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Testimonios

Doctor Nathanson - "Vivía la gran mentira"

“Graduado en la Universidad de Magill, se doctoró en Bioética en el Centro de Búsqueda, Clínica Ética, de la Universidad de Vanderbilt, Nashville, Tennesee, en los Estados Unidos. En la actualidad es Profesor Asociado de Obstetricia y Ginecología en el Colegio Médico de Nueva York y Visitador Escolar en la Universidad de Vanderbilt. El Doctor Nathanson expone su inspiradora historia con incansable honestidad en sus libros ‘ La Mano de Dios’, ‘América abortando’...

Un asesino de masas. Soy directamente responsable de la muerte de setenta y cinco mil niños inocentes. ¿Cómo llegué a este punto en mi carrera, habiendo jurado muchos años antes, cuidar a los enfermos y proteger la vida?

Mi historia comienza con mi formación en la Ciudad de Nueva York. Me criaroncomo judío, iba a la escuela hebrea tres veces por semana, iba a la escuelade los domingos una vez por semana, y cuando volvía a casa despuésde estar en la escuela, mi padre, que había sido formado como Rabino,pero que luego rompió con la fe judía, me hacía preguntassobre lo que yo había aprendido en la escuela hebrea, y cuando yo le contestabase echaba a reir y me despreciaba, me ridiculizaba y se burlaba de mis contestaciones. Yhubo una destrucción metódica de mi sentido de fe. Yoseguí mi formación judía hasta la edad de trece añosen la que fui recibido por la comunidad judía como adulto. Despuésde esto jamás volví a poner pie en una sinagoga en mi vida. Mife se había hundido completamente. Yo era lo que mucha gentellamaría un ateo judío.

Yo fui al Colegio médico y allí tuve mi primera experiencia delaborto. Mi novia quedó embarazada. Decidimos que eraimposible casarnos, así que buscamos en Montreal un médicoanciano que prometió hacer el aborto. Le pagué con dinero que mipadre me había enviado. La mujer tuvo un aborto, perocasi murió, y yo le ayudé a recuperar la salud. Y eso fue el comienzode mi sentido de indignación social ante las leyes que restringíanel aborto, haciéndolo ilegal. Unos años más tarde, pasé porun período de entrenamiento en obstetricia y ginecología en unhospital en la Ciudad de Nueva York, donde más de la mitad de las camasdel hospital estaban ocupadas por mujeres que habían tenido abortos yestaban muy enfermas o muriéndose, cosa que estimuló mástodavía mi sentimiento de indignación.

Conocí a un hombre que estaba empeñado en derrumbar todas las leyes anti-abortistas en los Estados Unidos y juntos formamos un grupo de acción política, conocido como la Liga Nacional de Acción de Derechos Abortistas. Y tuvimos un éxito notable. A los dos años habíamos derrumbado una ley restringiendo el aborto en el Estado de Nueva York. La ley había estado en los códigos penales desde 1829. Siguiendo al derrumbamiento de la ley antigua, era claro que teníamos que implementar la ley nueva. No era suficiente decir simplemente que el aborto era legal; teníamos que hacer también que fuese de bajo precio, no caro, seguro y humano. Permítanme subrayar ahora, cuando digo “humano”, que en esta época, en 1971, no sabíamos nada sobre el embrión o el feto humano, nada. No teníamos ningún medio para verlo, o estudiarlo, o medirlo, o para confirmar que era un ser humano, así que las balanzas estaban profundamente desequilibradas. Toda la preocupación que nosotros teníamos era por la mujer embarazada.Y muy poco, o ninguna preocupación, por el bebé.

