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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Santos

San Pedro Apóstol

Conoce a tus mártires

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Por P. Rafael Alonso

"Mientras Jesús caminaba por la orilla del lago de Galileo, vio a Simón Pedro..."

San Pedro Apóstol, es mencionado frecuentemente en el Nuevo Testamento: en los Evangelios, en los Hechos de los Apóstoles y en las Epístolas de San Pablo. Su nombre aparece 182 veces. Sabemos que nació en Betsaida, población situada junto al lago de Tiberíades. Se trasladó a Cafarnaúm, donde junto con Juan y Santiago, los hijos del Zebedeo, se dedicaba a la pesca. Formaban entre ellos como una especie de asociación de pesca. Existe evidencia para suponer que Andrés (el hermano de Pedro) y posiblemente Pedro fueron seguidores de Juan el Bautista y, por lo tanto, se habrían preparado para recibir al Mesías en sus corazones. Pedro era un poco primario, impulsivo, astuto y sencillo, afligido por un carácter abrupto y temperamental, pero de corazón abierto al bien. Él sería transformado en su carácter, por Cristo, a través del sufrimiento.

 El primer encuentro de Jesús con Pedro fue al principio de su ministerio. Mientras Jesús caminaba por la orilla del lago de Galilea, vio a dos hermanos, Simón Pedro y Andrés, echar las redes en el agua. Los llamó diciendo: “Seguidme, y os haré pescadores de hombres” (Mt. 4,19). Inmediatamente abandonaron sus redes y lo siguieron. Poco después, visitaron la casa en la que estaba la suegra de Pedro, sufriendo de fiebre. Jesús la sanó. Esta fue la primera curación atestiguada por Pedro. Más adelante, presenciará muchos milagros más durante los tres años de ministerio de Jesús. Su actitud será siempre de escucha y observación, preguntando y aprendiendo.

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Profesión de fe y primado de Pedro

El fundamento de la Iglesia es Cristo resucitado: “porque nadie puede poner otro fundamento que el que está ya puesto, que es Jesucristo” (1 Cor 3,10). Sin embargo, el mismo Jesús quiso que su Iglesia tuviese un fundamento visible. Este será Pedro y sus sucesores. Jesús presenta la vocación singular de Pedro en la imagen de una roca firme (Pedro= Petrus= Quefá= Piedra= Roca). Es el primero al que Jesús llama y lo nombra “roca”, sobre la cual construirá su Iglesia. Pedro es el primer Papa ya que recibió la suprema potestad pontificia del mismo Jesucristo. El ministerio Petrino es ser la Roca, asegurando los cimientos que garantizan la indefectibilidad de la Iglesia en el tiempo y en las tormentas. La barca del pescador de Galilea es ahora la Iglesia de Cristo, como Él mismo dijo. Los peces son ahora los hombres.

“Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntar a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”. Ellos respondieron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que Jeremías o alguno de los profetas.” Él les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Respondió Simón Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le respondió: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré MI IGLESIA, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 13-20).

Dar las llaves significa entregar la autoridad sobre la Iglesia con el poder de gobernar, permitiendo o/y prohibiendo. Pero no se trata de un gobierno como los del mundo, sino en función de servicio, por amor, para conducir a los hombres a la unión con Dios: “Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor” (Mt 23,11).

Episodios bíblicos en los que aparece Pedro.

Después del milagro de la multiplicación de los panes, Jesús se retiró a la soledad de un cerro a orar, mientras sus discípulos cruzaban en una barca el lago de Galilea. De improviso vieron a Jesús caminando sobre el agua y, según San Mateo, Jesús les dijo: “Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo”. Pedro respondió: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre el agua”. Entonces Pedro empezó a caminar confiadamente sobre la superficie del agua pero al notar la fuerza del viento titubeó y comenzó a hundirse y se puso a gritar: “¡Señor, sálvame!”. Al instante, Jesús lo tomó de la mano y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” (Mt 14, 27-31).

En la Transfiguración Pedro, como siempre, figura entre los tres predilectos del Corazón de Jesús. Fue elegido con Santiago y Juan, para subir al monte Tabor donde ocurrió la Transfiguración. En aquella cima contempló la Gloria del Señor y escuchó la proclamación de Dios Padre: “Este es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido, escuchadle” (Mt 17, 1-5). Después bajaron a Jerusalén donde Jesús comenzó a preparar a sus discípulos para que aceptaran la finalidad de su ministerio en la tierra, anunciándoles el misterio Pascual: su Pasión, muerte y resurrección. Pero San Pedro no entendió casi nada y por ello, y creyendo que le hacía un favor, llevó a Jesús aparte y comenzó a reprenderlo.

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En la Última Cena, san Pedro, creyendo en sus propias fuerzas, declaró su lealtad y devoción a Jesús con estas palabras: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré” (Mt 26, 35). Con inmensa tristeza Jesús le contestó: “Te aseguro, Pedro, que no cantará hoy el gallo sin que hayas negado tres veces haberme conocido” (Mt 26, 34). Al avanzar la trágica noche se realizó esta profecía. Cuando los soldados trasladaron a Jesús, durante la noche, en el patio del palacio de Caifás, Pedro se quedó calentándose. Y por tres veces lo acusaron los que estaban también calentándose con él en la hoguera de ser discípulo de Jesús. El lo negó las tres veces. En aquel mismo momento, cantó el gallo por segunda vez y Pedro rompió a llorar amargamente.

