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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Santos

Los mártires de Barbastro

MARTIRESDEBARBASTRO

Conoce a tus mártires

España cuenta con una pléyade de mártires, especialmente numerosa en el s. XX, durante la persecución religiosa de los años 30. Son más de 1870 los mártires de este periodo que han sido proclamados tales por la Iglesia Católica y otros muchos tienen abierto su proceso de beatificación.

Barbastro (Huesca) fue la diócesis proporcionalmente más castigada en la persecución. «El 80% del clero murió asesinado, siendo la tasa más alta de toda España: 18 Benedictinos, 9 Escolapios, 51 Claretianos, 13 canónigos de la catedral, 114 sacerdotes diocesanos, 5 seminaristas y el obispo fueron asesinados por odio a la fe.

El martirio de los 51 Claretianos, Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María de Barbastro, aconteció entre los días 2 y 14 del mes de agosto de 1936. La comunidad claretiana de Barbastro (Huesca-España) estaba formada por 60 misioneros: 9 Padres, 12 Hermanos y 39 estudiantes a punto de recibir la ordenación. Solo 9 eran mayores de 25.

El 20 de julio de 1936 una banda de milicianos armados irrumpió en el seminario y registró la casa con el deseo infructuoso de encontrar armas. A pesar de lo cual todos los religiosos fueron detenidos. Antes de dejar el seminario «en un momento-relámpago dos Padres fueron a buscar los dos copones, y allí mismo en el patio comulgamos unas 10 Hostias cada uno» (Carta de Atilo Parussini a su familia. Frascati, 29 de septiembre de 1936). Así, fortalecidos con la Eucaristía, se dispusieron para el martirio.

barbastropersecusion Los enfermos y ancianos fueron conducidos al Hospital y al Asilo; al Superior, al formador y al administrador los recluyeron en la cárcel y fueron los primeros en recibir la palma del martirio el 2 de agosto de 1936. El resto fue llevado al colegio de los Escolapios, en cuyo salón de actos quedaron encerrados hasta el día de su ejecución y donde no les fueron ahorrados sufrimientos físicos ni morales: a la escasez de agua y al calor sofocante del mes de agosto, se unían los insultos, las blasfemias, los simulacros de fusilamiento, algunos de los cuales llegaron a durar hasta una hora. Les metieron prostitutas en el salón para provocarles, les ofrecían ser liberados si consentían en blasfemar o quitarse el hábito religioso, porque «no odiamos vuestras personas. Odiamos vuestra profesión, vuestro hábito negro, vuestra sotana» , les decían. Pero ni uno solo claudicó.

La comunión que recibieron de forma clandestina los primeros días de cautiverio, la oración, el rezo del Oficio Divino, la confesión, la vida de comunidad, que procuraron vivir también en esas penosas circustancias, la caridad fraterna que les llevaba a pedir para todos el don de la perseverancia final, la devoción tierna al Inmaculado Corazón de María, sostuvo su fe y robusteció sus almas hasta el momento del martirio. Había llegado la hora de dar cumplimiento a lo que tantas veces habían cantado con ardor: «Virgen María, Reina del Cielo, dulce consuelo dígnate dar, cuando en la lucha tu fiel soldado, caiga abrazado con su ideal. ¿Y qué ideal? Por Ti, mi Reina, la sangre dar».

El día 2 de agosto fusilaron a los tres superiores; el 12 a seis Padres más. Atados de dos en dos los subieron a un camión que les conducía al cementerio, allí, de espaldas a una fosa, recibieron la descarga. El 13 se llevaron a fusilar a otros veinte, el único Padre que quedó les dio con disimulo la absolución. «Todos estábamos rezando por nuestros hermanos, pidiendo para todos el don de la santa perseverancia hasta el fin, como lo habíamos hecho en la noche anterior. Hubo dos que comenzaron una parte del santo rosario, meditando los misterios de dolor, y al oír los disparos, anunciaron los misterios de gloria» (Pablo Hall). El día 15 fueron fusilados veinte y el 18 los dos restantes.