Yo empecé a llevar una clínica abortista en Nueva York. Fue la clínica abortista más grande en el mundo occidental. Funcionaba desde las 8.00 de la mañana hasta las 12.00 de la noche todos los días. Tenía treinta y cinco médicos y ochenta y cinco enfermeras trabajando para mí. Hacíamos ciento veinte abortos cada día. Había diez quirófanos. Durante mi estancia como director hicimos sesenta mil abortos. Yo he supervisado con médicos residentes en prácticas diez mil abortos más y con mis propias manos he hecho cinco mil abortos. Así que en mi vida tengo setenta y cinco mil abortos, setenta y cinco mil inocentes asesinados. Durante mi estancia como director una mujer amiga mía quedó embarazada y aunque ella no lo quería yo le convencí que abortara. Ella quería el mejor abortista de todos, y por supuesto ese fui yo. Así que yo hice el aborto, y ejecuté a mi propio hijo. Lo hice friamente, sin sentimiento, quirúrgicamente. Fue simplemente un procedimiento más para mí.

Es interesante que durante mi tiempo como director de la clínica, muchasde las mujeres de los médicos se me quejaban de que sus maridos no dormíanbien, que tenían pesadillas, que chillaban por la sangre en sus manos.Muchos de los médicos cayeron en el alcoholismo, la adicción ala droga, líos sexuales con las enfermeras. Algunos de los médicosfumaban marihuana abiertamente en la clínica. Tuve que despedirles. Perohabía un precio inmenso que se tenía que pagar por esta actividad: losmédicos ganaban cantidades enormes de dinero pero sus almas se estabandestruyendo. Yo, mientras tanto, vivía la gran mentira. Quierocitar aquí un párrafo breve de las Confesiones de San Agustín.Dice: “Yo me uní a un grupo de camaradas y sensualistas, hombrescon lenguas ágiles que fustigaban y persuadían y que teníanlos engaños del demonio en sus bocas. Ellos cebaron el anzuelo confundiendolas sílabas del nombre de Dios Padre, Dios el Hijo Nuestro SeñorJesucristo, y Dios el Espíritu Santo, el Páraclito que nos conforta. ‘Laverdad y solamente la verdad’ era el lema que me repetían una yotra vez, aunque la verdad no se encontraba para nada en ellos”. Estefue el grupo en el que yo caí. Tuve un éxito enorme, ganando cantidadesinmensas de dinero. Era dueño de muchas casas, barcos, aviones, bodegasde vino, fincas, mujeres, todo. Tenía todo, pero no teníanada más que la gran mentira, esa mentira que era que en el senomaterno la persona no contaba para nada.

Cuando dejé la clínica después de varios años, me hice director de obstetricia en el Hospital de San Lucas en la Ciudad de Nueva York, y fue a partir de entonces cuando empezamos a introducir toda la tecnología sofisticada que tenemos hoy. Me refiero a la ecografía, al controlar electrónicamente el latido del corazón del feto, y otras técnicas sofisticadas. Y por primera vez, pudimos estudiar el ser humano en el seno materno. Y para gran sorpresa nuestra descubrimos que no se diferenciaba en nada de ninguno de nosotros, que comía, dormía, bebía fluídos, y soñaba -pudimos de hecho medir los sueños- que se chupaba el dedo y se comportaba exactamente como un infante recién nacido. Y desde ese momento, según se iban amontonando y acumulando los datos, la verdad empezó a amanecer sobre mí. La gran mentira se había acabado. La verdad era que éste era un ser humano que merecía nuestra protección y respeto, un ser humano con la dignidad que Dios le había otorgado y que no se tenía que destruir o dañar.

Después de tres o cuatro años de estudiar el feto, me hice pro-vida.
Cambié dementalidad en el tema del aborto, empecé a cuestionar los criterios éticosy morales de aquellos que practicaban el aborto, di conferencias en contra delaborto, y por último, hice dos películas que mostraban el fetohumano durante un aborto. Una de ellas se llamó “El grito silencioso”,que muestra a un bebé con doce semanas de edad, siendo succionado hastasu muerte en el seno materno. Puedes realmente ver al instrumento de succiónentrar en el seno y arrancar por succión los brazos y las piernas delbebé, abriendo violentamente el abdomen, sacando por succión los órganosdel abdomen y luego aplastando la cabeza del bebé con un forceps y extrayéndolodel seno. Es una película muy fuerte. Los pro-abortistasnegaron todo, por supuesto, pero yo les desafié a hacer una películaparecida para demostrarme qué es lo que sucede en un aborto, para demostrarmedónde mi película se había equivocado. Nunca lo hiceron.Sabían lo que iban a ver.

