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Vida espiritual

“¡Mis hijos, los más tontos!”

SEGUNDOLLORENTE

Por Hna. Beatriz Liaño, S.H.M.

El P. Segundo Llorente fue un jesuita español. Si hubiera que buscar una palabra que le definiera, esa palabra sería «genial», un misionero genial. Nació en un pueblo de León, Mansilla Mayor, el 18 de noviembre de 1906. Y murió el 26 de enero de 1989, en Spokane (Estado de Washington, EEUU). Entre medias, pasó más de cuarenta años en Alaska, llevando el Evangelio a los esquimales. Desde allí, en las largas noches del invierno polar, escribió miles de cartas y cientos de artículos rezumantes de espiritualidad, de amor y de entrega a Jesucristo, salpicados además por un gran sentido del humor. Muchos de esos artículos se han recogido en emocionantes libros que, si no han tenido oportunidad de leer todavía, les recomiendo vivamente.

Tenía 23 años cuando salió de España. Su llamada a las misiones supuso un adiós a su familia para siempre. Lo confirma su hermano, el P. Amando, también jesuita: «Mi hermano no vio nunca más a mis padres, ni mis padres lo conocieron como sacerdote, ni pudieron oír nunca misa suya…».

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Y no es que el P. Segundo Llorente no quisiera a su familia. Les amaba con todo su corazón y le costó sangre del corazón arrancarse de su lado. Pero amaba más a Jesucristo y a las almas.

El 20 de mayo de 1931, desde Estados Unidos, escribió a sus padres una carta que merece la pena reproducir. Sus padres estaban preocupados por la dureza de la misión que esperaba a su hijo en Alaska. Su madre volvía a su razonamiento de siempre: «¡Cuando yo digo que mis hijos son los más tontos!» . El P. Llorente res-ponde a todas sus objeciones, con mucho cariño, pero también con energía y con argumentos tremendamente convincentes. Les habla desde la fe y desde el amor a las almas que le ha contagiado la contemplación de Cristo crucificado.

No siempre es fácil para un padre y una madre aceptar la vocación de un hijo o de una hija, más aún cuando esa llamada va a llevarle a cientos de kilómetros de distancia. Solo una mirada de fe puede llenar el corazón de consuelo e incluso de alegría: primero, porque el Señor se haya dignado llamar para estar tan cerca suyo a un miembro de su familia, para asociarlo a su misión y a su sed de almas; segundo, por tener un hijo tan generoso, tan valiente, tan dispuesto a seguir la voz de Dios, cueste lo que cueste.

El P. Llorente compuso una sencilla oración. Tal cual le salió del corazón, la recitaba con frecuencia en sus aventuras alaskeñas. Era esta:

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«Señor, úsame como quieras y cuanto quieras
sin hacer caso de mis quejas necias.
Por ríos y tundras,
por hielos y arbustos,
llévame de noche y de día.
No fallaré aunque me coman vivo.
Todo para Ti».

«¡Señor, qué descanso será el del cielo siempre contigo,
sin empujones, sin oleajes, sin mareos,
sin más cuidado que alabarte eternamente
en compañía de los ángeles y de los santos.
¡Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo!».

Cambiando los pronombres, puede ser usada por los padres de un hijo consagrado a Dios: «Señor, úsale como quieras y cuanto quieras, sin hacer caso de nuestras quejas necias… Todo para Ti».

Les dejo con la carta del P. Llorente a sus padres.

GONZAGA UNIVERSITY
Spokane, Washington
20 mayo 1931

Queridos padres:

La carta que de mi padre hace unos días recibí me entristeció un poco. Por ella veo que están alarmados, o poco menos, respecto de mi sospechado destino a la Misión de Alaska, y fundados en lo que de esas regiones han leído en las geografías y en mis artículos, temen con fundamento que mi ida a aquellas partes sea un duro atentado contra mi salud robusta y privilegiada. Vamos por partes.

