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Santos

"El amor no puede morir"


MARCELVANRETRATO

Marcel Van

D. Álvaro Cárdenas Delgado, sacerdote de la Diócesis de Getafe, España, ha trabajado desde hace dos años en la traducción al español de la Autobiografía de Marcelo Van, religioso vietnamita contemporáneo del Cardenal Van Thuan. Recientemente ha aparecido ya en España la obra traducida. A continuación ofrecemos un resumen de la presentación de la vida de Marcelo Van a través de esta obra. Su causa de beatificación se abrió en 1997 por el Cardenal Nguyen Van Thuan y está actualmente en curso.

Marcelo Van nació en Vietnam en 1928 y murió en 1959, a los 31 años de edad, extenuado y enfermo, en uno de los campos de «reeducación» comunistas. Vivió una existencia corta pero asombrosamente intensa y fecunda. Un joven con una sensibilidad espiritual fuera de lo común, que encontró en Santa Teresita del Niño Jesús su alma gemela. Su existencia estuvo marcada por la humillación y el sufrimiento pero siempre estuvo unido íntimamente a Jesús, especialmente en la Eucaristía, y a la Virgen.

Estableció un diálogo interior en forma de coloquios, a través de Santa Teresita del Niño Jesús, de la Virgen María y de Jesucristo, por medio de los cuales le reveló su camino, lo consoló, lo sanó de sus heridas, lo fortaleció en su debilidad y le mostró su misión, educándole con maravillosa paciencia, ternura y comprensión para que la pudiera realizar. ¿Y cuál es esta misión que el cielo le confió? Ser el apóstol escondido del Amor Misericordioso, prolongando en la tierra durante su vida, y más aún después de ella, la misión de su hermana mayor Santa Teresita.

Él escribió su biografía y con estas palabras le indicaba a su director espiritual su único objetivo al escribir su historia: «Mi único objetivo escribiendo esta historia es cumplir perfectamente la santa voluntad de Dios. Hasta ahora nunca se me había ocurrido servir de intermediario entre la gracia divina y las almas. Mi único anhelo es ser una flor silenciosa, que oculta su belleza en el corazón de Dios. Sin embargo, Dios no está obligado a seguir esta voluntad. Al contrario, debe realizar las palabras salidas de su boca: “no se enciende una lámpara para ocultarla en una vasija de barro”. Él ha querido que yo, como una flor, revelara mi belleza y derramara mi perfume a plena luz del día para cumplir bien con mi destino». El 8 de septiembre de 1946 termina la Autobiografía.

Se reconoce a sí mismo como una rosa que Dios ha hecho preciosa, pero a costa de largos años de trabajo y sufrimiento.

Marcelo Van expresa a su director espiritual –a través de la imagen del pétalo separado de la flor– el resumen de su vida. Como pétalo desgajado de su flor, el sufrimiento es su destino: «Como mi destino es ser un pétalo desprendido, pienso que en mi vida no habrá casi ninguna dulzura. El sufrimiento, he aquí la imagen de toda mi vida. Sí, Padre, es verdad, muy temprano conocí el sufrimiento, y casi toda mi vida ha sido un sufrimiento».

Vive el gozo y la alegría en el seno de una familia humilde y profundamente católica, en la que es intensamente amado y donde aprende a vivir de cara a Dios, a dirigirse a Jesús y a la Virgen en la oración, acompañado del cariño de sus hermanos y de sus abuelos. Su madre somete su natural terco y rebelde. Su padre también se deshace en dedicación y ternura hacia él. Siente una emoción extraordinaria al rezar a la Virgen, mostrando así una precocidad espiritual muy particular. Antepone la visita al Santísimo a sus juegos. Su ilusión por recibir por primera vez a Jesús el día de su Primera Comunión fue indescriptible. A la par que crecía, crecía también con él el deseo de ser sacerdote. En tiempos de Van, los niños que deseaban ser sacerdotes o se planteaban serlo podían vivir y estudiar en algunas casas parroquiales que les ofrecían estudios, al tiempo de una adecuada educación.

A los 7 años, Van, movido por un vivo deseo de ser sacerdote, deja a su tan querida familia para ir a la Casa parroquial de Huu Bang. Pronto, el demonio, rabioso por la inocencia y el ejemplo que el pequeño da a todos, empezó a asediarlo a través de la envidia y de la malicia de un catequista. Llegan para el pequeño Van humillaciones y vejaciones inimaginables: trató varias veces de violarlo, sin conseguirlo; con pretexto de educarlo en la penitencia, le impuso recibir cada noche, dieciocho gol-pes de bambú, prohibiéndole decírselo a nadie (las heridas de su espalda se llenan de pus); aprovechando la ausencia del párroco, le pone como condición para comulgar recibir tres golpes de bambú bien dados, que él acepta valientemente para no verse privado de Jesús; al final, llegó a negarle el alimento y Van, para no morir de hambre, tuvo que dejar de comulgar diariamente. Se aferra a la Virgen, particularmente al rosario. Para doblegarlo, su catequista se lo quita. El pequeño acabará rezándolo con los dedos, dispuesto a que se los corten, si fuera necesario, antes de dejar de rezarlo. La casa está llena de impureza. Tiene 8 años. Se siente solo y abandonado.

