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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Santos

Santas Perpetua y Felicidad

Conoce a tus mártires

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Por Hna. Ana M. Cabezuelo, SHM

El 7 de marzo del año 203, las santas Perpetua y Felicidad murieron martirizadas en Cartago (África)..

Durante la persecución del emperador Severo, habían sido arrestados en Cartago cinco catecúmenos: Revocato, Felicidad, Saturnino, Secúndulo y Vibia Perpetua.

Esta última era una joven madre de 22 años. Legítimamente casada, tenía un niño de pocos meses. De familia rica y muy estimada por todos.

Felicidad era una joven esclava de Perpetua. Estaba embarazada y en la prisión dio a luz una niña, que pasaría a ser criada por los cristianos.

A estos se unió el diácono Sáturo, que les había instruido en la fe y preparado para el bautismo. Este se negó a abandonarles y como a él no lo habían apresado, se presentó voluntariamente.

En prisión, Perpetua escribió todo lo sucedido. Las actas del martirio de las santas Perpetua y Felicidad nos muestran claramente las exigencias que el cristianismo comportaba en la vida pública, social y familiar. Ser cristiana y no querer adorar a los falsos dioses conllevaba la muerte. En las actas, nos narra su martirio:

“Yo estaba todavía con mis compañeros. Mi padre, que me quería mucho, trataba de darme razones para debilitar mi fe y apartarme de mi propósito. Yo le respondí: ‘Padre, ¿no ves ese cántaro o jarro, o como quieras llamarlo?... ¿Acaso puede llamarlo con un nombre que no le designe por lo que es?’. ‘No’, replicó él. ‘Pues tampoco yo puedo llamarme por un nombre que no signifique lo que soy: cristiana’. Al oír la palabra ‘cristiana’, mi padre se lanzó sobre mí y trató de arrancarme los ojos, pero sólo me golpeó un poco, pues mis compañeros le detuvieron... Yo di gracias a Dios por el descanso de no ver a mi padre durante algún tiempo... En esos días recibí el bautismo y el Espíritu me movió a no pedir más que la gracia de soportar el martirio... Al poco tiempo, nos trasladaron a una prisión donde yo tuve mucho miedo, pues nunca había vivido en tal oscuridad. ¡Qué horrible día! El calor era insoportable, pues la prisión estaba llena. Los soldados nos trataban brutalmente... ”.

felic2Más tarde, Perpetua tuvo una visión que le ayudó a prepararse para el martirio. Le fue dicho que tendrían que subir por una escalera muy llena de sufrimientos, pero que al final de tan dolorosa pendiente, estaba un Paraíso Eterno que les esperaba.

Su padre regresó, consumido de pena, para implorarle que renunciara a su fe para evitar el martirio. Le decía de rodillas y besando sus manos: “Compadécete, hija mía, de mis canas… Piensa en tu madre y en la hermana de tu madre; piensa sobre todo en tu hijo, que no podrá sobrevivirte. Depón tu orgullo y no nos arruines, pues jamás podremos volver a hablar como hombres libres si te sucede algo”. Ella le respondió: “Las cosas sucederán como Dios disponga, pues estamos en sus manos y no en las nuestras”.

Condujeron a los reos a la plaza del mercado para juzgarlos ante una multitud.
Perpetua sigue narrando: “Todos los que fueron juzgados antes de mí confesaron la fe. Cuando me llegó el turno, mi padre se aproximó con mi hijo en brazos y, haciéndome bajar de la plataforma, me suplicó: ´Apiádate de tu hijo´”...
El presidente Hilariano le dijo: “Ofrece sacrificios por la prosperidad de los emperadores”.
Yo respondí: “¡No!”.
“¿Eres cristiana?”, me preguntó Hilariano.
Yo contesté: “Sí, soy cristiana”.
Como mi padre persistiese en apartarme de mi resolución, Hilariano mandó que le echasen fuera y los soldados le golpearon con un bastón. Eso me dolió como si me hubiesen golpeado a mí... Entonces el juez nos condenó a todos a las fieras y volvimos llenos de gozo a la prisión”.

felic3En cuanto a Felicidad, tenía miedo de que se la privase del martirio, porque la ley prohibía condenar a la pena capital a las mujeres embarazadas. Era el octavo mes de su embarazo, y estando inminente el día del martirio, se hallaba sumida en gran tristeza, temiendo se había de diferir su suplicio por razón de su embarazo. Lo mismo que ella, sus compañeros estaban profundamente afligidos… Y es así que hicieron oración al Señor tres días antes del martirio. Terminada la oración, sobrecogieron inmediatamente a Felicidad los dolores del parto y dio a luz una niña. Y como Felicidad sintiera el dolor de un parto trabajoso, le dijo uno de los oficiales de la prisión burlándose: “Tú que así te quejas ahora, ¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras, que despreciaste cuando no quisiste sacrificar?”. Y ella respondió: “Ahora soy yo la que padezco lo que padezco; mas allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, pues también yo he de padecer por Él”.

Según las actas: “El día del martirio los prisioneros salieron de la cárcel como si fuesen al cielo... La multitud, furiosa al ver la valentía de los mártires, pidió a gritos que les azotaran; así pues, cada uno de ellos recibió un latigazo al pasar frente a los gladiadores... Perpetua y Felicidad fueron arrojadas a una vaca bravísima. La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua, y cayó de espaldas; pero apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió la pierna, acordándose antes del pudor que del dolor. Luego se ató los dispersos cabellos, pues no era decente que una mártir sufriera con la cabellera esparcida… Después fue a reunirse con Felicidad, que yacía también por tierra, le dio la mano y la levantó. Juntas esperaron el siguiente ataque de la fiera…Perpetua, como volviendo de un éxtasis, preguntó: ‘¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?’. Y como le dijeran que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta que reconoció en su cuerpo y vestido las señales de la acometida. Entonces llamó a su hermano y al catecúmeno Rústico y les dijo: ´Permaneced firmes en la fe, amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de nuestros sufrimientos’.felic

Entre tanto la muchedumbre pidió que las mártires compareciesen nuevamente; así se hizo, con gran gozo para las dos santas. Después de haberse dado el beso de la paz, Felicidad fue decapitada por los gladiadores. El verdugo de Perpetua, que estaba muy nervioso, erró en el primero golpe, arrancando un grito a la mártir; ella misma tendió el cuello para el segundo golpe”.

Estas dos mujeres, admirables por su valentía, murieron en la flor de la vida. Ni doscientos años en este mundo serían comparables con la Vida eterna que les alcanzó el sacrificio de haber permanecido fieles a Jesucristo. Su martirio atestigua que realmente Dios es omnipotente y obra en sus santos lo que es imposible a nuestra propia naturaleza. Cristo tiene la última palabra de nuestra historia. A Él sea todo honor y toda gloria.

©HM Magazine; nº194 Enero-Febrero 2017

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