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Vida espiritual

¡Qué Dios tan bueno!

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Por Hna Paqui Morales, SHM

«Los tiempos de Dios son perfectos». Con esta frase culminaba Sarita el día de su Primera Comunión.

Sarita es una señora de 45 años que, ciega y paralítica, lleva años postrada en cama. Hace 10 años le diagnosticaron esclerosis múltiple. Su esposo, en ese momento, decidió no acompañarla durante la enfermedad y la abandonó dejándola sola, con sus dos hijos de 4 y 7 años. Sus hijos han cuidado de ella con muchísimo cariño a lo largo de estos años. Han ido viendo cómo la enfermedad de la mamá avanzaba, primeramente postrándola en cama con una parálisis total de las piernas y parcial de los brazos, y después dejándola completamente ciega. Ellos estudian, limpian, cocinan, lavan y atienden a la madre.

El P. David, párroco de Ntra. Sra. de la Consolata, parroquia situada en una zona pobre de Guayaquil, nos pidió hace un par de meses acompañarle a visitar a esta señora. Inmediatamente, Sarita se ganó nuestro cariño. Era impresionante ver la alegría con que nos recibió. Ni una queja, ni un lamento, todo eran palabras de gratitud y alegría. Contenta, como decía ella, de recibir a alguien que le hablase de Dios.

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Antes de finalizar la visita, le fijamos en su pared de caña la imagen de la Virgen para que, aunque no la pudiese ver, extendiese la mano y la tocase, recordando así que no estaba sola. Nos enteramos de que solo estaba bautizada y le ofrecimos catequesis para que hiciese la Primera Comunión. Con mucha amabilidad nos dijo: «No, gracias. Así estoy bien. Ustedes pueden visitarme cuando quieran, pero de momento prefiero no recibir la catequesis». El Padre le contestó: «No te preocupes, Sarita, cuando tú quieras». Se sucedieron varias visitas en las que siempre manifestaba la alegría por nuestra llegada. El Padre le decía: «Más feliz estarás el día que recibas a Jesús», pero ella seguía reacia.

Durante años la han estado visitando los evangélicos y ella estaba bastante imbuida de sus ideas. Una cosa muy curiosa es que, después de nuestra visita, ellos le insistieron en que les dejase quitar la imagen de la Virgen y ella se negó.

Beto y Luis, dos laicos del Hogar de la Madre, se comprometieron a ir cada sábado a casa de Sarita. Luis enseñaba a los hijos a tocar la guitarra, mientras Beto rezaba con Sarita y conversaba con ella. Las conversaciones versaban en lo que lleva todo miembro del Hogar grabado a fuego en el corazón: La Eucaristía y Nuestra Madre. Un sábado, Sarita, con cara de pillina, le dijo a Beto: «Yo dije que no quería catequesis, pero tú me la estás dando disimuladamente». En esas palabras no se reflejaba ni un ápice de disgusto, sino una simpática complicidad. Continuaron así un tiempo más, hasta que Sarita manifestó el deseo de confesarse por primera vez y recibir a Jesús Sacramentado.

Cuando recibimos la noticia, todos los laicos del Hogar y las Siervas que estábamos de alguna manera más cercanos a la situación de Sarita, nos llenamos de alegría. Todos querían participar de ese día tan especial. Ese domingo, el Señor se adentraría en la zona donde vive Sarita, zona llena de las más terribles miserias humanas y espirituales, ya que es una zona en la que el consumo de droga se hace sin ningún tipo de disimulo y en la que públicamente se hace ostentación de los más terribles vicios. El Señor no miraba más que ese corazón deseoso de encontrarse con Él.

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Cinco matrimonios del Hogar, Beto y las seis Hermanas, nos adelantamos para preparar la visita de Jesús. Adornamos la pobre casa de caña con globos blancos y dorados. Pusimos rosas blancas y preparamos un bonito altar. Una de las señoras le hizo un peinado a Sarita y la maquilló discretamente. La dejó guapísima, y ella se emocionaba ante tantas atenciones. Llegó el momento tan esperado. El P. David trajo a Jesús e hizo una paraliturgia. Antes de leer el evangelio que tocaba ese día, le dijo: «Sarita, escucha, que el evangelio habla de ti». Llenos de emoción, todos escuchamos el pasaje del ciego de Jericó, que gritaba: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí».

Esa mañana, Jesús no devolvió como al ciego de Jericó la vista física, pero le dio a Sarita una visión más importante, le hizo ver su inmenso amor, le dio la visión de la Fe, que le permite ver mucho más allá de su sufrimiento y le hace conocer el inmenso amor de Dios.

Después de un tiempo de alegría y celebración, Sarita terminó diciendo: «Quién me iba a decir a mí, que en las condiciones en las que estoy, y a los 45 años, yo iba a hacer mi Primera Comunión». Y con una sonrisa preciosa terminó: «Los tiempos de Dios son perfectos».

¡Qué Dios tan bueno! ¡Qué Dios tan bueno, que sabe esperar el tiempo adecuado para cada alma!

Ese día hubo gran fiesta en el Cielo, tan grande, que se dejó sentir en la tierra, porque todos los que estábamos presentes, pudimos gozar de una alegría «de Cielo».

© Revista HM Nº207 Marzo-Abril 2019

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