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Sta. Anna Schäffer

Sta. Anna Schäffer

Anna Schäffer nace el 18 de febrero de 1882 en Mindelstetten, un pueblo de la Baja Baviera de la diócesis de Ratisbona (sur de Alemania), en el seno de una familia numerosa y cuyo padre es carpintero. Los Schäffer son buenos cristianos.

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En 1896 muere el padre, a la edad de cuarenta años, dejando a la familia en extrema pobreza. Anna, cuyo deseo es llegar a ser religiosa, se ve obligada a trabajar para reunir su dote (contribución económica indispensable en aquella época para ingresar en un convento).

Durante la tarde del 4 de febrero de 1901, la joven, empleada en la casa forestal de Stammham, se encuentra lavando la ropa con una compañera, Wally Kreuzer. En eso, se dan cuenta de que el tubo del calentador, que pasa por encima de la caldera de lavado, se ha desprendido de la pared; para reparar la avería, Anna se sube a un muro bajo en forma de repisa, pero pierde el equilibrio y cae de pie, con el agua hirviendo de la colada hasta las rodillas. Aterrorizada, Wally, en lugar de socorrer a su compañera, corre en busca de ayuda. Acude un cochero y consigue sacarla de la caldera; luego, llevan a la desdichada en carreta hasta el hospital más cercano, que se encuentra a siete kilómetros. A las once de la noche, por fin, se hace cargo de ella un médico, que la opera durante dos horas. Las semanas siguientes son horribles, pues hay que cortar continuamente trozos de carne gangrenada.

Tres meses más tarde, el seguro de enfermedad de Anna deja de cubrir los gastos derivados de sus cuidados. Ante la imposibilidad de hacer frente a la hospitalización, su madre no tiene más remedio que llevársela a casa. Gracias a la influencia del doctor Wäldin, una institución para inválidos se encarga de la enferma; Anna será hospitalizada desde agosto de 1901 hasta mayo de 1902 en la clínica universitaria de Erlangen (cerca de Nuremberg). Sin embargo, los tratamientos no consiguen resultado alguno. De regreso a casa, Anna es tratada con gran competencia por el Dr. Wäldin, quien, mediante más de treinta intervenciones quirúrgicas, intentará en vano practicarle injertos de piel. Al no poder aliviar a la inválida, se resigna finalmente a cubrirle las piernas de vendajes esterilizados. Durante los veinte años de vida que le quedarán a Anna, los cuidados se limitarán a renovar semanalmente esos vendajes.

A partir de aquel momento, los proyectos de vida religiosa de Anna Schäffer resultan irrealizables. Su alma crece en la dura escuela de la Cruz. El párroco de Mindelstetten, el padre Rieger, que será su director espiritual, será testigo de no haber oído salir jamás de su boca queja alguna. En medio de sus incesantes dolores, Anna es fortificada y consolada por Dios vivo y, en especial, por la Sagrada Eucaristía.

«Los hombres abordan sus sufrimientos con disposiciones bien diferentes -escribe el Beato Juan Pablo II-. De entrada, sin embargo, podemos afirmar que todas las personas entran casi siempre en el sufrimiento con una protesta del todo humana, que es preguntándose ‘¿Por qué?’. Todos se preguntan qué sentido tiene el sufrimiento, buscando una respuesta en el plano humano a esa pregunta. Y esa interpelación es dirigida varias veces a Dios y a Cristo. Además, la persona que sufre no puede dejar de constatar que Aquél a quien pide una explicación también sufre, y que quiere responderle desde la Cruz, desde lo más profundo de su propio sufrimiento. Pero, a veces, se necesita tiempo, incluso mucho tiempo, para que esa respuesta comience a ser percibida interiormente... Porque Cristo no explica de manera abstracta las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: ‘¡Sígueme! ¡Ven! ¡Toma parte con tu sufrimiento de esa obra de salvación del mundo que se cumple mediante mi propio sufrimiento! ¡Mediante mi Cruz!’ (Salvifici Doloris, 26).

