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Vida espiritual

Centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús

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Un regalo para España y el mundo entero

Por Clara Martínez Gomariz, LHM

Continuamos repasando la evolución histórica del culto al Sagrado Corazón de Jesús viajando hasta la Francia del siglo XVII, el denominado «gran siglo de las almas» por el brillante desarrollo que experimentó el país en aquella época. En el plano religioso, este crecimiento se concretó en distintos aspectos, entre ellos la fundación de nuevas congregaciones de la mano de clérigos como Pierre de Bérulle, san Vicente de Paúl o san Francisco de Sales, iniciador, este último, de la Orden de la Visitación que, orientando la formación de las religiosas hacia el amor del Verbo Encarnado, dispuso la semilla perfecta para hacer germinar en el mundo la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

STA. MARGARITA MARÍA DE ALACOQUE

Precisamente a esta congregación salesa pertenecerá una mujer que será muy importante en el desarrollo del culto al Sagrado Corazón, la futura santa Margarita María de Alacoque, nacida el 22 de julio de 1647 en un pequeño pueblo de la Borgoña francesa, en la diócesis de Autun. Desde muy pequeña, Margarita quiso ser religiosa y se sintió movida a hacer voto de castidad y obediencia sin saber qué significaba. Sin embargo, frente a su ferviente deseo de amar a Dios como monja, su madre trataba de persuadirla para que no entrara en el convento, alegando que su matrimonio era su única esperanza para salir de la miseria familiar, pues eran huérfanos de padre.

La joven Margarita, debatiéndose entre el mundo y la vida religiosa, venciendo sus resistencias y vanidades, finalmente respondió a su vocación abrazándola con generosidad e ingresó en el convento de las Madres visitandinas de Paray-le-Monial el 25 de mayo de 1671.

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Desde el principio, Margarita se caracterizó por su profunda humildad, por la práctica de unas sólidas virtudes y por el perfecto acatamiento de la voluntad de Dios.

En 1673 comenzó a tener experiencias místicas referidas al Sagrado Corazón, a quien Margarita veía, sentía y oía con total nitidez, y con quien mantuvo preciosas conversaciones, unas veces como amigo, otras como esposo y otras como padre. Dios le manifestó que había sido elegida para servirse de su corazón a fin de repartir sus gracias a las almas y darles a conocer su amor. Para ello, el Señor le pidió que se despojara de todo, dejando el corazón vacío y desnuda el alma, encendiendo en ella un deseo tan ardiente de amar y sufrir, que su única voluntad era amar crucificándose, con un hambre insaciable de humillaciones, mortificaciones, austeridades y duros trabajos. El Señor quería hacer en ella su morada. La generosidad de Margarita fue tal, que le suplicó al Señor que imprimiera en ella Su imagen Dolorosa, de manera que Este le hizo entrega de una cruz y una corona cuajada de espinas con las que Margarita sufrió los dolores de la Pasión, en perfecta identificación con Jesucristo.

Margarita recibía todo esto con una gran paz de espíritu y –como Dios no abandona a las almas escogidas- le prometió una ayuda para su misión, el jesuita P. de la Colombière, su director espirtual, que con su seguridad de discernimiento colaboró con ella como un verdadero hermano, propagando la devoción y sufriendo también mucho por su causa.

Margarita llegó a alcanzar los desposorios místicos y el Señor le permitió reposar durante largo tiempo sobre su Pecho Divino, en el cual le descubrió todas las maravillas de Su Amor y los secretos inexplicables de Su Corazón, mientras le decía: «Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres, y por ti en particular que, no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te descubro, y los cuales contienen las Gracias Santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra Mía».

Desde entonces, Margarita se entregó en alma y cuerpo al Sagrado Corazón. En las innumerables pruebas a las que se vio sometida, practicó el olvido de sí misma, a fin de llegar a la pureza del amor. Sintiendo su debilidad, se remitió al poder de la gracia: «Señor, haz en mí tu voluntad. Por Ti, divino Corazón de Jesucristo, hago todo» (Offrande, 152).

Murió el 17 de octubre de 1690 a la edad de 43 años. Pío IX, que era muy devoto del Sagrado Corazón, impulsó su proceso y la beatificó el 18 de septiembre de 1864. Fue canonizada por Benedicto XV el 13 de mayo de 1920. En 1929, Pío XI extendió la fiesta de santa Margarita María a toda la Iglesia universal.

LA REPARACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

En una de sus apariciones a santa Margarita, el Señor le dijo: «He ahí este Corazón, que ha amado tanto a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles Su Amor, y en reconocimiento no recibo de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sus sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este sacramento de Amor. Pero lo que me es aún mucho más sensible, es que son corazones que me están consagrados, los que así me tratan. Por esto te pido que sea dedicado el primer viernes, después de la Octava del Santísimo Sacramento, a una Fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando ese día y reparando Su honor por medio de un respetuoso ofrecimiento, a fin de expiar las injurias que ha recibido durante el tiempo que ha estado expuesto en los altares».