Pedro es un pecador arrepentido. Cristo lo perdona y confirma su elección. Pregunta a Pedro: “¿Me amas más que éstos?” (Jn 21,15). Pedro afirma tres veces su amor. Jesús entonces le dice: “Apacienta mis ovejas”; signo de su misión como pastor universal de la Iglesia. Su ministerio se sostendrá gracias al poder de Cristo, quien ora por él. “He rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Cuando te conviertas, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32). Es Cristo el Buen Pastor quien confiere su poder de perdonar, consagrar, enseñar y dar testimonio.

Pedro ejerció su primacía entre los Apóstoles con entereza y valor. El fue “La Piedra” en la que la Iglesia fue fundada. Su capacidad de conversión quizás sea lo que hace su historia ejemplar para nosotros pecadores. Pedro cayó muy bajo en la noche que negó al Señor. Después se arrepintió y ascendió hasta llegar a obispo de Roma, mártir, y “guardián de las llaves del reino de los cielos”. Lo vemos a la cabeza de los Apóstoles. Fue Pedro quien tomó la iniciativa de elegir uno que tomara el lugar de Judas, y quien realizó el primer milagro. Un mendigo le pidió limosna. Pedro le dijo que no tenía dinero, pero en el nombre de Jesús Nazareno le mandó levantarse y andar. El mendigo, curado de su mal, hizo lo que le mandó Pedro. La expansión del cristianismo se hizo con persecuciones. Fue martirizado San Esteban, el primer mártir. Muchos de los convertidos tuvieron que marchar o esconderse. Los Apóstoles permanecieron firmes en Jerusalén. Los dirigentes judíos eran sus peores perseguidores. Pedro decidió predicar en las aldeas circundantes y cada vez mas lejos. En Samaria, donde predicó, realizó milagros. Simón, un mago, le ofreció dinero para que le enseñara el secreto de sus poderes. Pedro lo reprendió fuertemente y le dijo: “Que tu dinero vaya contigo a la perdición, por pensar que con dinero se puede conseguir el don de Dios” (Hch 8, 20). Por su sinceridad, Pedro inevitablemente tuvo muchos conflictos con las autoridades judías, hasta dos veces los jefes de los sacerdotes lo mandaron arrestar. Nos dice la Escritura que fue milagrosamente desencadenado y liberado de la prisión e impresionó a los demás Apóstoles al llegar repentinamente donde ellos estaban. Pedro después predicó en los puertos marítimos de Jope y Lida, donde conoció hombres de diferentes razas, y en Cesarea, donde se convirtió el primer gentil, el centurión Cornelio y toda su familia.

Fue obispo de Antioquía y después pasó a ser obispo de Roma donde fue martirizado durante el reinado de Nerón alrededor del año 67, el mismo año que San Pablo. Así lo estiman tres Padres de la Iglesia: San Ireneo, San Clemente de Alejandría y Tertuliano. Fue sepultado en lo que hoy es el Vaticano donde aún se encuentran su restos bajo el altar mayor de la basílica de San Pedro. Esto ha sido comprobado en los hallazgos arqueológicos y anunciado por Pío XII al concluir el año santo de 1950.

Martirio de San Pedro

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San Pedro murió crucificado. Él no se consideraba digno de morir de la misma forma que su Señor y por eso lo crucificaron con la cabeza hacia abajo. El lugar exacto de su crucifixión fue guardado por la tradición. Muy cerca del circo de Nerón, los cristianos enterraron a San Pedro. Hay testimonios arqueológicos de la necrópolis con la tumba de San Pedro, directamente bajo el altar mayor. Esta ha sido venerada desde el siglo II. Existe un edículo de 160 d.C. en el cual puede leerse en griego: “Pedro está aquí”. Se han encontrado muchos escritos en las catacumbas que unen los nombres de San Pedro y San Pablo, mostrando que la devoción popular a estos grandes Apóstoles comenzó en los primeros siglos. Pinturas muy antiguas nos describen a San Pedro como un hombre de poca estatura, energético, pelo crespo y barba. En el arte, sus emblemas tradicionales son un barco, llaves y un gallo. Hoy el Papa continúa el ministerio petrino como pastor universal de la Iglesia de Cristo. Al conocer los orígenes, debemos renovar nuestra fidelidad al Papa como sucesor de Pedro.

Los únicos escritos que poseemos de San Pedro son sus dos Epístolas en el Nuevo Testamento. Pensamos que ambas fueron dirigidas a los convertidos de Asia Menor. La Primera Epístola está llena de admoniciones hacia la caridad, disponibilidad y humildad, y en general de los deberes en la vida de los cristianos. Al concluir, Pedro manda saludos de parte “de la iglesia situada en Babilonia”. Esto prueba que la Epístola fue escrita desde Roma, que en esos tiempos los judíos llamaban “Babilonia”. La Segunda Epístola trata de las falsas doctrinas, habla de la segunda venida del Señor y concluye con una bella doxología, “pero creced en la gracia y sabiduría de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. A Él sea la gloria, ahora y por siempre”.

©Revista HM; º189 Marzo-Abril 2016

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