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Santos

Madre Teresa, su noche oscura

El padre Brian Kolodiejchuk, postulador de la causa de Madre Teresa, ha afirmado que en el caso de la Madre Teresa fue una experiencia más profunda aún que una prueba de fe, cabe hablar más de “una prueba de amor”.

La Madre Teresa de Calcuta fascinó y sigue fascinando a pesar de que han pasado ya más de diez años de su muerte. Esta mujer que se definía a sí misma diciendo: “de sangre soy albanesa. De ciudadanía, india. En lo referente a la fe, soy monja católica. Por mi vocación, pertenezco al mundo. En lo que se refiere a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús”, era muy conocida y admirada, y sin embargo, a pesar de esta popularidad fue capaz de esconder su vida más íntima, su vida de relación con Dios y la profunda desolación y prueba interior que vivió durante casi toda su vida, incluso a sus mismas hermanas.

Todo esto ha sido conocido últimamente gracias a la publicación en septiembre del 2007 de un libro titulado  «Madre Teresa: Ven y sé mi luz» («Mother Teresa: Come Be My Light»), publicado por el padre Brian Kolodiejchuk, postulador de la causa de canonización de la religiosa. El título del libro hace referencia a las mismas palabras que Jesús dirigió a la Madre Teresa en el año 1947.

Este libro histórico revela aspectos antes desconocidos de la vida interior de Madre Teresa a través de la correspondencia que ella tuvo con sus directores espirituales y superiores durante cerca de sesenta años. Vivió a lo largo de los años una constante "oscuridad ", sintiéndose rechazada por Dios pero determinada a "amarlo como nunca había sido amado antes". Su heroica y firme fe, su fidelidad, valentía y alegría durante este doloroso y extenso período de prueba resaltan aún más su santidad y constituyen un ejemplo para todos nosotros. El libro también revela su identificación con los mas pobres de los pobres a los que sirvió. Comprendió que la "oscuridad" era el "lado espiritual de su trabajo". Compartía el sentimiento de no ser "amado, querido, apreciado" que describía como la pobreza más grande que hay actualmente en el mundo.

Se nos descubre así toda la heroicidad de esta mujer menuda, frágil, enjuta, que tan sólo ha salido a la luz después de su muerte. La dolorosa noche de su alma, que comenzó más o menos cuando dio inicio a su trabajo con los pobres y continuó hasta el final de su vida, condujo a Madre Teresa a una siempre más profunda unión con Dios. Mediante la oscuridad, ella participó de la sed de Jesús, el doloroso y ardiente deseo de amor de Jesús.

De aquella oscuridad interior que ella experimentaba mientras todo el mundo admiraba su radiante alegría, la Madre Teresa dio cuenta solamente a sus directores espirituales, ordenando que después destruyeran sus cartas. Gracias a Dios muchas de estas cartas se salvaron por el director espiritual que con el permiso de ella, había hecho una copia para el Arzobispo y futuro Cardenal Mons. Trevor Lawrence Picachy. Después de fallecido éste, entre sus cartas, se encontraron las de Madre Teresa. El Arzobispo, para suerte nuestra, se negó a aceptar la petición de destruirlas que también le hizo a él la Madre Teresa.

¿Qué es lo que sucedió realmente en la Madre Teresa después de dar su sí a la llamada que el Señor le estaba haciendo? En el año 42, es decir, cuando la Madre estaba todavía en la orden de Loreto, cinco años después de sus votos perpetuos, hizo el voto de “no negarle nunca nada a Dios”, bajo pena de pecado mortal. Cuatro años después, en el tren de Calcuta a Darjeeling recibió la inspiración para empezar su obra con los más pobres de entre los pobres. Según se desprende de estas cartas, todo empezó el 10 de septiembre. Jesús le habló por medio de una locución interior. Le pidió salir de Loreto y empezar su trabajo con los más pobres. Las primeras palabras que Jesús le dice se refieren al voto que ella había hecho cuatro años atrás: “¿No me vas a negar esto a mí? Te estoy pidiendo esto... no te vas a negar a hacer esto por mí”. Obviamente, no se podía negar a hacer lo que consideraba la voluntad de Dios para ella. Jesús continuó hablando con la Madre Teresa durante varios meses. Las últimas palabras fueron en agosto del 47, en que le dice: “Ven, sé mi luz, no puedo ir solo, ellos (los pobres) no me conocen, y por lo tanto, no me quieren. Tú, llévame a ellos. ¡Cuánto deseo entrar en sus agujeros, en sus oscuros e infelices  hogares!”. Así, pues, la Madre Teresa, que por entonces tenía 36 años, experimentó durante varios meses una profunda unión mística. Ella dirá, hablando de esta experiencia: “Simplemente, Él se dio a mí en plenitud”.

Sin embargo, en el año 49, al empezar la obra que le había pedido Jesús comienza un período de oscuridad profunda en su alma. Curiosamente parece como si con el inicio del servicio a los pobres viniera sobre ella una oscuridad abrumadora. Una profunda prueba interior que le llevó incluso a decir: “Hay tanta contradicción en mi alma: un profundo anhelo de Dios, tan profundo que hace daño; un sufrimiento continuo, y con ello el sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin celo... El cielo no significa nada para mí: ¡me parece un lugar vacío!”. Esta prueba interior tuvo en la Madre Teresa características especiales pues no fue un paso previo, una purificación del alma, como ha ocurrido en tantos santos, que la llevarían a una profunda unión mística después de algunos años, sino que fue su estado permanente, hasta su muerte.

