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Vida espiritual

Centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús

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Un regalo para España y el mundo entero

Por Clara Martínez Gomariz, LHM

España siempre ha sido tierra predilecta del Sagrado Corazón. Prueba de ello son sus innumerables manifestaciones a distintos personajes españoles, algunas anteriores, incluso, a las ya explicadas de Paray. De hecho, el jesuita José Eugenio de Uriarte enumera en su libro Principios del reinado del Corazón de Jesús de 1880, una relación de españoles que recibieron inspiraciones sobre esta devoción., y que demuestran la antigüedad de la tradición corazonista en nuestro país. Entre ellos, nombraremos a Sancha de Carrillo, Doña Ana Ponce de León; las venerables María Jesús de Ágreda o Josefa del Santísimo Sacramento; la beata María Ángela Astorch, y san Miguel de los Santos, por citar a algunos.

BEATO P. BERNARDO DE HOYOS, S.J.

También al P. Cardaveraz, compañero del beato P. Bernardo de Hoyos en Valladolid, el Sagrado Corazón le permitió el 11 de septiembre de 1729 entrar dentro de Él para descansar allí. Tres años antes, había leído el libro De Cultu Sacratissimi Cordis Dei Iesu, del P. de Galliffet, y quedó absolutamente fascinado con esta devoción, convirtiéndose en un apóstol infatigable del Corazón de Jesús.

Sin embargo, ha sido el testimonio del beato P. Hoyos el que más popularidad ha alcanzado entre nosotros debido, sin duda, a la relevancia de las manifestaciones que recibió. En enero de 1730, durante unos Ejercicios Espirituales, tuvo la primera visión del Corazón de Jesús. Tres años después, el P. Cardaveraz le pidió que le transcribiera unos párrafos del De Cultu para preparar un sermón, y el efecto que esta lectura produjo en su espíritu, le movió a consagrarse al Sagrado Corazón para difundir su devoción. El 14 de mayo de ese mismo año, mientras hacía oración, una visión del Corazón le pidió la celebración de una fiesta propia en España, y le hacía esta promesa: «Reinaré en España y con más veneración que en otras partes».

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Confirmado en la misión de propagar este culto como medio de santificación personal, Bernardo convenció a sus superiores para montar un grupo de trabajo que escribiera un devocionario corazonista explicando la «Gran Promesa», como ya se la conocía. El libro se tituló «El tesoro escondido» y se publicó a finales de 1734. En junio de 1735, organizó en el pucelano colegio de San Ambrosio, la primera novena pública que se hizo en España al Sagrado Corazón. De este modo, Valladolid se convirtió en la Paray-le-Monial española, y sus jesuitas se encargaron de difundir la devoción en nuestro país mediante folletos y estampas, llegando hasta los propios reyes de España, como veremos en un artículo posterior. Fruto de este trabajo, la devoción arraigó en todo el territorio nacional con la celebración de fiestas y novenas, y la fundación de congregaciones en torno a este culto.

Con la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles en 1767 ordenada por Carlos III, decae la devoción al Sagrado Corazón, y corre una suerte irregular durante los siglos posteriores, con la compleja alternancia de personajes que apoyaron la devoción, o la denostaron. Así, tuvo un florecimiento durante el reinado de Fernando VII, que consiguió de Pío VII el privilegio de celebrar la fiesta en España en 1815, y una crisis posterior con las medidas anticlericales promulgadas tras el pronunciamiento de Riego en 1820. Restaurada la monarquía en la figura de Fernando VII, la «Década ominosa» dejó el país al borde de la guerra civil. Durante el «Sexenio Revolucionario» (1868-1874), que impuso una política anticlerical, la devoción al Corazón de Jesús atravesó sus horas más bajas. El «Desastre del 98» puso de manifiesto la decadencia económica, política, cultural y moral en la que estaba sumido el país, que urgía a una regeneración profunda. Esto favoreció la devoción del Corazón de Jesús, pues los fieles volvieron los ojos a las raíces eucarísticas de la fe. La situación mejoró en los años siguientes con la llegada a España del Apostolado de la Oración, fundado en 1844 por el jesuita Gautrelet, hasta llegar a convertirse en «la devoción por excelencia» de nuestro país.