Los Hermanos Pablo Hall y Atilo Parussini, ambos argentinos, fueron liberados el 13 de agosto por su condición de extranjeros. Al despedirse del último grupo recibieron de ellos las últimas confidencias. Entre otras las siguientes: «Perdono de todo corazón a los que nos injurian, persiguen y quieren matarnos… ¡Si supieran que me están haciendo el mayor bien, a pesar del odio que me tienen!» (Casadevall). «Hágale saber al reverendo Padre José Fogued que, ya que no puedo ir a China, como siempre lo había deseado, ofrezco gustoso mi sangre por las misiones de China, y que desde el Cielo rogaré por ellas» (Rafael Briega). Y sigue Pablo Hall diciendo: «Estábamos todos emocionadísimos, pero ellos estaban todos muy animados, con el ejemplo de los anteriores, y nos aseguraron que irían todo el camino cantando y dando ¡Vivas! a ¡Cristo Rey!, al Corazón de María, a la religión católica y al Papa» (De la relación jurada de Pablo Hall).

La fortaleza espiritual de los mártires aparece reflejada en los escritos que ellos mismos dejaron en sus breviarios y devocionarios, en hojas de libreta, en envoltorios de chocolate, en un taburete del piano. Ramón Illa, escribiendo a su familia dice: «Al recibir estas líneas canten al Señor por el don tan grande y señalado como es el martirio que el Señor se digna concederme». Salvador Pigem: «¡Viva el Corazón Inmaculado de María! Nos fusilan únicamente por ser religiosos» y añade en su lengua materna:«No lloren por mí, soy mártir de Jesucristo».

Especialmente elocuente y emotiva es la carta colectiva que escribieron los mártires el 13 de agosto, despidiéndose de la Congregación:

barbastrobn«Querida Congregación: anteayer, día 11, murieron, con la generosidad con que mueren los mártires, seis de nuestros hermanos; hoy, 13, han alcanzado la palma de la victoria veinte, y mañana, 14, esperamos morir los veintiún restantes. ¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios! (…) Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos y por nuestro querido Instituto; cuando llega el momento de designar las víctimas hay en todos serenidad santa y ansia de oír el nombre para adelantarse y ponerse en las filas de los elegidos; esperamos el momento con generosa impaciencia, y cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que les ataban, y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada; cuando van en el camión hacia el cementerio, les oímos gritar: ¡Viva Cristo Rey! El populacho responde: ¡Muera! ¡Muera! Pero nada los intimida. ¡SON TUS HIJOS, CONGREGACIÓN QUERIDA, estos que entre pistolas y fusiles se atreven a gritar serenos cuando van a la muerte: ¡VIVA CRISTO REY! Mañana iremos los restantes y ya tenemos la consigna de aclamar, aunque suenen los disparos, al Corazón de nuestra Madre, a Cristo Rey, a la Iglesia Católica y a Ti, MADRE COMÚN DE TODOS NOSOTROS (...). Morimos todos contentos sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que entrando roja y viva por tus venas, estimule su desarrollo y expansión por todo el mundo. ¡Adiós, querida Congregación! Tus hijos, mártires de Barbastro, te saludan desde la prisión y te ofrecen sus dolorosas angustias en holocausto expiatorio por nuestras deficiencias y en testimonio de nuestro amor fiel, generoso y perpetuo. Los mártires de mañana, 14, recuerdan que mueren en vísperas de la Asunción; ¡y qué recuerdo este! Morimos por llevar la sotana y morimos precisamente en el mismo día en que nos la impusieron…¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de María! ¡Viva la Congregación! Adiós, querido Instituto. Vamos al Cielo a rogar por ti. ¡Adiós! ¡Adiós!».

Que la sangre de los mártires nos anime a vivir y morir como verdaderos discípulos de Cristo.

©Revista HM; nº204 Septiembre-Octubre 2018

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