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Testimonios

Dos nuevos sacerdotes para la mies de la Iglesia

ORDENACION1

Siervos del Hogar de la Madre

El pasado 27 de octubre de 2018, fueron ordenados sacerdotes el P. Joseph Bloomer y el P. Andrew krische, Siervos del Hogar de la Madre. Toda la Iglesia se alegra y da gracias a Dios porque en ellos, una vez más, se cumple su promesa de no abandonar a su pueblo. En tiempos difíciles el Señor sigue llamando, eligiendo, amando con predilección, sigue regalándonos sacerdotes para que Él pueda quedarse con nosotros siempre, hasta el fin del mundo. «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Salmo 125). Para la Iglesia, para los hombres, para el Hogar de la Madre: dos nuevos alter Christus, otros Cristos en la tierra, sacerdotes para toda la Eternidad.

Pidamos para que mantengan su Sí generoso, para que crezcan cada día más en su relación personal con Dios en Jesucristo y para que sean verdaderamente lo que el mundo necesita hoy: «hombres de Dios». Ser manifestación de Jesús, Único Sacerdote, ¡qué gran responsabilidad! Sin duda, ellos necesitarán la Gracia de Dios… pero también nuestras oraciones. Recemos, pues, por ellos y por todos los sacerdotes. Nos va en ello la Vida.

«Si Dios te llama, Él te hará capaz»

P. Joseph Bloomer, SHM

ORDENACION2

Soy el P. Joseph Bloomer y he sido ordenado sacerdote recientemente, el 27 de octubre de 2018. Me han pedido escribir mi testimonio sobre mi experiencia de la Ordenación y mi vocación sacerdotal. Así que, aquí está.

La ceremonia de Ordenación fue preciosa por la belleza de la Liturgia, enriquecida, además, con una estupenda homilía del Obispo, D. Juan Antonio Reig Pla. Yo estaba sorprendido de la serenidad que tuve durante toda la ceremonia, porque, normalmente, este tipo de experiencias son bastante difíciles para mí. No me gusta nada ser el centro. Incluso la idea de ser sacerdote solía asustarme muchísimo… y de hecho, todavía me asusta de algún modo.

La primera vez que recibí la llamada al sacerdocio, estaba sentado en mi dormitorio de Ave Maria University. Me encontraba leyendo un libro de Juan Pablo II titulado Don y Misterio. «Antes de formarte en el vientre, te conocí; antes de que nacieras, te escogí; te nombré profeta entre las naciones» (Jer 1, 5). Esta fue la cita, que era el subtítulo de uno de los capítulos. Eran las palabras de Dios al profeta Jeremías. Al leer esas palabras, sentí fuertemente que Dios me las estaba dirigiendo a mí. En ese momento, sentí como si alguien me hubiera tocado en el hombro y comencé a sentir una paz serena y un conocimiento sobrenatural de que Dios me estaba realmente llamando al sacerdocio.

No puedo decir que fuera totalmente fiel a esa gracia, porque más tarde me desvié un poco del camino. Pero nunca olvidé esa experiencia. Y su memoria vino más tarde a mi cabeza cuando estuve tentado de ser infiel a la llamada.

Además de todas las tentaciones que el mundo pone ante un joven en estos tiempos y en esas edades, tuve que afrontar también una tentación psicológica. Era algo que, al menos por un tiempo, no podía superar. Era el hecho de tener una personalidad muy introvertida. Cosas como ser el centro de atención o tener que hablar en público, me aterraban. Y, por tanto, pensar en ser sacerdote era algo absurdo, imposible. Pensaba: «Si estuviera llamado a ser sacerdote, no sé cómo podría superar esta horrible timidez. Un sacerdote tiene que tomar la iniciativa de hablar con la gente. Tiene que hablar en público todo el tiempo. Tiene que ser un líder. Tiene que ser pastor de la gente. Yo soy incapaz de hacer todas esas cosas. Esto es ridículo. Parece que fuera una broma pesada por parte de Dios». Pero un día, leyendo el libro del Éxodo, me quedé asombrado. Moisés, cuando fue llamado por Dios, tuvo una tentación muy similar. Después de recibir la llamada de Dios, él se quejó de ser incapaz de llevarla adelante, porque «nunca he sido un hombre con facilidad de palabra, ni siquiera después de que Tú has hablado con tu siervo. Soy torpe de boca y de lengua» (Ex 4, 10).

