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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Testimonios

Annalena Tonelli

"Madre Teresa de Somalia"

A fines de los sesenta Annalena Tonelli saldría de su Italia natal para “ponerse de rodillas ante esos testimonios de humanidad herida”. Ha vivido en el silencio la radicalidad evangélica durante 35 años en tierra somalí, en una cultura musulmana. Los siete últimos años de su vida han transcurrido en Borama. El 5 de octubre de 2003 fue asesinada en las arenas del desierto de Somalia.

Me llamo Annalena Tonelli. Nací en Forli, Italia. Trabajo en el campo sanitario desde hace 30 años pero no soy médico... Elegí vivir para los demás desde que era niña: para los pobres, los que sufren, los abandonados, los que nadie ama y espero poder continuar así hasta el fin de mi vida.

Tan sólo quería seguir a Jesús. No me interesaba nada más: Cristo y los pobres en Cristo. Por Él hice una elección de pobreza radical, si bien ser pobre como un verdadero pobre - como los pobres de los cuales están llenos mi jornada - nunca podré serlo. Vivo sirviendo a los demás sin un nombre, sin la seguridad de una orden religiosa, sin pertenecer a ninguna organización, sin un sueldo, sin ingresos, sin la pensión que asegure mi futuro cuando sea mayor. No estoy casada porque yo lo elegí con alegría cuando era joven. Quería ser toda para Dios. Para mí era una exigencia de mi ser no tener familia propia”.

Con estas palabras se presentaba Annalena Tonelli, una misionera laica entre los somalíes, en el Vaticano, el 1 de diciembre del 2001, en un Convenio convocado por el Consejo Pontificio para la Pastoral Sanitaria. La llamaban la “Madre Teresa de Somalia”, una mujer que trabajaba sin descanso por los más pobres, que fundó numerosos hospitales, que después de 30 años de servicio entre los más pobres y necesitados decía: “grito el Evangelio con mi vida y ardo en el deseo de continuar gritándolo hasta el fin de mi vida”. Una mujer incansable, y sin miedo que parecía no conocer el desánimo ni el descorazonamiento. Una mujer que a lo largo de su vida afrontó agresiones físicas, secuestros, amenazas de muerte. Ella, una mujer laica, sola, que luchó valientemente contra la tuberculosis, el Sida, el analfabetismo, la ceguera y la mutilación femenina.

Annalena Tonelli nace en Forli el 2 de abril de 1943. Su padre era un economista y dirigente del movimiento cooperativo. Su madre, ama de casa. Ella era la segunda de cinco hijos. De joven estudió derecho para contentar a su familia. Ya desde muy joven no tiene miedo de dejar su ciudad y a los 19 años se va con una beca a América donde comienza a intuir su vocación de servicio a los últimos de la tierra. Vuelta a Forli pasa el tiempo libre entre los enfermos de la periferia, las prostitutas, enfermos mentales, alcohólicos… Sueña con ir a la India pero su familia no quiere. Al final cambia de ruta y se dirige a África donde parte con una amiga en 1970, al noroeste de Kenia. Creía que no podía darse completamente permaneciendo en su país. “Pronto comprendí - dirá ella misma más tarde - que se puede servir y amar en cualquier lugar, pero yo estaba ya en África y sentí que era Dios quien me había llevado hasta allí y allí me quedé con alegría y agradecimiento”. En el desierto de Wajir están las dos jóvenes entre tribus nómadas rígidamente musulmanas, enseñando a los niños y curando a los enfermos. Allí se encuentra por primera vez con los enfermos de tuberculosis, abandonados de todos por miedo al contagio. “En ese momento -confesará- me enamoré de ellos”. Abre una pequeña estructura con tiendas de campaña: primero 40, después 100, 200… Annalena sigue personalmente cada enfermo hasta su completa curación o hasta su muerte. Mientras tanto, estudia medicina y se diploma en la lucha contra la TBC en Kenia. Continuó con este trabajo hasta 1985 prácticamente sin ser notada ni conocida. Fue entonces cuando el ejercito keniano comenzó a asesinar a algunos miembros de una tribu local que tenía conexión con la guerrilla somalí en Etiopía. Cientos de personas fueron masacradas. Annalena cogió su coche, le pintó una cruz roja y partió hacia el desierto llevando tan sólo agua. Con un pequeño grupo de ayudantes recoge a los heridos y supervivientes y los lleva a centros de rehabilitación. Salvó unos cuantos y realizó una lista de los muertos que entregó a la mujer de un diplomático americano para que fuera conocido en todo el mundo. Habrían exterminado a 50.000 personas, pero sólo mataron a mil. La acción de Annalena consiguió impedir la masacre. Pero también le supuso la expulsión de Kenia. Volvió a Italia y frecuentó en Liverpool un curso para el tratamiento de enfermedades tropicales.