La fiesta para honrar el Sagrado Corazón que pedía el Señor, fue establecida en 1928 por Pío XI a través de su Encíclica Miserentissimus Redemptor. Respecto al ofrecimiento de desagravio, se instauró la llamada amende honorable, expresión tomada del derecho penal francés para explicar el delito (pecado) personal de ofensa al amor de Jesús ignorado (inconnu), que es la característica especial de esta reparación. La amende se podía realizar con diversas fórmulas, y la propia Margarita María compuso algunas de ellas. En 1928, Pío XI -a través de la Encíclica ya citada- propuso un texto común para toda la Iglesia. Esta oración debía rezarse en todos los templos del mundo el día de su fiesta para reparar nuestras culpas y resarcir los derechos violados de Cristo. Este tributo -explicaba el propio pontífice en su Encíclica- es el correlato del amor con que debemos corresponder a Dios: «Si lo primero y principal es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación » (MR, 5).

Por ello, vemos que no hemos de limitarnos a honrar a nuestro Dios con solo aquel culto de adoración, sino que es necesario también satisfacer a Dios, juez justísimo, por nuestras innumerables ofensas cometidas.

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En esta misma aparición a santa Margarita, el Señor continuó diciéndole: «Te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que Su Amor omnipotente concederá a todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos la gracia de la penitencia final, no morirán en mi desgracia y sin haber recibido los Sacramentos; mi divino Corazón será su asilo seguro en el último momento ». Es la llamada «Gran Promesa», por la que el Señor se comprometía a prestar una especial ayuda sobrenatural en el momento de la muerte a los que realizaran la comunión reparadora de los nueve primeros viernes de mes, práctica que pronto se difundió por el mundo entero. Vemos aquí la intrínseca correlación entre el mensaje dado a Sta. Margarita y la Eucaristía, vínculo que será explicado en un número posterior de la revista. Además de la comunión reparadora, el Señor le indicó a la santa otra forma de resarcir tanta ingratitud e ignorancia, pidiéndole rezar durante un hora la noche del jueves al viernes, acompañándole en su agonía; esta práctica será la precursora de la Hora Santa que realizamos hoy.

Margarita entendió perfectamente que Dios tiene sed de nosotros y su vida espiritual se desarrolló en la perspectiva de esta reparación de su Amor ignorado, en esta nueva era de misericordia infinita anunciada por Cristo en Paray: Dios había decidido dar más «facilidades» para la salvación, en un nuevo y supremo esfuerzo por atraer a los hombres, mostrándoles de una forma clarísima la misericordia que está dispuesto a emplear con los pecadores. Sin duda alguna, ya habían llegado los «tiempos modernos» que san Juan reveló a santa Gertrudis, en los que, «oyendo los hombres estas maravillas, se renueve el mundo envejecido y tibio en el amor de Dios» (Legatus divinae pietatis, 1. IV, c. 4, 4).

 

ORACIÓN EXPIATORIA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el desprecio, míranos aquí postrados ante tu altar. Queremos reparar con especiales manifestaciones de honor tan indigna frialdad y las injurias con las que en todas partes es herido por los hombres tu amoroso Corazón.

Recordando, sin embargo, que también nosotros nos hemos manchado tantas veces con el mal, y sintiendo ahora vivísimo dolor, imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no solo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía, obstinándose en su infidelidad, y han sacudido el yugo suavísimo de tu ley, pisoteando las promesas del Bautismo.

Al mismo tiempo que queremos expiar todo el cúmulo de tan deplorables crímenes, nos proponemos reparar cada uno de ellos en particular: la inmodestia y las torpezas de la vida y del vestido, las insidias que la corrupción tiende a las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las miserables injurias dirigidas contra ti y contra tus santos, los insultos lanzados contra tu Vicario y el orden sacerdotal, las negligencias y los horribles sacrilegios con que se profana el mismo Sacramento del amor divino y, en fin, las culpas públicas de las naciones que menosprecian los derechos y el magisterio de la Iglesia por ti fundada.

¡Ojalá que podamos nosotros lavar con nuestra sangre estos crímenes! Entre tanto, como reparación del honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofreciste un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los demás: la indiferencia a tan grande amor con la firmeza de la fe, la inocencia de la vida, la observancia perfecta de la ley evangélica, especialmente de la caridad, e impedir además con todas nuestras fuerzas las injurias contra ti, y atraer a cuantos podamos a tu seguimiento.

Acepta, te rogamos, benignísimo Jesús, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María Reparadora, el voluntario ofrecimiento de expiación; y con el gran don de la perseverancia, consérvanos fidelísimos hasta la muerte en el culto y servicio a ti, para que lleguemos todos un día a la patria donde tú con el Padre y con el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

Oración expiatoria al Sagrado Corazón
de Jesús por el Papa Pío XI.

 

© Revista HM; Nº207 Marzo-Abril 2019

Hermana Clare

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¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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