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Testimonios

Última Despedida, un ejemplo de Sierva

 

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Por Hna. Karen McMahon, SHM

El viernes 29 de abril de 2016, tres Siervas del Hogar de la Madre recibían emocionadas, en el Aeropuerto de Dublín, el féretro de la Hna. Clare procedente de Ecuador y lo escoltaban hasta su casa, en Derry. Una vez allí, el primer responso fue pronunciado por el Obispo de Derry, Mons. Donal McKeown.

La Misa de funeral tuvo lugar el lunes 2 de mayo de 2016, a las doce del mediodía, en la Iglesia Long Tower de San Columba, con la presencia de Mons. Donal McKeown, Obispo de Derry; Mons. Edward Daly, Obispo emérito de Derry; y Mons. Kevin Doran, Obispo de Elphin. Concelebraban además doce sacerdotes.

Recientemente he vivido la gracia inmensa de poder estar en Derry, Irlanda del Norte, en el entierro de mi Hermana Clare Crockett. Yo la conocí hace dieciséis años, cuando vino a España por primera vez con un grupo de irlandeses para vivir un Encuentro de Semana Santa con el Hogar de la Madre, en Priego (Cuenca), en el año 2000.

Cuando llegó tenía solo diecisiete años. La recuerdo como una niña llena de vida y muy graciosa. Tenía una gracia irlandesa que te partías de la risa solo con oírla hablar, con su marcado acento de Derry y sus constantes bromas y mímicas. Tenía una gran facilidad para todo lo que tenía que ver con el teatro y la música.

Después de esa Semana Santa en España, volvió a su país. Pero retornó a España en el verano del mismo año 2000, para ir de peregrinación con el Hogar de la Madre a Italia. Hablando con una amiga de la familia, cuando he estado ahora en Derry, me contó que después de la peregrinación a Italia, regresó con la Hna. Clare a Irlanda. Tenían que hacer noche en un hotel de España antes de volar a Irlanda. La Hna. Clare y ella compartían habitación. La Hna. Clare no hacía más que hablar de la experiencia vivida con el Hogar de la Madre y de su deseo de volver - fuera como fuera - a España, para estar con las Hermanas.

Efectivamente volvió, y entró como candidata de las Siervas del Hogar de la Madre. Yo fui nombrada su formadora de candidatas. Mi misión era ayudarla a crecer como Sierva. Ahora lo pienso y me digo: “¡Qué cosa! ¿Quién me habría dicho a mi -mientras realizaba mi encargo de cuidar e indicar el camino de la santidad a esta niña- que quince años más tarde la llevaría sobre mis hombros para ser enterrada?”.

La Hna. Clare descubrió el amor de Jesús y se lanzó por ese camino. No podía suportar la superficialidad ni la mediocridad.

Recuerdo que en el año 2010 – poco antes de que ella hiciera sus votos perpetuos - fuimos a Irlanda de peregrinación con un grupo de chicas de Estados Unidos. Les habló con una fuerza y una claridad que uno podría pensar que la iban a coger una manía tremenda. Sin embargo, en vez de eso, la querían y buscaban su compañía, porque reconocían la verdad de sus palabras, y que ella no tenía otro interés para hablarlas así que su salvación y santidad.

En otra ocasión estuve en Ecuador y coincidí con ella en un viaje que hicimos a un Santuario de la Virgen. Era un viaje de cuatro horas en autobús. De regreso, ella estuvo todo el camino tocando la guitarra, riendo y jaleando a las chicas que se reunieron a su alrededor. Cuando por fin llegamos a nuestro destino y despedimos a las chicas, entramos en casa. El Padre Rafael, que había pasado todo el viaje atendiendo a las chicas que querían hablar con él, se sentó a la mesa y miró a la Hna. Clare. Ambos tenían cara de encontrarse muy mal. La Hermana tenía cara de cansancio y de dolor porque, aunque ella nunca lo comentaba, sufría mucho de migrañas. El Padre le dijo a la Hna. Clare: ¨Lo que hay que hacer por las almas, Hna. Clare”. Se miraron con gesto de comprensión mutua y la Hermana le contestó: “Sí, Padre”. Me sentí en la presencia de dos personas muy grandes.

Yo solo tengo palabras de gratitud hacia la familia de la Hna. Clare y la gente de Derry, que nos han recibido con tanto cariño y delicadeza. En su entierro había muchísima gente, incluso David Lattimer, cabeza de la Iglesia Presbiteriana de Irlanda del Norte, que estaba tan impresionado con el ejemplo de la Hermana, que estuvo una hora llorando junto a su féretro. Me recordó lo que pasó una vez en Tierra Santa: una persona de otra religión hizo un gesto de desprecio hacia nuestro grupo. La Hna. Clare se le acercó y, mirándole a los ojos, le alargó la mano diciendo: “Somos hermanos”. El hombre quedó desarmado y compungido. Creo que ella estaría contenta con este gesto de nuestro hermano de la Iglesia Presbiteriana que quiso estar presente en su funeral.

Para mí, poder acompañar a mi Hermana en su última despedida sobre la tierra, ha sido una gracia que quedará por siempre grabada en mi corazón. Verdaderamente ha sido para mí un ejemplo de Sierva.

©Revista HM; º191 Julio-Agosto 2016

Hermana Clare

Hermana Clare

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