África la llama y después de un año, volvió esta vez a Somalia para continuar el trabajo interrumpido. Se establece en Mogadiscio, donde da de comer a los desplazados a causa de la guerra. Es robada, y secuestrada. Le roban el coche y ella se traslada en burro para llevar alimento a los enfermos. Recoge los cadáveres de las calles para sepultarlos, cura a los enfermos, esconde a los refugiados. Se traslada a Merca donde trabaja como médico en el Hospital de Cáritas. Gasta casi a diario para sus pobres un millón de viejas liras italianas que consigue gracias a los benefactores en todo el mundo. Debe luchar para no plegarse ante los prepotentes locales que buscan adueñarse de las ayudas que llegan en los barcos. Sabe que han decidido matarla pero sus enfermos desfilan ante el jefe del poblado pidiendo que salve su vida. La expulsan del hospital y ella irreducible, ocupa una iglesia abandonada de la que también será expulsada. Desde Italia la familia y los amigos le piden que deje el país que se ha hecho ya demasiado peligroso. Todas las organizaciones humanitarias abandonan el país pero ella se queda allí sola. En 1995 abandona por fin Merca porque hay ya demasiados peligros después de los conflictos sanguinarios entre los clanes rivales. De hecho, la médico que la sustituye fue asesinada pocos meses después de su llegada.

Se establece entonces en Borama donde construye un hospital que consigue hacer funcionar gracias a las ayudas que recibe de Italia especialmente de su ciudad, Forli. La estructura sanitaria va creciendo y a lo largo de los años es un organismo con 75 personas entre médicos y enfermeras. Annalena es la demostración viviente de las transformaciones y cambios que es capaz de realizar una persona sola, por el bien y mejora de los otros, aun desprovista de medios particulares, pero con gran voluntad y amor.

Actuaba con tranquilidad sin ser esclava del reloj. Tenía tiempo para cada uno. Sus jornadas eran plenas. Dormía sólo cuatro horas. Su ritmo de trabajo era sin descanso. Comía arroz y alubias. Raramente volvía a Italia para ver a la familia. No tenía casi tiempo para ello. De por sí sólo tenía dos túnicas y un par de sandalias que le había regalado alguien que la vio andar descalza. Era una pequeña mujer que parecía toda piel y huesos pero llena de energía. Su jornada en el hospital comenzaba a las 7,30 con la reunión con los médicos con los que había ideado y realizado un proyecto sanitario innovador para la observación y seguimiento de los enfermos de TBC. Después pasaba a ver a los enfermos, por las camas, hablando con cada uno. Para los niños siempre tenía una caricia especial. Además del hospital seguía escuelas de alfabetización para niños y adultos, curso de instrucción sanitaria, una escuela para pequeños sordomudos y otros disminuidos. Luchaba con fuerza contra la práctica de la mutilación genital femenina y esto le trajo numerosas amenazas y persecuciones. Varias veces sufrió asaltos y fue golpeada pero no tenía miedo.

Hablando ella misma de su estilo de vida que para muchos resultaba un verdadero sacrificio casi imposible de vivir ella dirá: “Mucha gente habla de sacrificio, pero para mí nunca ha sido un sacrificio. Muchas veces he tenido la sensación de que no había nadie en la tierra que tuviera el privilegio de vivir de este modo. La mía era pura felicidad. ¿Qué otra persona en el mundo tiene una vida tan bella como la mía?”

Annalena estaba preparada para morir desde hacía muchos años. Algunos meses antes de su muerte escribió a sus amigos: “quisiera que todos los que amo aprendiesen a ver la muerte con sencillez. Morir es como vivir. Mi muerte, mi enfermedad, mi dolor no son en absoluto distintos de la muerte de la enfermedad del dolor de estos adultos y niños que mueren ante nuestros ojos todos los días. Mi vida es para ellos, para estos pequeños enfermos, para los mutilados en el cuerpo y en el espíritu, para los desventurados que no lo han merecido. Si yo pudiera vivir y morir de amor. ¿Me será concedido?”.

Su oración fue escuchada. Murió el 5 de octubre del 2003 en Borama, el día antes de ver completada la nueva ala del hospital para el tratamiento de los tuberculosos. Dos disparos en la nuca acabaron con su vida.

Así murió esta gran mujer que decía: “La vida sólo tiene sentido si se ama. Nada tiene sentido fuera del amor. En mi vida he conocido tantos peligros, he estado en peligro de muerte tantas veces. He estado durante años en medio de la guerra. He experimentado en la carne de aquellos a los que amo y por tanto, en mi propia carne, la maldad del hombre, su perversidad, su crueldad. Y he salido con una convicción: que lo único que cuenta es el amor. Sólo el amor libera al hombre de todo lo que le hace esclavo; sólo el amor hace crecer, florecer. Sólo el amor hace que no sintamos miedo de nada, que seamos capaces de poner la otra mejilla a quienes nos golpean, que arriesguemos la vida por nuestros amigos, que soportemos todo, que esperemos todo… Es así como nuestra vida se convierte en una bendición. Se hace felicidad aun en medio del sufrimiento. Siento fuertemente que todos estamos llamados al amor, es decir, a la santidad”

 

©Revista HM º135 Marzo/Abril 2007

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