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Santos

Santos Justo y Pastor

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Conoce a tus mártires

Por Hna. Elvira Garro, SHM

«No tengas miedo, hermanito, de la muerte del cuerpo y de los tormentos; recibe tranquilo el golpe de la espada. Que aquel Dios que se ha dignado llamarnos a una gracia tan grande nos dará fuerzas proporcionales a los dolores que nos esperan».

Los cristianos fueron objeto de numerosas persecuciones durante el Imperio romano, pero quizás la más recia fue la persecución del emperador Diocleciano en el siglo IV. Instigado por Galerio, Diocleciano promulgó en Nicomedia (la actual Izmit, a orillas del mar de Mármara, en Turquía) el primer edicto contra los cristianos el 23 de febrero de 303, mandando destruir las iglesias cristianas y los libros sagrados y prohibiendo reunirse a los fieles, perdiendo los honores los cristianos constituidos en dignidad. A este primer edicto siguieron otros tres: en el segundo se ordenaba el arresto y encarcelamiento de todos los clérigos; en el tercero se concedía la liberación de los clérigos encarcelados que apostataran del cristianismo y grandes torturas a los que se negasen; en el cuarto se obligaba a los cristianos, bajo pena de muerte, a sacrificar a los dioses del Imperio.

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Para hacer cumplir el edicto fue enviado a Hispania (España) el prefecto Publio Daciano, quien aplicó con saña y rigor la orden imperial. La religión cristiana había arraigado con fuerza en España, como lo demuestra el gran número de mártires que regaron con su sangre el suelo patrio, al paso del prefecto, entre los que se encuentran entre otros: San Cucufate, San Félix “Africano”, San Poncio y San Narciso, Santa Engracia y sus 18 compañeros, Santa Aquilina, etc.

Daciano debió llegar a Complutum, actual Alcalá de Henares (Madrid-España) en agosto de 305. Complutum, ciudad fundada en el siglo I en el valle del Henares, tenía muy buenas comunicaciones y gozaba de gran prosperidad en los siglos III y IV. En esta ciudad alcanzarían la palma del martirio los “Santos Niños”, Justo y Pastor. Son escasas las noticias que tenemos de ellos. Sabemos que eran de familia cristiana, las circunstancias de su martirio y la liturgia dicen que tenían 7 y 9 años respectivamente.

La tradición nos ha legado el núcleo central del relato del martirio. Los hechos debieron ocurrir del siguiente modo: cuando el edicto imperial se hace público en Complutum, los dos hermanos, Justo y Pastor, estaban en la escuela. Movidos por una inspiración interior y un ardiente deseo de entregar su vida por Jesucristo, arrojan al suelo las tablillas en las que estaban escribiendo y corren presurosos a la residencia de Daciano, con el corazón ensanchado, dispuestos a dar testimonio de su fe hasta el martirio. A pesar de su corta edad, el amor a Cristo ha calado hondo en su corazón y por nada del mundo quieren renegar de su Dios. Los porteros, al verlos tan niños, los toman a broma, pero ante la insistencia de los muchachos por ver a Daciano, al fin son conducidos a su presencia. Delante del prefecto confiesan con seguridad y firmeza que son cristianos y que no están dispuestos a sacrificar a los ídolos. El prefecto intenta en vano ganarlos con regalos y contemporizaciones, mas viendo que no consigue reducirlos, manda que los azoten con varas. El castigo es tan severo que los dos niños terminan bañados en sangre. El cuerpo de los pequeños sale maltrecho, pero su alma anclada en Dios adquiere una fortaleza que causa estupor a quienes lo contemplan. Justo y Pastor saben bien de quién se han fiado (2 Tim. 1,12), no desean otra cosa que encontrarse con Aquel que les ha amado primero y que había dicho: «Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis» (Mt 19,14). Daciano, lleno de ira y temiendo que el ejemplo de valentía de los santos niños cunda entre los cristianos, manda que los saquen fuera de la ciudad y los degüellen.

San Isidoro de Sevilla escribirá siglos más tarde relatando el martirio: «Mientras eran conducidos al lugar del suplicio, mutuamente se estimulaban los dos corderitos. Porque Justo, el más pequeño, temeroso de que su hermano desfalleciera, le hablaba así: “No tengas miedo, hermanito, de la muerte del cuerpo y de los tormentos; recibe tranquilo el golpe de la espada, que aquel Dios que se ha dignado llamarnos a una gracia tan grande nos dará fuerzas proporcionales a los dolores que nos esperan”. Y Pastor le contestaba: “Dices bien, hermano mío. Con gusto te haré compañía en el martirio para alcanzar contigo la gloria de este combate”».

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En un campo extramuros de Complutum, después llamado Campo Loable o Laudable, sobre una piedra, tuvo lugar el martirio de los pequeños. Justo será el primero en ser degollado y después Pastor. ¡Laudate pueri Dominum! ¡Alabad niños al Señor! El sacrificio había sido consumado. Los habitantes de Complutum custodiaron celosamente el lugar del martirio y los restos de los mártires, y edificaron sobre su sepultura una capilla para honrar su memoria.

En el año 760, por temor a las posibles acciones de los musulmanes, San Úrbez trasladó las reliquias de los “Santos Niños” hasta la ermita de Santa María, un apartado lugar del Valle de Nocito. Más tarde, fueron trasladados a San Pedro el Viejo de Huesca.

En 1567, san Pío V promulgó una bula papal en la que ordenaba que fuesen trasladadas parte de las reliquias de los santos Justo y Pastor desde Huesca a Alcalá de Henares, ciudad de su cuna y martirio. En noviembre de ese mismo año, Felipe II y su hijo el príncipe Carlos, enviaron una carta cada uno dirigida al Obispo de Huesca para que cumpliese con lo ordenado por el Papa. Así fue cómo parte de las reliquias de los santos Justo y Pastor fueron remitidas a la ciudad de Alcalá de Henares, de la que son patronos los “Santos Niños”. Era el 7 de marzo de 1568.

¿De dónde sacaron fuerzas para afrontar el martirio los niños Justo y Pastor? Del mismo Dios, que los revistió de fortaleza y los hizo aptos para el combate contra las fuerzas del mal, «porque el martirio y la vocación al martirio no son el resultado de un esfuerzo humano, sino la respuesta a una iniciativa y a una llamada de Dios; son un don de su gracia, que nos hace capaces de dar la propia vida por amor a Cristo y a la Iglesia, y así al mundo». (Benedicto XVI, audiencia general 11 agosto, 2010). El poder de Dios se manifiesta plenamente en la debilidad.

©Revista HM; nº201 Marzo-Abril 2018

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