A pesar de todo, he aprendido lentamente durante los últimos diez años, que Dios llama a quien quiere, y parece que prefiere a los más débiles, a los menos adecuados. Porque a Él le gusta mostrar su fuerza en la debilidad. Es un concepto difícil de entender y que va directamente en contra del modo mundano de pensar. Pero si Dios te llama, Él te hará capaz, con su gracia, de realizar la misión que te ha confiado. Rezad para que sea fiel. Dios os bendiga.

«Fidelidad al Señor, a la Iglesia y al Hogar»

P. Andrew Krische, SHM

ORDENACIONMISA

Poco tiempo antes de la Ordenación sacerdotal, empecé a decirme a mí mismo: «finally». Con paz y alegría decía: finalmente. Gracias a Dios y a su misericordia, ahora soy sacerdote. Ahora creo firmemente que mi Ordenación ha sido en el tiempo que tenía que ser.

Meses antes de ser ordenado, empecé a prepararme más intensamente. También estuve muy activo, ocupado con campamentos de jóvenes, con el traslado de la casa de los Siervos en Roma, etc. Todos estos apostolados, trabajos con la Comunidad y otros tiempos de más recogimiento que pude tener, me sirvieron de alguna manera para ir preparándome al sacerdocio.

Cada día, lo más grande que hago como sacerdote es celebrar la Misa. Por una parte, la preparo y trato de vivir bien la Liturgia de la Palabra. Su Palabra purifica nuestra realidad. Trato de prepararme siempre leyendo las lecturas de la Sagrada Escritura y rezando para la predicación.

A su vez, la Liturgia de la Palabra prepara y lleva a la Liturgia de la Eucaristía, que es el momento más intenso y misterioso de mi ministerio. En la Ordenación sentía, después de la imposición de manos y la Consagración, que Jesús estaba dentro de mí de una manera nueva. En momentos como la Consagración ves con fe y experimentas, según el Señor dispone, que Él actúa en ti y a través de ti. Es Él quien consagra y se da para el bien de todos nosotros.

La confesión está siendo también un momento de gracia muy grande. Impresiona ver cómo el Señor actúa a través de ti de una manera fuerte, con su poder de perdonar y renovar. Nosotros, los sacerdotes, estamos llamados a colaborar de una manera especial con Su obra de conversión y cambio del corazón.

Aparte de estos momentos de especial fuerza, siento que el Señor me confía una nueva misión y me va dando gracias para cumplirla. No significa que no note todavía mi humilde persona, pero experimento también la fuerza del Señor, que quiere salvar y sanarme a mí y a las almas.

Actualmente estoy viviendo en Roma y sigo estudiando. Los Siervos celebramos nuestra Misa durante la semana, muy temprano, en la Iglesia de San Juan Evangelista y San Petronio. Es una Misa muy recogida. Y nuestra casa está muy cerca de la Iglesia de San Andrea de la Valle. Ya he ido a dar gracias a mi santo patrón y a la Madonna della Puritá.

Pido al Señor y a la Virgen, que este nuevo ministerio dé frutos que permanezcan a pesar de mis fallos o defectos. Y que pueda servir con fidelidad al Señor, a la Iglesia y al Hogar. Pido a todos que recéis por mí, para que vaya profundizando más en este don y responsabilidad que me ha dado el Señor y para que viva esta misión con entrega. Yo les recordaré de modo particular en la oración y en la Santa Misa. Pidan especialmente que la Virgen me ayude a mí y a todos los Siervos sacerdotes, para que seamos a través de Ella buenos sacerdotes de su Hijo.

 

©Revista HM; nº206 Enero-Febrero 2019

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