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Vida espiritual

¿Y si prefiero un becerro de oro?

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¡Sí, pues... CRÉETELO!

Por Hna. Miriam Loveland, S.H.M.

El primer mandamiento nos invita a reconocer a Dios como tal y caer en la cuenta de que eso significa que no soy yo. Si nos acordamos de lo que vimos en el último artículo, los diez mandamientos se presentan al hombre como una luz que ilumina nuestro camino. Nos advierten dónde está el precipicio y en qué consiste la vida y la muerte.

Cuando Dios dio este primer mandamiento a los israelitas, ciertamente corrían un peligro muy real de dar culto a otros dioses. ¿Te acuerdas del becerro de oro que el pueblo construyó en el preciso momento que Moisés recibía de mano de Dios los diez mandamientos? Para ellos era demasiado fácil caer en la tentación de adorar a un dios que podían tocar y ver, un dios que comprendían, especialmente teniendo en cuenta que todos los pueblos de alrededor hacían justamente eso. Necesitaban este mandamiento para no seguir el ejemplo de los demás pueblos, para mantenerse fieles a Dios.

Quizás hoy en día no vemos a los vecinos postrándose ante una figura tallada en declaración de su soberanía y apelando su bendición, o quizás sí.

Pero sí que seguimos rodeados por una sociedad verdaderamente politeísta y la misma Iglesia se ve compuesta de cristianos bautizados que siguen entregando su corazón a dioses falsos. ¿Cuántos cristianos buscan reafirmar su identidad mediante su trabajo o una relación? ¿Cuántos miden el éxito de su vida en el número de ceros en su salario? ¿Cuántos se autoproclaman el centro del universo y exigen muchas veces a costa de su familia que se les reconozca como tal? Si somos honestos con nosotros mismos veremos que aún hoy corremos el peligro de entregar el corazón a «dioses falsos».

becerrodeoro

Cuando Dios comunica este mandamiento a Moisés, empieza recordando a los israelitas quién es: «Yo soy el Señor, tu Dios, el que te libró de la esclavitud de Egipto» (Ex 20, 2). Dios les vuelve a poner delante el hecho de que es un Dios amante, un Dios cercano que se preocupa por su pueblo e interviene poderosamente en sus vidas. Los mandamientos proceden del amor que Dios tiene para su pueblo: precisamente porque nos ama se nos comunica. Él mismo se presenta figurativamente como un Dios celoso que no está dispuesto a compartir nuestra adoración con nadie ni con nada: «No tendrás otros dioses aparte de mí» (Ex 20, 3). Pero, ¿por qué exige que le demos culto? ¿A Dios le falta gloria si nosotros no se la damos? ¿A Dios le resta majestad cuando doy mi corazón a una criatura y no a Él? Responder afirmativamente significaría que de alguna forma Dios depende de mí para que sea perfecto. La realidad es que Dios no necesita nada de mí. Si necesitara de mi amor, no sería Dios.

Si nos manda amarle es precisamente porque Él nos amó primero y por eso vuelve a recordar a su pueblo la maravilla que obró sacándoles de la esclavitud en Egipto. Más adelante repetirá una y otra vez por boca de los profetas que Él actúa con una intención muy clara: «Yo seré padre para él y él será hijo para mí» (2 Sam 7, 14). Desde el comienzo de la Creación el designio de Dios se vislumbra mediante la alianza: Dios forja con el hombre una relación que va mucho más allá que la de una criatura con su Creador o un siervo con su señor, nos hace partícipes de su misma familia. Dios no busca que le demos culto porque Él lo necesite, sino porque nosotros lo necesitamos. Nos manda reconocerle como Dios porque en eso nos va la vida. Nuestro corazón está hecho para pertenecer a la familia de Dios, para participar de la misma naturaleza divina y por eso no encuentra con qué saciarse fuera de Dios.

Cuando Dios nos dice que no adoremos a otros dioses, nos ayuda a entender que el corazón de la adoración no es un mero reconocimiento intelectual de que Dios puede más que yo y por lo tanto debo reverenciarle, no significa someterme sin más a otro. La esencia de la adoración es entrar en el misterio de saberse amado incondicionalmente por Dios, reconociendo además que este amor gratuito se hace llamada y se nos abre un camino de plenitud que nos transformará en verdaderos hijos de Dios en Cristo. El mandato que nos hace Dios de no tener a otros dioses fuera de Él encierra, pues, la promesa amorosa de un Dios enamorado de colmar con creces nuestro corazón si tan solo le dejamos ser Dios y entramos sin reserva en esa relación filial que nos ofrece. Pidamos a la Virgen Santísima, hija predilecta del Padre, que nos enseñe a entregarnos en una vida de adoración como hizo Ella.

© Revista HM Nº208 Mayo-Junio 2019

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