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Santos

Mártires del Japón

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Conoce a tus mártires

Por Hna. Elvira Garro, SHM

«Si para vivir he de apostatar, no quiero la vida»

Los orígenes del cristianismo en tierras niponas se remonta al S. XVI, cuando San Francisco Javier llega a Kagoshima, entonces capital del reino Sur del Japón, el 15 de agosto de 1549. La semilla de la fe se fue extendiendo entre el pueblo japonés, dando inicio a lo que se ha llamado «El Siglo Cristiano de Japón» (1549-1640). No faltaron en este tiempo persecuciones contra los cristianos, pero desde el principio hubo hombres y mujeres japoneses dispuestos a derramar su sangre por Cristo.

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El 5 de febrero de 1597 se produjo el primer martirio masivo de veintiséis mártires en Nishizaka (Nagasaki). Atados sobre la cruz y lanceados, fueron los primeros de una rica falange de mártires, miles de japoneses, que en el decurso de cuatro siglos dieron testimonio de su fe y esperanza, sellando su fidelidad a Cristo con el sacrificio de su vida.

Entre ellos los 188 mártires beatificados el 24 de noviembre de 2008 en Nagasaki, Japón. Distribuidos en 16 grupos, fueron martirizados entre 1603 y 1639. Pertenecientes a las diócesis actuales de Nagasaki, Fukuoka, Kyoto, Niigata, Hiroshima, Kagoshima, Oita, Tokio (Edo) y Osaka, fueron víctimas de la misma tendencia claramente persecutoria respecto del cristianismo, con el objetivo claro y planificado de borrarlo totalmente del Japón.

Cinco de ellos eran religiosos (cuatro jesuitas y un padre agustino) y los 183 restantes laicos. Treinta samurais, nobles, familias enteras, madres embarazadas o con sus hijos muy pequeños, jóvenes y ancianos, catequistas, uno de los cuales era ciego, y gente sencilla del pueblo, que se prepararon asiduamente con oración y penitencias para el martirio, mostrando siempre no solamente entereza y fortaleza, sino también la alegría de dar la vida por Cristo.

Las familias cristianas se animaban mutuamente a perseverar en la fe. «Las madres enseñaban a los hijos pequeños cómo tenían que descubrirse el cuello de la yukata o del kimono (vestido tradicional japonés), cómo poner las manos y mirar al cielo, qué oraciones jaculatorias debían decir cuando llegase el momento supremo », el martirio (Martirologio del Japón, p. 838).

La costumbre de pasar la noche orando en la cárcel, antes de la muerte, era una continuación de una vida cristiana ejemplar. No era raro que la comunidad cristiana, y las masas del pueblo, acompañasen a los mártires, puesto que los perseguidores querían dar publicidad con el objetivo de suscitar escarmiento. Así se explica que frecuentemente los mártires eran acompañados con cantos y velas encendidas. Por esta misma razón, fueron numerosos los testigos que dejaron por escrito su testimonio.

Como caso concreto, que refleja este ambiente de una comunidad cristiana martirial, podemos recordar a Francisco Tóyama (Hiroshima, 1624), noble samurai, cristiano de vida muy ejemplar, que «tenía ofrecida su vida a Dios». Había sido uno de los cinco firmantes de la carta a Pablo V, en la que prometían fidelidad a Dios y a la Iglesia. Su ejemplo cristiano influyó en la conversión de muchos. Murió decapitado en su casa el 16 de febrero de 1624, por no querer apostatar, después de haber recibido los sacramentos y teniendo en sus manos un crucifijo, mientras oraba ante un cuadro de la Virgen atribuida a san Lucas, copia de la de Santa María la Mayor.

Los treinta samurais martirizados, nobles y casi siempre con sus familias, junto con numerosos fieles del pueblo sencillo, son una muestra de la importancia de este martirio para la historia del Japón, en un momento clave de su unificación política en el inicio del siglo XVII; fueron fieles a la autoridad civil, dispuestos a dar su vida y sus haciendas por sus señores, pero nunca a renegar de su fe ni de los deberes de conciencia. Los treinta samurais murieron indefensos, dejando aparte las armas, hecho inexplicable y señal de cobardía en ellos si no fuera por un ideal superior.