A partir de aquí podemos analizar los antecedentes que condujeron a la consagración que el rey Alfonso XIII realizaría en 1919. El Congreso Eucarístico internacional celebrado en Madrid en 1911 hizo un voto para que pronto se pudiera contar en suelo patrio con un «Montmartre español» en la montaña del Tibidabo, donde ya se habían iniciado las obras de un santuario, tras la célebre visita de Don Bosco a Barcelona en abril-mayo de 1886, invitado por la mecenas Dorotea de Chopitea. Esta providencial visita inspiró a la Junta de Caballeros católicos, propietarios de la cima del monte, a donar la titularidad de sus terrenos al salesiano italiano para que estableciera allí un templo expiatorio nacional, que finalmente se inauguró el 21 de octubre de 1961, con un emotivo acto mediante el cual el papa Juan XXIII pulsó en Roma el botón que, vía radio, prendió la iluminación de la nueva basílica menor en Barcelona. Después de la celebración de este Congreso, se hizo una ofrenda de España al Sagrado Corazón en la cripta de la Almudena, acto que sentó las bases para la consagración del Cerro de los Ángeles. De este modo, en 1914, a medida que se multiplicaban las entronizaciones del Sagrado Corazón en los hogares españoles, el periodista don Ramón García Rodrigo de Nocedal coordinó los esfuerzos previos de los Padres José María Rubio y Mateo Crawley, para promover una iniciativa de entronización nacional al Sagrado Corazón, que se dispuso realizar en el Cerro de los Ángeles, por su simbolismo como centro geográfico de la península. Miles de personas colaboraron en la colecta del proyecto, que corrió a cargo del arquitecto Carlos Maura y del escultor Aniceto Marinas. El 30 de junio de 1916 se colocó la primera piedra del colosal monumento, que medía 28 metros de altura por 13,5 de anchura y de 16 de fondo.

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Se fijó la fecha del 30 de mayo de 1919 para inaugurarlo. La familia Real, el Gobierno de Maura al completo y miles de ciudadanos acudieron a la Misa y a la exposición del Santísimo posterior, durante la cual Alfonso XIII, puesto en pie frente a la custodia, con voz firme, leyó la fórmula de la consagración.

En ella reconocía que el Sagrado Corazón era «el camino seguro que conduce a la posesión de la vida eterna», al tiempo que le pedía que reinara «en los corazones de los hombres, en el seno de los hogares, en la inteligencia de los sabios, en las aulas de la ciencia y de las letras, y en nuestras leyes e instituciones». También expresaba su resolución de consagrarle «nuestras vidas, pidiéndole como premio de ella el morir en la seguridad de su amor y en el regalado seno de su Corazón adorable».

Todos los diarios nacionales se hicieron eco de la noticia de la consagración, que fue acogida de manera desigual en la sociedad española, poniendo de manifiesto la transcendencia y significación del acto en el que todo un rey temporal reconocía la realeza divina del Rey de Reyes. Se había cumplido la promesa hecha por el Señor a Bernardo de Hoyos, y el «Reinaré en España» era ya una realidad, como se leía, esculpido, en el pedestal del monumento: «Reino en España».

Tras esta consagración, igual de desamparado que quedó el monumento en mitad de un despoblado altozano, perdió fuerza su devoción. Pero Dios se encargó de revitalizar su vigor y, el mismo año de la consagración, entraría en el Carmelo de El Escorial la joven María Maravillas Pidal y Chico de Guzmán, la futura Madre santa Maravillas de Jesús. Cuatro años después, sintió cómo el Señor le pedía con llamadas insistentes, «a gritos», fundar un carmelo en el mismo Cerro de los Ángeles, «con el fin de acompañar al Corazón divino en su soledad y de pedir e inmolarse por la salvación de las almas, especialmente por la salvación de nuestra España querida». Sería una comunidad de vida contemplativa que, a modo de lámpara viva, «se mantuviese siempre encendida con la luz de penitencia y oración», para «vivir dentro de su Divino Corazón, y, escondidas y muy encerradas allí, consolarle, salvarle almas, inmolarse por su gloria consumidas en su amor». En 1924 obtuvo el permiso para realizar esta nueva fundación. Durante la Guerra Civil, el monumento fue dinamitado por el bando republicano, y no pudo ser reedificado hasta el término de la contienda, con el aspecto actual con el que lo conocemos hoy.

 

© Revista HM Nº208 Mayo-Junio 2019

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