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Santos

San Policarpo

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Conoce a tus mártires

Por Hna. Elvira Garro, SHM

«Abandonemos los vanos discursos y las falsas doctrinas que muchos sustentan y volvamos a las enseñanzas que nos fueron transmitidas desde el principio».

San Policarpo, obispo de Esmirna, fue uno de los obispos de la iglesia primitiva a quienes se les da el nombre de Padres Apostólicos, por haber sido discípulos de los Apóstoles. Fue discípulo de San Juan evangelista y muy venerado por todas las comunidades de Asia Menor. Entre sus discípulos y seguidores se encuentran entre otros San Ireneo de Lyon y Papías. San Ireneo habla de varias obras suyas, de las que conservamos solamente la Epístola de Policarpo a los filipenses, que en tiempos de San Jerónimo se leía públicamente en todas las Iglesias. De ella extractamos la siguiente exhortación: «Estad interiormente preparados y servid al Señor con temor y verdad». «Abandonemos los vanos discursos y las falsas doctrinas que muchos sustentan y volvamos a las enseñanzas que nos fueron transmitidas desde el principio».

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Sabemos que cuando San Ignacio de Antioquía pasó por Esmirna camino del martirio, San Policarpo salió a recibirlo y besó emocionado sus cadenas. Hacia el año 155 viajó a Roma para tratar con el Papa Aniceto la cuestión de la fecha de la Pascua, porque las Iglesias de Asia diferían de las otras en este particular, conviniendo al final que ambos conservarían sus propias costumbres y permanecerían unidos por la caridad.

Vuelto a Esmirna, San Policarpo rubricaría con su muerte la fe que había profesado de palabra y de obra, asemejándose a Cristo que dio la vida por nosotros. El Espíritu Santo obró en él este acto heroico de fortaleza, como en tantos y tantas santas mártires de todas las épocas y de todas las edades, que fueron al encuentro de la muerte por la abundancia de la caridad que ardía en sus corazones (cf. Audiencia general Juan Pablo II, 26-6-1991), porque «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

Gracias a la epístola de la iglesia de Esmirna a la de Filomelio, datada en el año 156, poco después del martirio del santo, escrita por un tal Marción, contamos con un relato pormenorizado de su muerte. Es el documento más antiguo que existe del martirio de un solo individuo y se le considera, por lo tanto, como las primeras «Actas de los Mártires».

En Asia estalló una grave persecución contra los cristianos. Doce de ellos fueron apresados en Filadelfia y conducidos a Esmirna para ser arrojados a las fieras. La alegría y el valor que mostraron los mártires exacerbó a la multitud, ebria de sangre, que gritaba furiosa: ¡Mueran los ateos!, ¡muera Policarpo!

El santo obispo, que no se había presentado antes voluntariamente al martirio porque no se fiaba de sus propias fuerzas, temeroso de que la presunción pudiese llevarle a apostatar, como había ocurrido con un tal Quinto venido de Frigia, ahora recibe la noticia con paz pues no es él quien lo ha buscado sino Dios quien lo permite. Aunque él no quería abandonar la ciudad, un grupo de fieles y amigos le instan para que salga y se ponga a salvo. Ante la insistencia de sus ruegos cede y se dirige a una casa de campo, donde ora día y noche por todos los hombres y la iglesia. Días antes de su captura el Señor le hizo conocer en una visión con qué muerte le daría gloria: vio cómo su almohada estaba ardiendo y comprendió entonces el santo que moriría quemado; así se lo manifestó a los que estaban con él: «Es menester que sea quemado vivo».

Como si se tratara de un peligroso malhechor, un pelotón de jinetes armados había salido en busca de San Policarpo sin lograr encontrarlo. Dos muchachos esclavos que estaban con él fueron capturados, uno de los cuales bajo tortura confesó su paradero. De este modo llegaron a la casa donde se alojaba San Policarpo y lo arrestaron. Conducido al estadio de Esmirna, el procónsul Statius Cuadratus intenta convencerle para que se retracte:

-«Ten respeto a tus canas, jura y te pongo en libertad. ¡Maldice de Cristo!».
-Policarpo contesta: «Ochenta y seis años hace que le sirvo y ningún daño he recibido de El;
¿cómo puedo maldecir de mi Rey, que me ha salvado?».

Viendo el valor y la fuerza del santo anciano el procónsul le amenaza con ser arrojado a las fieras si no se retracta. A lo cual responde el santo:

«Que las traigan, pues no es justo convertirse del bien al mal, solo es justo convertirse del mal al bien».

Statius le amenaza entonces con quemarle vivo. San Policarpo contesta con fuerza: «Me amenazas con un fuego que dura un momento y después se extingue; Ignoras el juicio que nos espera y qué clase de fuego inextinguible aguarda a los malvados. ¿Qué esperas? Dicta la sentencia que quieras».

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Al ver que el obispo era irreductible, el procónsul mandó un heraldo que gritase en el estadio: «¡Policarpo ha confesado que es cristiano!». Al oírlo la multitud enfurecida vociferaba: «Este es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el que derriba nuestros dioses y enseña a muchos a no sacrificar ni adorar». Y pedían a gritos su muerte.

Condenado a morir en la hoguera, el populacho se apresuró a recoger leña y apilarla para el fuego. Policarpo se quitó los vestidos, se desató el ceñidor e intentaba también descalzarse. Luego, cuando quisieron clavarle a la estaca con clavos pidió: «Dejadme como estoy; puesto que Él me ha concedido que pueda resistir el fuego, también me concederá que pueda permanecer inmóvil en la hoguera, sin tener que sujetarme con los clavos».

Así, atadas las manos a la espalda, como un cordero preparado para el holocausto, oró antes del sacrificio mirando al cielo:

«Señor, Dios todopoderoso, Padre de nuestro amado y bendito Jesucristo, Hijo tuyo, por quien te hemos conocido; Dios de los ángeles, de los arcángeles, de toda criatura y de todos los justos que viven en tu presencia: te bendigo, porque en este día y en esta hora me has concedido ser contado entre el número de tus mártires, participar del cáliz de Cristo y, por el Espíritu Santo, ser destinado a la resurrección de la vida eterna en la incorruptibilidad del alma y del cuerpo. ¡Ojalá que sea yo también contado entre el número de tus santos como un sacrificio enjundioso y agradable, tal como lo dispusiste de antemano, me lo diste a conocer y ahora lo cumples, oh Dios, veraz e ignorante de la mentira! Por esto te alabo, te bendigo y te glorifico en todas las cosas por medio de tu Hijo amado Jesucristo, eterno y celestial Pontífice. Por Él a Ti, en unión con Él mismo y el Espíritu Santo, sea la gloria ahora y en el futuro, por los siglos de los siglos. Amén».

Terminada la oración y pronunciado el amén, los verdugos encendieron la hoguera. Entonces, según cuentan las actas, ocurrió algo insólito: «El fuego tomó la forma de una bóveda, como la vela de una nave henchida por el viento, rodeando el cuerpo del mártir que, colocándose en medio, no parecía un cuerpo que está abrasándose, sino como un pan que está cociéndose, o como el oro o la plata que resplandecen en la fundición. Finalmente, nos embriagó un olor exquisito, como si se estuviera quemando incienso o algún otro preciado aroma».

Que Dios Todopoderoso nos conceda también a nosotros como a San Policarpo ser fieles a Nuestro Señor Jesucristo hasta el último momento de nuestra vida.

«Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida» (Apocalipsis 2,8-10).

©HM Magazine; nº199 Noviembre-Diciembre 2017

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