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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Santos

El luchador y el que sufre

A la entrada de la basílica de San Pedro, el Papa Pío IX colocó el pasado siglo dos impresionantes figuras de los apóstoles Pedro y Pablo, ambos fácilmente reconocibles por sus atributos: las llaves en la mano de Pedro, la espada en las manos de Pablo. Quien sin conocimiento de la historia del cristianismo contempla la vigorosa imagen del apóstol de los gentiles, podría llegar a pensar que se trata de un gran general, de un guerrero, que con la espada habría hecho historia y se habría sometido a los pueblos. De ese modo sería uno de los muchos que se han ganado fama y riqueza a costa de la sangre de los demás. El cristiano sabe que la espada que se encuentra en las manos de este hombre tiene el significado contrario: es el instrumento con el que fue ejecutado. Como ciudadano romano que era, no podía ser crucificado, como Pedro; murió a espada. Pero, aun cuando ésta pasaba por ser una forma noble de ejecución, Pablo pertenece, dentro de la historia universal, a las víctimas de la violencia, y no al número de sus autores.

Quien se adentra en las cartas de Pablo para encontrar en ellas algo así como una autobiografía encubierta del apóstol, enseguida se dará cuenta de que con el atributo de la espada, el instrumento de la pasión, no se dice simplemente algo sobre los últimos instantes de la vida de san Pablo; la espada puede perfectamente servir como atributo de su vida: "He peleado la noble pelea", le dice ante la muerte a Timoteo, su discípulo predilecto, al mirar retrospectivamente al camino de su vida (2 Tm 4, 7). Según tales palabras, Pablo queda bien descrito como luchador, como hombre de acción, incluso como una naturaleza violenta. Una mirada superficial a su vida parece dar a esto la razón: en cuatro grandes viajes recorrió una parte significativa del mundo entonces conocido, y de ese modo se convirtió realmente en el maestro de los pueblos que llevó el evangelio de Jesucristo "hasta los confines de la tierra". Con sus cartas mantuvo unidas a las comunidades que fundó, promovió su organización y consolidó su estabilidad. Se enfrenta con vehemencia a sus adversarios, de los que no carecía. Utiliza todos los medios posibles a su alcance para cumplir, lo más eficazmente posible, el "deber" de la predicación que le incumbe (1 Cor 9, 16). Así, continuamente es presentado como el gran activista, como el patrono de los inventores de nuevas estrategias para la cura de almas y la misión.

Todo esto no es erróneo, pero no es la totalidad de Pablo; en efecto, quien sólo lo ve así, pasa por alto lo peculiar de su figura. En primer lugar, debemos dejar constancia de que la lucha de san Pablo no fue la lucha de un arribista, de un hombre del poder, ni tampoco la de un señor o un conquistador. Fue lucha a la manera en que Teresa de Ávila la describe. Ella aclara sus palabras "Dios quiere y ama a las almas esforzadas" con la siguiente frase: "Lo primero que el Señor obra en sus amigos, cuando éstos se debilitan, es que les otorga valor y les quita el temor a los sufrimientos". En este contexto me viene a las mientes una observación, ciertamente unilateral y hasta un poco injusta, de Theodor Haecker, que éste consignó durante la guerra en sus "diarios y nocturnarios", en todo caso puede ayudarnos a comprender de qué se trata aquí. La frase a la que me refiero dice así: "A veces me parece como si en el Vaticano se hubiera olvidado completamente que Pedro no fue sólo obispo de Roma..., sino también mártir". La lucha de san Pablo fue, desde el principio, la lucha de un mártir. Dicho más exactamente: al principio de su camino había pertenecido a los perseguidores y había practicado la violencia contra los cristianos. A partir del momento de su conversión, se pasó a Cristo crucificado y escogió el camino de Jesucristo. No era un diplomático; allí donde realizó esfuerzos diplomáticos tuvo poco éxito. Era un hombre que no tenía otra arma que el mensaje de Jesucristo y la entrega de su propia vida a dicho mensaje.

Ya en la carta a los Filipenses (2, 17) habla del derramamiento de su vida como una libación; en el ocaso de su vida, en su última palabra a Timoteo (4, 6), repite una vez más esta formulación. Pablo fue una persona dispuesta a dejarse herir, y ésta era su verdadera fuerza. No se cuidó, no intentó mantenerse al margen de disgustos y contrariedades, ni tampoco procurarse una vida agradable.

Lo que ocurrió fue lo contrario. Precisamente el hecho de que se expusiera, no se cuidara, se entregara a los golpes y se consumiera por el Evangelio, le hizo digno de fe y edificó la Iglesia: "Por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré totalmente por vuestras almas". Estas palabras de la segunda carta a los Corintios (12, 15) ponen al descubierto la esencia más íntima de este hombre. Pablo no era de la opinión de que evitar disgustos fuera el principal cometido de la pastoral, y no pensaba que un apóstol debía tener ante todo buena prensa. No, él quería sacudir, despertar del sueño de la conciencia, aun cuando le costara la vida. Por sus cartas sabemos que era todo menos un gran orador. Esa carencia de talento oratorio la tenía en común con Moisés y con Jeremías, que se defendieron frente a Dios alegando que eran totalmente inadecuados para la misión prevista debido a su falta de dotes oratorias. "La presencia del cuerpo (de Pablo) es pobre y la palabra despreciable" (2 Cor 10, 10), decían de él sus adversarios. Acerca del comienzo de su misión en Galacia, él mismo cuenta: "Pero bien sabéis que una enfermedad me dio ocasión para evangelizaros por primera vez" (Ga 4, 13). Pablo no actuó con una retórica brillante ni mediante estrategias refinadas, sino entregándose y exponiéndose en favor de su mensaje. También hoy, la Iglesia sólo podrá convencer a los hombres en la medida en que sus predicadores estén dispuestos a dejarse herir. Donde falta la disposición a sufrir, falta la prueba esencial de la verdad de la que depende la Iglesia. Su lucha sólo puede seguir siendo siempre la lucha de quienes se dejan derramar: la lucha de los mártires.