Su hermano Miguel, un pobre muchacho que se da a la bebida, es uno de los primeros, cuando bebe, en burlarse de Anna. Pero ella «se venga» esmerándose en convertirlo a fuerza de dulzura. No obstante, el comportamiento de Miguel obliga a la madre a alquilar un apartamento donde mudarse con su hija. A esa madre admirable que cuidará de Anna hasta su muerte y que le sobrevivirá durante cuatro años, Anna le escribe: «¡Oh, madre mía, qué suerte poder tenerte sin cesar junto a mí! Nuestro amado Salvador envía a sus hijos la ayuda necesaria en el momento oportuno, cuando se lo pedimos con confianza; y a menudo, cuanto más nos abate una adversidad o una aflicción, más cerca de nosotros se encuentra Él, con su ayuda y su bendición».

Anna nunca abandona la habitación y la cama (a la que llama su cama-cruz), y sólo en contadas ocasiones la llevan a la iglesia en un sillón. A partir del momento en que el Papa Pío X autoriza la comunión diaria, el padre Rieger le lleva todos los días la Eucaristía, de donde obtiene toda su fuerza.

Sus jornadas transcurren entre la oración, el trabajo manual y la escritura. Ella misma nos dice: «Tengo tres llaves del paraíso. La más grande es de puro hierro y muy pesada: es mi sufrimiento. La segunda es la aguja de coser, y la tercera la pluma. Con esas llaves diferentes, me esfuerzo cada día en abrir la puerta del Cielo; cada una de ellas debe llevar marcadas tres pequeñas cruces, que son la oración, el sacrificio y el olvido de mí misma». Los niños del pueblo acuden con frecuencia a visitar a Anna. Se sienten atraídos por ella, y la enferma les habla del Salvador, de la Virgen y de los Santos, explicándoles cómo ir al Cielo.

Es la caridad para con el prójimo, también doliente, lo que hace que Anna salga de su silencio. En cuanto ve a una persona afligida, encuentra mil palabras alegres y amistosas para reconfortarla, y ella misma parece la más feliz de las criaturas. Todos los escritos de Anna muestran una profunda sumisión a la divina Providencia y una gozosa aceptación de las cruces. El 14 de diciembre de 1918, escribe esto a una amiga: «Querida Fanny, debemos considerar nuestros sufrimientos como nuestros mejores amigos, que quieren acompañarnos sin cesar, noche y día, para recordarnos que debemos dirigir nuestra mirada hacia lo alto, hacia la santa Cruz de Cristo».

Continúa el Beato Juan Pablo II: «Para estar en condiciones de percibir la verdadera respuesta al ‘porqué’ del sufrimiento, debemos dirigir nuestra mirada hacia la revelación del amor divino... Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16)... El hombre perece cuando pierde la vida eterna... El Hijo único ha sido dado a la humanidad, ante todo, para proteger al hombre contra ese mal definitivo y contra el sufrimiento definitivo... (SD, 14 ss)

Cristo sufre voluntariamente, ... El sufrimiento humano alcanzó su culminación en la pasión de Cristo, y, simultáneamente, fue revestido de una nueva dimensión y entró en un orden nuevo, pues se vio unido al amor, al amor que crea el bien, obteniéndolo incluso del mal, obteniéndolo mediante el sufrimiento,... Y es precisamente en la Cruz de Cristo donde debemos plantear de nuevo la pregunta sobre el sentido del sufrimiento, así como donde buscar a fondo la respuesta a esa pregunta » (SD, 18).

Según afirma Anna, «lo más importante para mí es rezar por la Santa Iglesia y sus pastores», y entiende su vida de enferma como una participación en la Cruz de Cristo. «En las horas de sufrimiento y durante las muchas noches de insomnio, tengo una inmejorable ocasión de situarme en espíritu ante el sagrario y de ofrecer expiación y reparación al Sagrado Corazón de Jesús. ¡Oh, qué rápido me pasa entonces el tiempo! Sagrado Corazón de Jesús que te hallas oculto en el Santo Sacramento, te doy las gracias por mi cruz y por mis sufrimientos, en unión con las acciones de gracias de María, la Virgen de los Dolores».

