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Santos

Tomás de Aquino, joven humilde e indómito

Tomás de Aquino, según cuentan sus biógrafos, era un joven de alta estatura y recia complexión. A primera vista un luchador, como sus padres y hermanos. Y, sin embargo, se dice de él que era un hombre amable y gentil. Basta considerar que, con haber tenido una inteligencia privilegiada, muy por encima de lo común, no es su inteligencia lo que más destacaron en él quienes le conocieron, sino su humildad.

De sus compañeros de Universidad durante sus años de estudiante en Colonia conservamos algunos recuerdos de su vida que rezuman discreción, dulzura y mansedumbre. Una vez, para reirse de él, que andaba ensimismado en sus pensamientos, le quisieron gastar una broma. Un compañero se asoma a la ventana y le dice: "Fray Tomás, mira, ¡un buey volando!". El joven Tomás, saliendo de su concentración, se acerca a la ventana restregándose los ojos y mira fíjamente intentando ver el prodigio. Todos los estudiantes estallan en una sonora carcajada, comprobando la simplicidad de Tomás. Pero él replica serenamente: "No tenéis por qué reíros, porque yo pienso que es más fácil que vuele un buey, que no el que un religioso mienta".

Esta condición humilde, que cautivaba los corazones de grandes y pequeños, no le ahorró, sin embargo, la incomprensión de sus familiares ni los ásperos enfrentamientos que opusieron a su vocación. Ciertamente Santo Tomás no fue comprendido por los de su casa. A principios de 1244 (tiene Tomás 19 años), un año antes de la muerte de su padre, pidió la admisión al Prior de los dominicos de Nápoles. Lo hizo sin consultar a su familia previendo la hostilidad con que recibirían semejante decisión.

Enterada su madre, la duquesa de Aquino, efectivamente no quiso aceptar de ninguna manera que su distinguido hijo entrara a formar parte de una orden mendicante. La noble señora no se anda con contemplaciones: manda a sus hijos a apresar por la fuerza al joven Tomás y llevarlo a su presencia. Lo encuentran de camino hacia Roma, adonde los frailes le conducían para ponerlo a salvo de las acechanzas de la duquesa. Por sorpresa se lanzan contra Tomás como leones, intentando arrancarle el hábito como sea. Pero él se lo agarra tan fuertemente que es imposible quitárselo. Con hábito y todo lo apresan y lo llevan ante su madre, quien literalmente lo encierra en una fortaleza, propiedad de los Aquino. Allí, durante un año y medio, sufre toda clase de tentativas y tentaciones (¡inmorales!) contra su vocación. Finalmente se libra del asedio de su familia descolgándose por una ventana de la fortaleza, tal vez con la ayuda de sus hermanas. Tomás sale de esta prueba muy fortalecido en su virtud y en su vocación.

También la doctrina del santo queda acrisolada por su propia experiencia. Santo Tomás no duda en afirmar: «que en este negocio (de la vocación) no se consulte a los parientes y allegados, porque en esto no son amigos, sino enemigos, según nos lo enseña nuestro Salvador: "Y los enemigos del hombre, los de su casa (Mt 10, 36)"» (Contra retr. a relig., c. IX).

Del mismo parecer es san Alfonso María de Ligorio, quien a los 72 años y alcanzado ya por la enfermedad que lo llevaría a la muerte, escribió en su "Práctica del amor a Jesucristo": "Si un joven es llamado a la vida religiosa y sus padres le hacen la contra, está obligado a obedecer a Dios y no a los padres, los cuales por sus intereses se oponen al bien espiritual de los hijos. Y antes prefieren que sus hijos se condenen por toda la eternidad -como escribe san Bernardo- que los abandonen y dejen la casa. Es cosa que espanta el ver a ciertos padres y madres, que no obstante ser muy temerosos de Dios, alucinados por la pasión, se fatigan e inventan mil trazas para estorbar la vocación del hijo que quiere hacerse religioso. Esta manera de obrar, si no es en caso rarísimo, no puede excusarse de pecado mortal".

Y citando a Santo Tomás dice: "Y si para obedecer al llamamiento de Dios a estado de mayor perfección no están obligados los hijos a pedir consejo a sus padres, menos obligados están a pedir su consentimiento o alcanzar su licencia, mayormente cuando hay fundadas sospechas de que injustamente les negarán la demanda, o que pondrán trabas a su vocación. Santo Tomás de Aquino, San Pedro de Alcántara, San Francisco Javier, San Luis Beltrán y muchos más, entraron en la religión sin conocimiento de sus padres".

Sólo la autoridad de los santos y doctores de la Iglesia puede hablar con esta fuerza. Gracias a Dios hay también familias que dan con gusto (aun en el dolor de la separación) el consentimiento a sus hijos que desean seguir su vocación. Pero los que tienen una familia que ni comprende ni defiende su vocación, necesitan ver en estos santos unos hermanos mayores que la comprenden, la defienden y dulcifican un poco la prueba con su luz.

No cabe duda de que santo Tomás poseyó en grado eximio audacia para la búsqueda de la verdad, libertad de espíritu para afrontar problemas nuevos y honradez intelectual ("Lumen Ecclesiae", Pablo VI).

Para ser buen ministro de la sabiduría divina son necesarias cuatro cualidades: inocencia, sabiduría, celo y obediencia (Santo Tomás de Aquino).

Por Hna. Isabel Cuesta, S.H.M.

©Revista HM º123 Marzo/Abril 2005

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