Con 10 años le destroza el sufrimiento de su familia, sumida en la desgracia por unas inundaciones terribles. Durante tres meses piensa que todos han muerto. Pero lo que más le hará sufrir es la caída en la bebida y en el juego de su padre. Sin poder su madre enviar dinero al párroco para la educación de su hijo, este le pierde todo el respeto y lo toma por su siervo. Usado como esclavo, no puede estudiar. Así, nunca podrá ser sacerdote. Las costumbres de la casa están pervertidas. . Su único consuelo es Jesús en la Eucaristía.

Con 12 años se escapa y regresa a casa, pero sus padres no le creen, piensan que es un mentiroso. Su madre lo lleva de nuevo a la Parroquia, comprobando que tiene razón, pero ante la situación económica de la familia le pide el sacrificio de quedarse en ella hasta que encuentre otra mejor. Unos meses más tarde, la vida se hace imposible allí.

MARCELVANYSUHERMANA

Van vuelve a escaparse. Durante dos semanas vive como vagabundo, trabajando en condiciones miserables. Famélico, sucio, andrajoso e irreconocible, decide volver a su familia. Sus padres lo reciben como a un hijo degenerado. Al mes, Van huye de su casa junto a su hermana, pero su padre los alcanza. Alguien de la casa parroquial de la que se escapó llega a la casa familiar y comienza a extender terribles calumnias contra él. Las calumnias se extienden por toda la aldea, destruyendo su reputación ante todos. Él no se defiende. Sabe que Dios conoce la verdad. Zarandeado por terribles tentaciones de desesperación, se confía a la Virgen. Ella lo consuela en su tribulación.

Van recibirá una gracia de Navidad que le consolará inefablemente, le fortalecerá interiormente y le revelará su misión. En la Navidad de 1940, su alma encuentra de nuevo la paz. En esa noche de Navidad recibió una luz que le mostró que el sufrimiento es un regalo del amor de Dios. Recibió su misión: transformar el sufrimiento en alegría.

Van regresa a la Casa parroquial de Huu Bang. Allí tiene una terrible visión de los pecados del mundo, especialmente contra la pureza. En ese momento, ante la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, hace voto de guardar su virginidad por toda la vida. Y emprende una cruzada por la pureza en la casa. Para ello, se impone fuertemente durante tres meses oraciones y penitencias por esta intención. Consciente de su responsabilidad sobre los más pequeños, forma la Tropa de los «Ángeles de la Resistencia». Tiene 13 años.

En enero de 1942 ingresa en el Seminario de los dominicos de Langson. Allí ingresa en la Tropa Scout. Van avanza con serenidad y alegría hacia una gran unión con Dios. Su anhelo de ser sacerdote es más ardiente que nunca. Pero algunos meses después, el Seminario cierra por falta de recursos. Lo envían al Seminario de Quang Uyen pero ante su falta también de recursos, es enviado a la parroquia local. Allí, Santa Teresita saldrá a su encuentro.

Van está desalentado porque no encuentra ningún santo que le ayude. Querría probarle a Jesús su amor, pero le daba mucho miedo la penitencia. Una noche le vino el pensamiento de ser santo. Incapaz de hacer penitencia como hacían los santos, se siente también incapaz de llegar a ser uno de ellos. Decide ir a la sala de estudio, buscar la vida de algunos santos, ponerlas sobre la mesa, cerrar los ojos, revolverlas y tomar una al azar. Así lo hace, y toma entre sus manos «Historia de un Alma». Cuando ve que es la historia de una Carmelita descalza siente una profunda decepción. Otra vez un santo imposible de imitar. Había prometido a la Virgen que lo leería y lo hizo. Sintió de inmediato un gran alivio y una desbordante felicidad. «Para llegar a ser santo, no es necesario seguir el camino que siguieron los “santos de antes”» . Sus ojos se llenan de lágrimas y una alegría indescriptible le embarga: «No había leído más de dos páginas, cuando mis ojos se llenaron de lágrimas y dos torrentes corrieron por mis mejillas, inundando las páginas del libro. Imposible seguir mi lectura. Mis lágrimas eran el testimonio de mi arrepentimiento por mi actitud anterior, y a la vez una fuente de alegría indescriptible […]. Lo que colmó mi emoción fue este razonamiento de Santa Teresita: “Si Dios se rebajase solamente hacia las flores más bellas, símbolo de los santos doctores, su Amor no sería un amor absoluto, pues lo propio del amor es abajarse hasta el extremo”» . Desaparece su temor a ser santo: «Comprendí que Dios es amor y el Amor se acomoda a todas las formas de amor. En consecuencia, puedo santificarme por medio de todas mis pequeñas acciones: una sonrisa, una palabra, o una mirada, con tal de que lo haga todo por amor. ¡Oh! ¡Qué felicidad! Teresita es una santa que responde perfectamente a mi idea de santidad. A partir de ahora, ya no temo llegar a ser santo. He encontrado un camino que hace menos de un siglo ha sido recorrido por otra alma, y esta alma alcanzó la meta suprema, como muchas otras almas que antaño siguieron un camino doloroso y sembrado de espinas. Es el camino del Amor de Santa Teresa del Niño Jesús».