Cuando yo hice cuentas de mi vida a comienzos de los años ochenta -teníauna gran cantidad de dinero, casas, bodegas de vino inmensas y lo demás-tenía, en resumen, como he dicho, todo y nada; tenía quecontemplar en mi pasado tres matrimonios fracasados, un hijo que estaba emocionalmentedesequilibrado y lo que más me pesaba de todo, eran las almas de setentay cinco mil niños inocentes que yo había destruido. Yquiero decirles a ustedes que eso es un cuadro que da miedo, un bagage moralpesadísimo, para llevarlo a la vida eterna. Por supuesto que yome dediqué asiduamente a negar que hay una vida eterna, pero secretamentelo sabía. Hubo algo que me daba martillazos constantemente recordándomelo.

Yo estaba desmoralizado, deprimido, incluso con inclinaciones suicidas.
Teníapensamientos de suicidio. Acudí otra vez a Agustín. Y dice: “¿Qué escualquier hombre, si no es más que un hombre? Deja que los fuertes y poderososse rían de mí, y deja que nosotros, los débiles y los pobres,confesemos nuestros pecados a Ti”.

Mientras yo agonizaba sobre mi vida y sobre si merecía continuarla o no, conocí aun sacerdote amable en un encuentro pro-vida. El sacerdote despuésse convirtió en mi Virgilio que me guió por el infierno y por elpurgatorio al paraíso. Establecimos un diálogo que continuó durantesiete años y al final de este tiempo yo estaba convencido de que habíaaprendido la verdad, y la gran mentira ya no dominaba más mi vida, y el9 de diciembre de 1996, el Cardenal John O’Connor me recibió enla Iglesia Católica.

Mi trabajo pro-vida empezó a salir no del cerebro, sino del alma, delcorazón. El Santo Padre es el que mejor lo describe cuando dijo lo siguiente: “Muchasveces este tema se presenta como el derecho de la mujer a la libre elecciónque concierne a la vida ya existente dentro de ella, que lleva en su seno; lamujer debería tener el derecho de elegir entre dar o quitar la vida alniño no nacido. Cualquiera puede ver que las alternativas que se proponenaquí son solamente aparentes. No es posible hablar del derecho de elegircuando se trata de un mal moral claro, cuando lo que está en juego esel mandamiento ‘No matarás’”. Así es comotodos tenemos que pensar en este tema del aborto. Hacerlo de otra manera, esdejarse llevar por senderos extraños y peligrosos.

Entonces, fui bautizado por el Cardenal O’Connor, y me acuerdo de la mañanade invierno, en diciembre, muy claramente. Me acordé de cuando yo eraun estudiante de medicina en el cuarto curso en la Universidad de Montreal. Teníaun profesor de psiquiatría, el Doctor Karl Stern, un judío austriaco,al que le caí muy bien y de hecho intentó persuadirme de ser psiquiatra,cosa con la que yo no quería tener nada que ver. Pero él fue unprofesor amable y excelente y yo le tenía mucho cariño. Esto fueel año 1949. Yo no sabía en esa época cuando él meenseñaba, que él mismo pasaba por el proceso de conversiónal catolicismo.Y posteriormente escribió un libro sobre su conversión,que se llamaba “El Pilar de Fuego”. Y en él, en las últimaspáginas, describió el día en el que se bautizó. Dice: “Jamásme olvidaré de la mañana de mi Primera Comunión. Exteriormentefue como cualquier otra mañana de diciembre". Y luego élescribe: “Y no hubo la más mínima duda sobre ello: hacia Élhabíamos estado corriendo o de Él habíamos estado huyendo,pero todo el tiempo Él había estado en el centro de las cosas”.

Así que permítanme cerrar con estos comentarios:
Elamor es el poder más duradero en este mundo. Esta fuerza creativa tanhermosamente ejemplificada en la vida de Cristo es el instrumento máspotente disponible en la incesante búsqueda de la humanidad por la pazy la justicia”.

©Revista HM º110 - Enero/Febrero 2003

Hermana Clare

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¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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