A la espada puesta en las manos de san Pablo también le podemos atribuir, desde luego, otro significado que el de instrumento de martirio: en la Escritura la espada es también símbolo de la palabra de Dios, que es "más cortante que espada alguna de dos filos... y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón" (Hb 4, 12). Ésta es la espada que empuñó Pablo: con ella conquistó los hombres. En este sentido, "espada" es, a la postre, simplemente una imagen del poder de la verdad, que es de naturaleza totalmente peculiar. La verdad puede doler, puede herir: ésta es su naturaleza de espada. La vida en la mentira, o simplemente el vivir al margen de la verdad, a menudo parece más cómodo que la exigencia de lo verdadero. De ahí que los hombres se irriten por la verdad, quieran reprimirla, empujarla a un lado, quitarla de en medio. ¿Quién de nosotros podría negar que en alguna ocasión la verdad le ha molestado -la verdad sobre sí mismo, la verdad sobre lo que debemos hacer y permitir-? ¿Quién de nosotros puede afirmar que nunca ha intentado hurtarse a la verdad o al menos maquillarla un poco, para que fuera menos dolorosa? Pablo resultaba molesto porque era un hombre de la verdad; quien se entrega totalmente a la verdad y no quiere tener ninguna otra arma ni ninguna otra tarea que ella, es cierto que no será eliminado necesariamente, pero siempre se aproximará a las cercanías del martirio: se convertirá en alguien que sufre. Proclamar la verdad sin convertirse en un fanático ni en alguien que siempre quiera tener razón: esa sería la gran tarea.

A veces, en medio de una disputa, Pablo puede volverse un poco agrio, acercarse al fanatismo. Pero no era en absoluto un fanático; textos llenos de bondad, como los que encontramos en todas sus cartas -los más bellos quizás en la carta a los filipenses-, son el distintivo peculiar de su carácter. Pablo podía mantenerse libre del fanatismo porque no hablaba por su cuenta, sino que llevaba a los hombres el don de otro: la verdad procedente de Cristo, que murió por ella y continuó amando hasta la muerte. También en este punto, creo yo, debemos corregir un poco nuestra imagen de Pablo. Tenemos demasiado presentes los textos polémicos de Pablo. También en este caso se trata de algo parecido a lo que sucede con Moisés: vemos a Moisés como el lleno de fuerza, el férreo, el enojado. Pero el libro de los Números dice de él que era el más humilde de todos los hombres (12, 3 LXX). Quien lea a Pablo entero descubrirá al Pablo humilde. Hemos dicho antes que su éxito dependía de su disposición a sufrir. Ahora debemos añadir que sufrimiento y verdad son correlativos. Pablo fue combatido porque era un hombre de la verdad. Pero el hecho de que, de su palabra y de su vida, haya crecido algo permanente se debe a que sirvió a la verdad y sufrió por su causa. El sufrimiento es el refrendo necesario de la verdad, pero sólo la verdad da sentido al sufrimiento.

A la entrada de la basílica de San Pedro se yerguen las figuras de ambos apóstoles, Pedro y Pablo. También en el pórtico principal de San Pablo Extramuros se encuentran conectados los dos, se representan escenas de la vida y pasión de ambos. La tradición cristiana ha considerado desde el principio a Pedro y Pablo como inseparables: juntos representan la totalidad del Evangelio. En Roma, la vinculación de ambos como hermanos en la fe recibe además otro significado totalmente concreto. Los cristianos de Roma los vieron como una réplica de la mítica pareja de hermanos a los que se atribuye la fundación de Roma: Rómulo y Remo. Estos dos hombres se encuentran en notable correspondencia con la primera pareja de hermanos de la historia bíblica: Caín y Abel; el uno se convirtió en asesino del otro. La palabra "fraternidad" tiene, desde lo puramente humano, un sabor amargo. Tal y como puede aparecer entre los hombres, se representa en las diversas religiones con tales parejas de hermanos. Pedro y Pablo, que humanamente fueron tan distintos entre sí y cuya convivencia no estuvo exenta de conflicto, aparecen como los fundadores de una nueva ciudad, como la encarnación de la nueva y verdadera forma de fraternidad que se ha hecho posible mediante el Evangelio de Jesucristo. No es la espada de los conquistadores la que salva al mundo, sino sólo la espada de los que sufren. Sólo el seguimiento de Cristo conduce a la nueva fraternidad, a la nueva ciudad: esto nos dice la pareja de hermanos que nos habla a través de las dos grandes basílicas de Roma.

Del libro "Imagenes de la esperanza". (Joseph Ratzinger)

©Revista HM º126 Septiembre/Octubre 2005

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