marcelysantateresita

Una mañana, contemplando el amanecer, oyó una voz femenina que le llamaba: «¡Van! ¡Van! Mi querido hermanito». Era ella hablándole. Teresita le anuncia su vocación religiosa, pero no sacerdotal: «Dios me ha dado a conocer que no serás sacerdote. […] El estado sacerdotal es un estado sublime, pero es imposible abrazarlo fuera de la voluntad de Dios. Ante todo y por encima de todo, el estado de vida que supera a todos los otros es conformarse en todo a la voluntad de Dios, nuestro Padre Celestial».

Y le anima. Los deseos de su alma sacerdotal se cumplirán, como se cumplieron en ella, siendo apóstol por el sacrificio y la oración. Así, será la fuerza vital de los apóstoles misioneros: «Vamos, hermanito, a pesar de que no seas sacerdote tienes un alma sacerdotal, vives una vida sacerdotal, y tus deseos de apostolado que te proponías realizar en el estado sacerdotal los realizarás como si fueras realmente sacerdote. En eso no hay ninguna dificultad para el poder de Dios. Cree que Dios, infinitamente poderoso y justo, no puede nunca rechazar el deseo de un alma justa que quiere realizar grandes cosas por Él. Sí, creo que tu anhelo del sacerdocio es muy agradable a Dios. Y si Dios no quiere que seas sacerdote es para introducirte en una vida escondida en la que serás apóstol por el sacrificio y la oración, como yo lo he sido antes […]. Hermanito, alégrate y sé feliz por haber sido contado entre los apóstoles del Divino Amor para ser la fuerza vital de los apóstoles misioneros […]. Cuando entiendas tu vocación y la gracia excepcional que Dios te ha concedido, serás tan feliz que no sabrás qué palabras utilizar para agradecérselo. Serás religioso».

Respecto a la congregación en la que deberá entrar, la Virgen –le dice Teresita– será la que se lo dé a conocer. Poco después el pequeño Van entra en el noviciado de los Redentoristas. Allí empiezan coloquios interiores con Jesús, la Virgen y Santa Teresita. Su noviciado concluye con sus primeros votos. Van vivirá en varias comunidades redentoristas. En ellas sufre incomprensiones y, debido a su baja estatura y a su debilidad física, el sufrimiento de un trabajo que lo agota. Durante todo este tiempo, su santidad permanece escondida a los ojos de todos. Vive escondido con Cristo, con la Virgen y con Santa Teresita, en Dios.

En septiembre de 1954, al año siguiente de la división en dos del Vietnam, Van decide regresar voluntariamente al Vietnam del Norte, formando parte del grupo de valientes que volvieron allí para ayudar a los católicos que permanecieron en la zona comunista. A los nueve meses de estar allí, el 7 de mayo de 1955, fue detenido por la policía comunista, permaneciendo preso durante cuatro años, en durísimas condiciones. Hizo su acto de ofrenda total al Amor Misericordioso y se ofreció día a día a Dios con su oración y su trabajo, con sus alegrías y sufrimientos, hasta la consumación de su amor con su muerte el 10 de julio de 1959. Murió de beriberi y tuberculosis, y por otros prisioneros se sabe que lo hizo rebosando fe, paz y alegría.

El Padre Boucher recoge los nueve años siguientes de la vida de Van, que no están recogidos en su Autobiografía, desde 1950 hasta su muerte. Tenía 31 años de edad y apenas 15 como redentorista. Terminará su Autobiografía el 8 de septiembre de 1946 a los 22 años.

«He aquí, ahora, la última palabra que dejo a las almas... les dejo mi amor. Con este amor, por pequeño que sea, espero saciar a aquellas almas que quieren hacerse pequeñísimas para venir a Jesús. Eso es lo que quisiera describir, pero con mi poco talento me faltan las palabras para hacerlo...» .

Sus últimas palabras fueron: «El amor no puede morir».

 

 

© Revista HM Nº208 Mayo-Junio 2019

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