Pablo II, homilía de la beatificación).

© Revista HM Nº207 Marzo-Abril 2019

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Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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