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Testimonios

Antonio y Ana tienen un hijo en el Cielo

Por Hna. Beatriz Liaño, SHM

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Una llamada de teléfono me avisó de que Javier, el hijo pequeño de Ana, a sus cinco meses, acababa de morir. Nos pusimos en camino inmediatamente.

¿Qué me iba a encontrar?

Eran alrededor de las dos de la tarde. Estábamos a punto de ponernos a comer cuando, de pronto, sonó el teléfono. La voz al otro lado de la línea sonaba seria y preocupada. Tras asegurarse de que hablaba conmigo, sin más preámbulos, me espetó: "Hermana, Javier, el pequeño de Ana y Antonio, ha muerto". No daba crédito a lo que oía, no podía ni reaccionar: "¿Qué has dicho? ¿Javier?" Javier tenía cinco meses y era el pequeño de cuatro hermanos. Era un niño sano y precioso que se estaba criando estupendamente. Mi interlocutora me respondió; "Siento decírtelo tan crudamente, pero la muerte es así, no se puede adornar". "Pero, ¿qué ha pasado?". "Muerte súbita. Te pido que vengáis cuanto antes. Ana os necesita".

Nos pusimos en camino precipitadamente. Al llegar a casa de Ana nos abrazamos entre lágrimas. Ella me dijo con voz entrecortada: "Hermana, yo se lo había ofrecido a la Virgen, para que fuera su misionero". La respondí: "Pues Ana, si estabas dispuesta a verle marchar a tierras lejanas para anunciar el Evangelio, con la misma aceptación de la voluntad de Dios déjale marchar al Cielo".

Esa tarde las horas pasaron lentas y dolorosas. Fui testigo de que cuando una tragedia así se abate sobre una persona de fe, es como si Dios pusiera un foco de luz sobre ella, en medio de la oscuridad de nuestro valle de lágrimas, y dijera: "Mirad cómo reacciona, observad lo que hace, escuchad lo que dice". Solo una mujer de fe es capaz de consolar a otros estando ella misma rota de dolor. Esa fue Ana esa tarde: rota de dolor, porque era una madre que acababa de perder repentinamente a su hijo más pequeño, pero dando consuelo y sentido al dolor de los que - teóricamente - se acercaban para consolarla a ella.

javi2El duelo era especialmente doloroso, porque el cuerpecito de Javier había sido entregado al Instituto Forense para hacer el autopsia. Sin verle muerto era difícil creer que ya no volvería. Pasaron casi veinticuatro horas hasta que el pequeño féretro llegó al velatorio. Javier parecía un angelito recién dormido entre sus sábanas blancas. Era imposible verlo sin que la emoción te embargara. Cuando salí de la habitación, abarrotada de gente, un amigo que estaba en la puerta me miró con expresión interrogante. Y ahora, ¿qué?., parecía decir. Le respondí: "Nosotros creemos en la resurrección de la carne"Intenté que mi voz no se quebrara, pero debo reconocer que no lo conseguí del todo.

Ana es miembro de los Laicos del Hogar de la Madre y muchos amigos del movimiento estaban allí, arropándola con su presencia y su oración. Muchos de ellos eran padres de familia, y se miraban entre ellos consternados, mientras hablaban con voz queda. Al acercarme me dijeron "¿Sabes qué estamos diciendo, hermana? Que a pesar de todo el dolor, qué suerte tiene Ana. Ella sabe que tiene un hijo en el Cielo, y nosotros no sabemos aún qué será de los nuestros". La luz de la fe les hizo atinar en el centro de la diana.

Tras la muerte de Javier, quisimos avisar rápidamente a la hermana de Ana, que pertenece a las Siervas del Hogar de la Madre, pero fue imposible. La hna. Sara  María se encontraba en el interior de la selva ecuatoriana, en el Puyo, donde nuestras hermanas de las comunidades que tenemos en Ecuador entran regularmente para anunciar la Palabra de Dios a los indígenas, que en el siglo XXI de la era cristiana, están recibiendo ahora las primeras noticias del Evangelio. Los indios "shuar" viven en comunidades muy reducidads, treinta o cuarenta personas forman ya una aldea "shuar". Para llegar hasta ellos hay que atravesar kilómetros de selva, horas y horas caminando con el barro hasta las rodillas, cruzando a pieo ríos caudalosos, con el agua hasta la cintura y hasta el pecho, con peligro de serpientes, arañas y de otras muchas cosas...Todos esos sufrimientos y riesgos asumen nuestras hermanas cada vez que entran en la selva para explicar el camino del Cielo a un puñado de niños y adultos, pobres y analfabetos.

Cuando finalmente pudimos contactar con la hna. Sara María y comunicarle la noticia, su respuesta fue: "Qué poco nos ha costado salvar esta alma". Ciertamente, en comparación con lo que acababa de vivir la hermana en la selva, la salvación del alma de Javier había sido much más sencilla.

