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Santos

San Tarsicio

Conoce a tus mártires

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Por Hna. Elvira Garro, SHM

Joven mártir de la Eucaristía del siglo III. Patrón de los monaguillos y de los niños de la Adoración Nocturna.

A mediados del siglo III el emperador Valeriano lanza una dura persecución contra los cristianos con el intento de socavar los cimientos de la Iglesia. Un primer edicto en 257 prohibía bajo pena de muerte cualquier acto de culto cristiano y exigía a los obispos, presbíteros y diáconos que hicieran sacrificios a los dioses.

Los cristianos para poder realizar sus cultos se ven obligados a esconderse en casas privadas o catacumbas. Saben que si los encuentran pagarán con sus vidas, vida por Vida. Cristo derramó su Sangre en el Calvario por nosotros y ahora ellos están dispuestos a derramar la suya si es preciso por confesar a Cristo. “El que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mt 10,32) y “El que pierda su vida por Mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8,35).

Se reúnen para escuchar la Palabra de Dios, orar y celebrar la Santa Misa. Permanecen unidos como sarmientos a la Vid y reciben la Eucaristía que les da fortaleza y vigor.

No olvidan a los cristianos que por estar encarcelados o por enfermedad no han podido acudir a recibir el Pan celestial. Por eso, después de la Misa, se piden voluntarios que vayan a llevar el consuelo de la Sagrada Comunión a estos hermanos. Cada vez este servicio resulta más peligroso.

Tarsicio ayuda como monaguillo en la Misa y ha contemplado esta escena muchas veces, pero un día, después de oír al sacerdote hacer el llamamiento, siente latir el corazón con tal fuerza que parece se le va a salir del pecho. El amor a Cristo, que ha ido creciendo en torno al altar, le apremia, le espolea. “Yo iré”, dice el muchacho con firmeza.

San Tarsicio

El sacerdote duda, vacila, ¡le ve tan joven! Pero Tarsicio responde con aplomo: «Mi juventud será la mejor protección para la Eucaristía».

El sacerdote se convence, Cristo mismo ha escogido su portador. Lleno de emoción envuelve las Sagradas Hostias en un lienzo blanco y se las entrega a Tarsicio diciéndole:

«Tarsicio, recuerda que a tus débiles cuidados se encomienda un tesoro celestial. Evita los caminos frecuentados y no olvides que las cosas santas no deben ser arrojadas a los perros ni las perlas a los cerdos. ¿Guardarás con fidelidad y seguridad los Sagrados Misterios?».

«Moriré —respondió decidido Tarsicio— antes que cederlos».

Tarsicio sale decidido a cumplir su misión. De camino encuentra a unos jóvenes paganos que le invitan a jugar con ellos. Tarsicio les responde que no puede porque tiene que hacer un encargo. Los jóvenes insisten. Nueva negativa de Tarsicio que enfada a los muchachos, los cuales empiezan a sospechar que Tarsicio sea cristiano y que lo que aprieta contra su pecho y tanto defiende sea lo que los cristianos llaman los “Misterios”. Forcejean con él, quieren arrebatárselo, pero a pesar de que son más, no consiguen abrir los brazos de Tarsicio. Esto les enfada aún más y arremeten contra él en lucha cruel y desigual. No escatiman puñetazos, puntapiés, le arrojan piedras, pero él no cede. Ya moribundo pasa por allí un oficial pretoriano llamado Cuadrado, que se había convertido en secreto al cristianismo, lo recoge y lo lleva al sacerdote. Tarsicio llegó ya sin vida, pero seguía apretando contra su pecho un pequeño lienzo con la Eucaristía.

“El Martirologio Romano fija la fecha de su muerte el 15 de agosto y en el mismo Martirologio se recoge una hermosa tradición oral, según la cual no se encontró el Santísimo Sacramento en el cuerpo de san Tarsicio, ni en las manos ni entre sus vestidos. Se explicó que la partícula consagrada, defendida con la vida por el pequeño mártir, se había convertido en carne de su carne, formando así con su mismo cuerpo una única Hostia inmaculada ofrecida a Dios.

El testimonio de san Tarsicio y esta hermosa tradición nos enseñan el profundo amor y la gran veneración que debemos tener hacia la Eucaristía: es un bien precioso, un tesoro cuyo valor no se puede medir; es el Pan de la vida, es Jesús mismo que se convierte en alimento, apoyo y fuerza para nuestro peregrinar de cada día, y en camino abierto hacia la vida eterna; es el mayor don que Jesús nos ha dejado”. (Benedicto XVI Audiencia general. Plaza de San Pedro. Miércoles 4 de agosto de 2010).

©HM Magazine; nº196 Mayo-Junio 2017

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