En primer lugar les hago saber que mi intención al venir a los Estados Unidos fue estar aquí tres o cuatro años y después, bien pensadas todas las cosas, decidir de mi suerte para el porvenir. Aquí coincidió que conocí a varios exmisioneros de Alaska, les traté, ellos me proporcionaron un sinnúmero de datos sobre la Misión y, con ellos en la mano, escribí yo lo que ustedes leyeron. Y eso es todo. Sin embargo, tengo que hacerles saber que estoy dispuesto a ir con mucho amor a esa Misión si el Señor quisiera llamarme para ella. Las razones que para ello me mueven no pueden ser más sencillas: 50.000 indios que no tienen más misioneros que los PP. Jesuitas que se ofrezcan para ir a convertirlos. Ahora bien, en España el que no es bueno es porque no le da la gana, que llenas están las ciudades de sacerdotes, iglesias y conventos. Cada pueblo tiene un cura con el que pueden arreglar holgadamente los negocios de su alma todos los feligreses que aún conservan la fe. Son muchos los frailes que se dedican a dar misiones por los pueblos, y finalmente en todas partes abundan las ocasiones de ponerse en paz con Dios. En cambio, en Alaska, lo mismo que en África, la India y otras partes, no hay más sacerdotes que los religiosos europeos, que de su voluntad van a predicarles lo que tienen obligación de saber para salvarse.

Ustedes me dirán que eso está bien, pero que sienten que un hijo suyo vaya a perder la salud sin necesidad yendo a una Misión tan peligrosa. Esa salida es tan sin fundamento que solo el amor ciego que los padres tienen a los hijos puede en alguna manera justificarla. Ustedes sabrán lo que dicen en relación con los sembrados y negocios, pero de todo aquello que directa o indirectamente se relaciona con la imitación de Jesucristo y la salvación de las almas... de eso tengo yo la obligación de saber más que ustedes. Yo ya soy mayor de edad, y si creen que me dejo ilusionar se engañan ustedes. He pasado ocho años en la Compañía siguiendo los cursos que en ella se estudian, leyendo y meditando las verdades eternas, conversando siempre con gente selecta, culta e inteligente, de modo que no es fácil a estas alturas dejarme ilusionar así sin más ni más. Digo esto porque me estoy figurando a madre decir: «Siempre ha de ser el nuestro: en el Seminario a él le atraparon, ahora a él le envían a que los indios le coman vivo. ¡Cuando yo digo que mis hijos son los más tontos!» . Esto no es verdad. Si algún tiempo fui tonto, ahora ya no lo soy, o por lo menos no me tengo por tal. Yo vine aquí para ampliar y perfeccionar mis conocimientos en todos los ramos del humano saber, y creo que esto no lo hacen los tontos.

Si ahora les digo que estoy dispuesto a ir a la Misión de Alaska, no es porque alguno me haya ilusionado, es sencillamente porque Jesucristo nos manda en el Evangelio ir y bautizar a todas las gentes que se hallan esparcidas por el orbe: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mt. 16, 15). Y claro está que no van a ir a esta empresa los casados que tienen que cuidar de sus hijos y mujeres, sino los religiosos, que no tienen otro oficio que imitar a Jesucristo y predicar y bautizar a los que no lo están por falta de quien vaya a predicarles y bautizarles. Hay que ir a donde Cristo quiere que vayan los que han de ir a bautizar y hacer nuevos cristianos. Y si para ello es preciso perder la salud, bien perdida está, que más tarde o más temprano todos tenemos que dar con nuestra salud en el cementerio. Si Jesucristo hubiese tenido cuenta con su salud y no se hubiese dejado crucificar, mal nos hubiese ido a nosotros, que nos iríamos de cabeza a los infiernos, por no haber tenido quien nos redimiese. Si el Misionero no va a perder la salud entre los infieles, estos no se harán cristianos y no irán al cielo. Y Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la verdad (cfr. I Tim. 2, 4).

Con esto creo haber satisfecho a sus temores de que tome una decisión tan seria sin la suficiente consideración. Por lo demás, yo sé que ustedes, que me enseñaron a amar a Jesucristo, se alegrarán de que Él llame a un hijo suyo para esta empresa y se avergonzarían de que se acobardase ante las dificultades.

Su hijo, que no les olvida,

Segundo

 

© Revista HM Nº209 Julio -Agosto 2019

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