Recuerdo que, hace un tiempo, al visitar el hogar de una familia profundamente católica, me impresionó descubrir - apenas se abría la puerta de la casa - una frase pegada a la pared que decía: "Lo que importa es ir al Cielo". Recuerdo que pensé: "Esta frase habría que pintarla en las fachadas de todas las casas de la ciudad". Es que a veces se nos olvida cuál es nuestro fin en esta tierra y, no sabiendo a dónde vamos, nos perdemos por el camino.javi3

F.J. Sheed dice que: "La muerte es un fin, un fin no de la vida, sino de la vacilación". Mientras vivimos en esta tierra, tenemos la posibilidad de pasar de la gracia al pecado, de la amistad a la enemistad con Dios. Es una batalla constante en la que continuamente podemos optar entre escoger a Dios o escogernos a nosotros mismos en contra de Dios. Somos candidatos al Cielo pero también lo somos al infierno, por decisión de nuestra libre voluntad. Ciertamente, en este sentido, la muerte acaba con la vacilación. Y si aposté por Dios y la muerte me encontró unida a Él, mi alma alcazará finalmente aquello para lo que Dios me creó: la unión con Él, la visión de Dios. No nos podemos imaginar porque nuestra imaginación solo es capaz de hacer imágenes mentales de aquello de lo que ha tenido experiencia de algún modo a través de los sentidos, y los sentidos solo captan la realidad material, y el Cielo es una realidad, pero una realidad espiritual. Pero que sea inimaginable no quiere decir que sea inconcebible o irracional. Nuestra inteligencia debe caminar así, iluminada por la fe, sin dejarse traicionar por una imaginación que, llegados a este punto, no nos sirve.

El Cielo es real y alcanzaremos allí la consumación de todos nuestros deseos. Habrá una total felicidad. Solo puede pensar que el Cielo es aburrido quien no encuentre sentido a su existencia aquí en la tierra. Es comprensible. Quien agoniza interiormente porque no encuentra sentido a su vida, siendo una vida caduca y con un final, debe sentir horror a pensar en vivir eternamente. En cambio, quien a pequeños sorbos ha comenzado a gustar "cuán bueno es el Señor" (Sal 34, 9), quien ha tenido experiencia, aunque sea pequeña y limitada como todo en esta vida mortal, del amor del Señor, de su misericordia, de su perdón, de su paternidad...ansiará la plenitud del amor que solo encontraremos cuando veamos a Dios cara a cara. 

Cuando el pequeño féretro blanco de Javier fue puesto a los pies del altar, el sacerdote que presidía la celebración sorprendió a muchos anunciando que no íbamos a celebrar un funeral por Javier. Efectivamente, la Iglesia no celebra funerales por los niños bautizados que aún no han alcanzado el uso de razón. Los textos de la misa prevista para estos casos no piden perdón para el difunto como en el caso de los adultos, sino que dan gracias al Señor por la vida de ese niño, al que cuenta ya entre los santos y los ángeles del Cielo. Razón tenían los amigos de Ana cuando decían: "Ella sabe que tiene un hijo en el Cielo y nosotros aún no sabemos que será de los nuestros".

No quiero decir con todo esto que tengamos que enviar al Cielo a todos los niños antes de que cumplan cinco meses. Cada uno tenemos nuestra misión y nuestra tarea. Pero cuando el Señor permite que un angelito como Javier vuele al Cielo tan pronto, nos tenemos que fiar de Él, con todo nuestro dolo y hasta con nuestras lágrimas, pero también con un profundo y sincero agradecimiento. Aunque no lo entendamos.

javi4Dos o tres meses después de estos acontecimientos, volví a casa de Ana. En la puerta del frigorífico había pegado un dibujo que había hecho José, el segundo de los hijos de Ana, de ocho años. Le habían pedido en el colegio hacer un dibujo de su familia. Lo observé y cuando terminé de entenderlo, me emocioné. El dibujo es la imagen que acompaña este artículo. Jose había dibujado en la parte de abajo del papel a papá y a mamá, a la abuela, a sí mismo y a sus hermanos vivos, todos sonrientes. Pero no termina ahí su dibujo. En el Cielo, escondido detrás de una nube, está Jesús, y Jesús sostiene entre brazos un bebé: el pequeño Javier. Tambieén Jesús y Javier sonríen de oreja a oreja. Un sol grande y amarillo lo ilumina todo. El dibujo de José es toda una catequesis. Pensé en aquellos que se preguntan: ¿cómo hay que explicar a un niño que su hermanito ya no está? La respuesta es obvia, la mejor forma de responder es decirles la verdad. Con palabras adecuadas, con delicadeza, pero sobre todo con fe y con esperanza en la vida eterna. José no pinta a Javier en un agujero oscuro y tenebroso sino que lo pinta rodeado de luz, lleno de felicidad, junto a Jesús.

Somos hijos de Dios y lo único verdaderamente importante es que al final de nuestra vida en esta tierra vayamos al Cielo con nuestro Padre Dios. En este sentido, la responsabilidad primera de un padre y de una madre de familia cristianos es que sus hijos vayan al Cielo. Si el Cielo no es una prioridad para nosotros, estamos equivocando el camino y la educación de los hijos que el Señor nos ha confiado.

Javier llegó ya. Que no faltemos ninguno.

©Revista HM; º190 Mayo-Junio 2016

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