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Testimonios

P. Ioann Krestiankin: «¿Puedes amarme como ellos?»

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Por Hna. Beatriz Liaño, S.H.M.

El Evangelio de Juan concluye prácticamente con esa conocida pregunta del Señor a Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21, 16). Pedro confiesa confundido que sí, que le quiere, aunque sea con un amor muy pobre… El Señor entonces le anuncia, con palabras veladas, la muerte violenta que sufrirá por su amor. Sí, él, Pedro, el que un día le negó hasta tres veces jurando no conocerle. Él, el pescador de Galilea, morirá en una cruz por amor a su maestro crucificado. El Señor termina la conversación diciendo: «Tú, sígueme».

A cada uno de nosotros, el Señor nos hace esa pregunta a lo largo de nuestra vida: «¿Me amas?». No basta responder con un «sí». La vida tiene que transformarse en un «sí», como se transformó la vida del P. Ioann Krestiankin, sacerdote de la Iglesia Rusoortodoxa, cuyo testimonio publica la revista «Trionfo del Cuore» en su número 48.

El P. Ioann Krestiankin nació en el año 1910 en Orel (Rusia). Poco después, en 1917, estalló la revolución comunista y, con esta, la persecución contra la Iglesia. Se calcula en cien millones el número de muertos en el brutal intento de imponer el comunismo en el mundo, pero es incalculable el sufrimiento de tantas personas que no llegaron a morir, pero cuya dignidad, libertad y derechos fundamentales fueron sistemáticamente pisoteados. El P. Ioann era consciente del peligro que asumía al ordenarse sacerdote en el año 1945.

Cada mañana, antes de la apertura de la iglesia, el joven sacerdote pasaba un largo tiempo de oración. Corría el año 1948 y, un día, mientras oraba de rodillas con la cabeza apoyada en los pies del Crucificado, escuchó desde la Cruz estas palabras: «¿Puedes amarme como ellos?». El sacerdote, asustado, se puso en pie de un salto y miró a su alrededor, pero la iglesia seguía vacía. De repente, vio como en un semicírculo alrededor del Crucificado muchas cruces de distintas medidas. No entendía lo que estaba pasando y volvió su mirada hacia el rostro de Jesús, pero Jesús guardaba silencio.

Al atardecer fue a visitar a su padre espiritual para contárselo todo. Este sacerdote era lo que los ortodoxos denominan un «starez», un guía espiritual que gozaba de fama de santidad y evidentes dones para el discernimiento de las almas. El P. Ioann comenzó a contarle, pero el hombre de Dios —sin dudar ni un momento que se tratara de algo sobrenatural— le interrumpió para preguntarle: «¿Y tu corazón qué le ha respondido al Señor?». Solo en ese momento el P. Ioann comprendió que lo que había vivido no era un sueño o un engaño del enemigo.

pioann2Poco después, la visión se repitió. Esta vez el sacerdote reconoció sobre algunas de las cruces a personas muy queridas por él, pero estas personas ya habían sufrido el martirio a manos del régimen comunista, o estaban desaparecidos después de haber sido encarcelados o deportados a Siberia. El corazón del sacerdote se encogió por la compasión, pero también por el miedo. ¿Qué significaba toda esa extraña experiencia? ¿Qué era lo que el Señor le iba a pedir a él? Se estremeció cuando volvió a escuchar la voz del Crucificado que le preguntaba: «¿Me amas como ellos?». Y de nuevo guardó silencio, incapaz de responder a la pregunta.

Pasó el tiempo. El P. Ioann sufría interiormente a causa de su falta de generosidad. Se veía a sí mismo como un traidor y el demonio aprovechó esos momentos de debilidad espiritual para tentarle con fuerza. Un día, cercano ya a la desesperación, estaba orando en el presbiterio de la iglesia y vio de nuevo a su alrededor las cruces de los mártires rusos. Esta vez, en cambio, no consiguió reconocer sus rostros de tanto que resplandecían. Veía solo sus brazos extendidos hacia él, como abrazándole. Y experimentó la influencia de la gracia de Dios que lo invadía. Corrió a los pies del Crucifijo y, entre lágrimas, le dijo al Señor: «Tú sabes y Tú ves que te amo. Cubre mi debilidad». Como San Pedro, el P. Ioann había aceptado la humillación de descubrir hasta qué punto era débil su amor, y eso permitió al Señor obrar el milagro de su transformación interior, dándole una nueva fuerza para amar, y la firme decisión de no pensar más en sí mismo, sino solo en amar a Dios y a los hombres, para que en todo se cumpliera la voluntad de Dios.

Apenas dos años después de ese suceso, llegó para el P. Ioann el momento de seguir más profundamente al Crucificado. En 1950, después de cinco años de fructuoso trabajo en una parroquia de Moscú, fue denunciado por su mismo párroco, celoso de él, y condenado a siete años de prisión en un campo de trabajos forzados. Una condena así, en momentos de recrudecimiento de la persecución anticristiana, no era ninguna broma. Pero en ese mundo de horror, el P. Ioann Krestiankin fue testimonio del amor que perdona, del amor que ama hasta el extremo. Una vez liberado, entró en un monasterio y, purificado por el dolor y por el perdón, se convirtió en un «starez», un guía espiritual buscado por muchas personas abrumadas por todo tipo de sufrimientos. Con la mirada fija en el rostro del Crucificado, las supo conducir por el camino del amor, trasmitiendo consuelo y fortaleza que ayudara a atravesar el particular «valle de lágrimas» de cada alma.

Cuando alguien le recordaba los sufrimientos pasados en la cárcel, la traición del hermano sacerdote, las humillaciones y vejaciones sufridas… respondía: «El tiempo no me basta para amar, ¿cómo puedo desperdiciarlo recordando las ofensas?».

El P. Ioann Krestiankin murió —providencialmente— el 5 de febrero de 2006. Se celebraba en ese día la memoria de los nuevos mártires y confesores de Rusia, aquellos que habían alcanzado para él la gracia de ser fortalecido para poder amar como ellos.

©Revista HM; nº204 Septiembre-Octubre 2018

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Carl : Me estoy convirtiendo al catolicismo en parte por la Hna. Clare Crockett.

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