Uno de los martirios numerosos, o masivos, de Japón, fue el de Miyaco (Kyoto), 6 de octubre de 1619 en el que murieron 52 cristianos quemados vivos: un samurai de alto rango, Juan Hashimoto con su esposa Tecla, encinta, y sus cinco hijos, de entre tres y doce años; gente sencilla del pueblo en su mayoría, madres jóvenes con sus hijos. Las madres martirizadas ofrecían a sus hijos pequeños: «¡Señor Jesús, recibe a estos niños!». Tecla, esposa de Juan Hashimoto, en medio de las llamas, sujeta a la cruz con tres hijos pequeños, los consolaba, apretando a la más pequeña de tres años entre sus brazos, mientras los otros tres ardían en la cruz próxima. Destaca también la actitud martirial de la niña Marta, de siete años, que quedó ciega en la cárcel y a quien los mismos guardias quisieron liberar haciéndola apostatar. La niña respondió profesando la fe en nombre de todos y pudo morir junto a su madre.

De los mártires del monte Unzen, Nagasaki, 1627, destacan el samurai Pablo Uchibori, con sus tres hijos, los cuales prefirieron la muerte antes que apostatar de su fe. Tanto en la cárcel como durante los tormentos de los sulfatos, animaba a todos sus compañeros a perseverar en la fe, mientras él y otros eran torturados y mutilados en rostro y manos. Murió diciendo: «Alabado sea el Santísimo Sacramento». De él se conserva una carta escrita desde la cárcel, en la que explica el martirio de otros mártires anteriores y su propia disponibilidad martirial por amor a Cristo: «Deseo padecer por su amor», decía.

Todos murieron con alegría, orando y fuertes en la fe. Algunos, durante el trayecto hacia el martirio, dejaron escritas expresiones poéticas de despedida, como hicieron los mártires Joaquín Mine y Bartolomé Baba con esta afirmación: «Hasta ahora creía que el cielo estaba muy lejos; ahora, viéndolo tan cerca, me llena de alegría ».

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El niño Cándido Bozo, de los mártires de Yonezawa (1629), hoy diócesis de Niigata, ante las repetidas ofertas de libertad si apostataba, se defendió diciendo: «Si para vivir he de apostatar, no quiero la vida».

Entre la gente sencilla del pueblo, en la diócesis de Fukuoka, destacan tres catequistas con sus hijos: Joaquín; Miguel con su hijo Tomás, de trece años; Juan y su hijo Pedro, de cinco o seis años. Todos muestran alegría, oración y firmeza en la fe y mueren decapitados, excepto Joaquín, que muere en la cárcel a causa de los tormentos. Resulta conmovedor el testimonio del pequeño Pedro Hatori, hijo de Juan, que vestido con su kimono de fiesta, se acercó en el lugar del suplicio al cadáver de su padre, martirizado unos momentos antes, se bajó el kimono de los hombros, se arrodilló, juntó las manos para orar y presentó su cuello desnudo ante los verdugos aterrorizados; estos no acertaron en el primer golpe, hiriéndolo en el hombro y haciéndole caer al suelo. Pero el niño se levantó enseguida para arrodillarse en oración; murió decapitado pronunciando los nombres de Jesús y María. Algo parecido le pasó a Tomás, hijo de Miguel, de trece años; este niño tenía el brazo izquierdo atrofiado, pero lo levantó con su brazo derecho para morir en actitud de oración (cf. P. Pasio, o.c., cap. 9, foll. 328-330).

En Yamaguchi, diócesis de Hiroshima, el catequista ciego Damián muere también decapitado, de rodillas y orando, por defender y propagar la fe. Se había convertido del budismo y dedicó su vida a la catequesis, con su arte musical y narrativo, llegando a convertir, solo en un año, a ciento veinte personas, además de dedicarse durante años a fortalecer la fe de los ya cristianos. Con sus cantos y narraciones, el ciego «iluminaba» a todos por el camino de la fe.

Que el ejemplo de los mártires nos impulse a vivir nuestra fe de forma martirial y que Santa María, Reina de los mártires, nos proteja y nos alcance la gracia de permanecer fieles a Jesucristo hasta el final.

Tomado de Beatificación de los Siervos de Dios Pedro Kibe Kasui y 187 compañeros mártires (1603-1639).
Presentación histórica del martirio realizada por monseñor Juan Esquerda Bifet, director emérito del Centro internacional de animación misionera (Ciam).

©Revista HM; nº203 Julio-Agosto 2018

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