Ella acepta con agradecimiento, hasta el final, el débil alivio que le aporta la medicina. En el transcurso de los veinticinco años de su «martirio», se lleva a cabo un progreso en la aceptación interior de las aflicciones, pues llega a descubrir poco a poco el secreto de la paz interior, que expresa del modo siguiente en su sencillo lenguaje: «¡Oh, cuánta felicidad y cuánto amor se esconden en la cruz y en el sufrimiento!... No pasa un cuarto de hora sin que padezca sufrimiento, y desde hace mucho tiempo ya no sé lo que es vivir sin dolor... A menudo, sufro tanto que apenas puedo articular palabra, y en esos momentos pienso que mi Padre que está en los Cielos debe amarme especialmente ».

«Superar el sentimiento de la inutilidad del sufrimiento... se convierte en fuente de gozo. No solamente el sufrimiento corroe interiormente a la persona, sino que parece suponer una carga para los demás. La persona que sufre se siente condenada a recibir ayuda y asistencia de parte de los demás y, al mismo tiempo, se considera ella misma una inútil. El descubrimiento del sentido salvífico del sufrimiento en unión con Cristo transforma ese sentimiento depresivo... En la perspectiva espiritual de la obra de la Redención, el hombre que sufre resulta inútil, igual que Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas... Aquellos que participan de los sufrimientos de Cristo conservan en sus propios sufrimientos una parcela realmente especial del tesoro infinito de la Redención del mundo, y pueden compartir ese tesoro con los demás»
(SD, 27).

Tres años y medio antes de su muerte, Anna debe interrumpir sus labores de costura, que hasta ese momento le servían de distracción y le daban la ocasión de ser útil. Además, resulta ya del todo imposible transportarla a la iglesia parroquial vecina para oír Misa; esa renuncia resulta para ella muy dolorosa. Este es su testimonio escrito: «Mi vida se apaga poco a poco en medio del sufrimiento... la Eternidad se acerca sin cesar; muy pronto viviré de Dios, que es la propia Vida. El Cielo no tiene precio, y a cada minuto me regocijo de la llamada del Señor hacia esa patria infinitamente hermosa» (16 de marzo de 1922).

Anna Schäffer fallece el 5 de octubre de 1925, después de recibir la Sagrada Comunión y de santiguarse murmurando la frase «Señor Jesús, te amo».

El Papa concluye de este modo su exhortación apostólica: «A todos vosotros que sufrís, os pedimos que nos ayudéis. Precisamente a vosotros que sois débiles, os pedimos que os convirtáis en manantial de fuerza para la Iglesia y para la humanidad. En el terrible combate entre las fuerzas del bien y del mal que el mundo contemporáneo nos ofrece en espectáculo, que vuestro sufrimiento, unido a la Cruz de Cristo, salga victorioso» (SD, 31). Anna Schäffer salió victoriosa gracias a la Cruz de Jesús. Incluso antes de la sentencia oficial de la Iglesia, muchas gentes de Baviera, y después de toda Europa, se dirigieron a su sepultura para implorar su ayuda.

Con motivo de su canonización, acontecida el 21 de octubre de 2012, el Papa Benedicto XVI decía lo siguiente: “Fortificada por la comunión cotidiana se convirtió en una intercesora infatigable en la oración, y un espejo del amor de Dios para muchas personas en búsqueda de consejo. Que su apostolado de oración y de sufrimiento, de ofrenda y de expiación sea para los creyentes de su tierra un ejemplo luminoso. ”

©Revista HM º169 Noviembre-Diciembre 2012

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Carl : Me estoy convirtiendo al catolicismo en parte por la Hna. Clare Crockett.

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