Durante estos años la Madre Teresa tiene palabras que ninguno habría sospechado en ella: “Dicen que la pena eterna que sufren las almas en el infierno es la pérdida de Dios… En mi alma yo experimento precisamente esta terrible pena del daño, de Dios que no me quiere, de Dios que no es Dios, de Dios que en realidad no existe. Jesús, te ruego perdona mis blasfemias”. Experimenta el vértigo que supone la posibilidad de negar a Dios: “He estado a punto de decir no… Me siento como si algo se fuera a partir en mí en cualquier momento”. Y en otra ocasión: “Reza por mí, que no rechace a Dios en esta hora. No quiero, pero temo poder hacerlo”.

Siente una soledad impresionante que parece hace tambalear incluso su fe: “Señor, mi Dios, ¿quién soy yo para que me abandones? […] Llamo, me aferro, quiero, pero nadie responde, nadie a quien agarrarme, no, nadie. Sola, ¿dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo no hay nada, excepto vacío y oscuridad, mi Dios”. Pero no es la duda la que la asalta, sino la desolación de su alma, semejante al grito de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

A pesar de ello no se desalienta en sus actividades, y es capaz de escribir a sus hermanas: “Mis queridas hijas, sin sufrimiento, nuestro trabajo sería sólo trabajo social, muy bueno y útil, pero no sería la obra de Jesucristo, no participaría de la redención. Jesús deseaba ayudarnos compartiendo nuestra vida, nuestra soledad, nuestra agonía y muerte. Todo esto Él lo asumió en sí mismo, y le llevó a la noche más oscura. Sólo siendo uno de nosotros nos podía redimir. A nosotros se nos permite hacer lo mismo: toda la desolación de los pobres, no sólo su pobreza material, sino también su profunda miseria espiritual deben ser redimidas y debemos compartirlas. Cuando os resulte difícil, rezad así: Quiero vivir en este mundo que está lejos de Dios, que se ha alejado tanto de la luz de Jesús, para ayudarle, para cargar con una parte de su sufrimiento”.

Y no desfallece lo más mínimo en su fe y en su deseo de cumplir la Voluntad de Dios: “Jesús, oye mi oración, si esto te complace. Si mi dolor y sufrimiento, mi oscuridad y separación, te da una gota de consolación, haz conmigo lo que quieras, todo el tiempo que desees. Soy tuya. Imprime en mi alma y vida los sufrimientos de tu corazón. No mires mis sentimientos, no mires ni siquiera mi dolor”. En otra ocasión escribirá: “Si mi separación de ti permite que otros se acerquen a ti y Tú encuentras alegría y deleite en su amor y compañía, quiero de todo corazón sufrir lo que sufro, no sólo ahora, sino por la eternidad, si fuera posible”.

De las cartas se desprende que esta oscuridad acompañó a la Madre Teresa hasta la muerte, con un breve paréntesis en 1958, durante la cual pudo escribir jubilosa: “Hoy mi alma está colmada de amor, de alegría indecible y de una ininterrumpida unión de amor”. Si a partir de un cierto momento prácticamente no habla más de ella, no es porque la noche terminara, sino porque se adaptó a vivir en ella. No sólo la aceptó, sino que reconoce la gracia extraordinaria que eso encierra para ella. “He comenzado a amar mi oscuridad, porque ahora creo que ella es una parte, una pequeñísima parte, de la oscuridad y del sufrimiento en el que Jesús vivió sobre la tierra”.

Al leer estas líneas impresiona profundamente pensar que una mujer que se entregó completamente a los más pobres de entre los pobres, que parecía palpar a Jesús en todo lo que hacía, que transmitía a Dios por todos sus poros, viviera en una oscuridad y una desolación tan profundas. Y lo que la hace más extraordinaria aún, es que fuera capaz de vivir todo esto no un año o dos, sino 50 años, ocultándolo a la mirada de los demás. Este hecho, el silencio que guarda sobre ella misma, hace aún más bella la flor de la noche de la Madre Teresa. Tenía miedo que al hablar sobre su experiencia pudiera llamar la atención sobre sí misma. Incluso las personas más cercanas a ella no sospecharon nada de este tormento interior de la Madre hasta el final. Con la gracia de Dios consiguió ocultar todo este tormento bajo una sonrisa perenne. “Todo el tiempo sonríe, dicen de mí las hermanas a la gente. Piensan que lo más íntimo de mí esté pleno de fe, confianza, amor… Si llegasen a saber que mi ser alegre no es más que un manto con el que cubro mi vacío y miseria”. Y en otra ocasión dirá: “La sonrisa es una máscara, o una capa que lo cubre todo”.

Todo esto nos lleva a una profunda admiración de la fe y las obras de esta menuda religiosa, de esta santa que no siente, pero sabe del profundo Amor de Dios y actúa como si lo sintiese, amando con todo su corazón y haciendo el bien por donde pasaba, sin pensar ni un solo momento en sí misma.

©Revista HM º140 Enero/Febrero 2008

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