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Vida espiritual

El regreso del hijo prodigo

por Hno. Dominic Feehan, S.H.M.

El cuadro del Hijo Pródigo fue pintado por Rembrandt en los últimos años de su vida. Los últimos años de su vida fueron difíciles, con muchos tormentos. En el inacabado cuadro sobre Simeón y el Niño Jesús, el Hijo Pródigo muestra dos cosas que están muy relacionadas con esta etapa de la vida del pintor, y son: su ceguera física y una profunda visión interior. En los dos cuadros se ve como una luz interior que muestra una tierna belleza. Esta luz interior estuvo escondida durante mucho tiempo a los ojos del artista. A lo largo de los años y después de mucho sufrimiento Rembrandt descubrió esa luz en su interior.

El joven Rembrandt fue muy orgulloso durante muchos años de su vida. Viajaba a países lejanos y gastaba su fortuna en placeres. Entonces Rembrandt tenía muchas características con el hijo pródigo en esta época: arrogancia, rebelión y sensualidad. El corto período de éxito, fama y riqueza que experimentó fue seguido por un período de sufrimiento, desgracia y desastre.

EL HIJO MENOR SE MARCHA

El título del cuadro es: “El Regreso del Hijo Pródigo”. En el regreso queda implícita la marcha; regresar entonces significa el volver a casa después de haberse ido. La marcha del hijo es un acto ofensivo. Implica un rechazo del hogar y una ruptura con la tradición. San Lucas lo describe: “se marchó a un país lejano”. El término, ‘país lejano’ se refiere a un mundo muy distinto de lo que vivía antes, significa un mundo donde se ignora todo lo que en casa se considera sagrado.

El autor se siente identificado con el hijo menor en su vida personal. Este descubrimiento vino tarde, cuando se dio cuenta que caminaba en una rebelión desafiante. Prefirió la tierra lejana a su hogar.

Dejar el hogar es negar la realidad que pertenece a Dios y significa ignorar la verdad que Dios ha hecho en mi vida. Dejar el hogar significa estar sin un lugar de seguridad, amor, y acogida. El hogar es el lugar donde se oye la voz del padre siempre con palabras de ternura y afección. Esa misma voz fue la que dio vida al primer Adán y habló a Jesús, el segundo Adán. Esa voz sigue llamando a todos los hombres, es la voz de nuestro Padre celestial. Los hijos que escuchan esa voz encuentran una fuente de paz y de amor. El Amado, es decir, Jesucristo puede enfrentarse a cualquier cosa, aun a situaciones terribles como por ejemplo sufrir persecución, tortura, asesinato, etc. El Amado nunca pone en duda que el amor que se le da es más fuerte que la muerte.

En la contemplación de la figura del hijo mayor podemos imaginar lo que está pasando por su mente; sin duda es la vuelta del hijo menor. El foco central del cuadro es el regreso pero la escena no ocupa el centro del cuadro sino que está situada un poco a la izquierda. Al lado derecho se ve al hijo mayor de pie, alto y arrogante. Hay un espacio entre el Padre y el hijo mayor que indica las dificultades que surgen. El padre que está en una postura de inclinación sobre el hijo recién llegado. Los gestos del Padre, el calor y luz que se capta en su cara comunican ternura y amor. Por otro lado el hijo mayor está en la sombra con una expresión fría, aquí se captan las distintas actitudes de los personajes.

Dada la vida terrible que llevaba el hijo menor, es sorprendente la actitud de amargura que el hijo mayor reserva por su hermano. Todos los pecados del hijo menor se dan de una forma visible: malgastó su dinero, su tiempo y fue por un camino de lujuria y codicia. Su propia familia y gente que le conocían, sabían el tipo de vida que llevaba. El hijo mayor es un poco más difícil de entender. Él vivía en casa, fue obediente, servicial y admirado por la gente. Pero cuando ve la alegría de su Padre por la vuelta de su hermano, su actitud cambia radicalmente. Ahora se muestra un hermano mayor arrogante, egoísta, orgulloso y severo. El pecado que afecta al hijo mayor se da de forma invisible, pecados de corazón que son igual de peligrosos.

En el cuadro de Rembrandt se muestra la ternura y misericordia del Padre.
El pintor capta este momento muy bien con la expresión de la cara del Padre, su postura, los colores de su ropa y el gesto tranquilo de sus manos sobre los hombros del hijo menor. Aquí se unen varias historias: la de Rembrandt, la de la humanidad y la de Dios. En el abrazo se reconcilia lo divino y lo humano. La única autoridad que se comunica es la autoridad del perdón.

El corazón del Padre que antes estaba tan dolido por el mal camino que llevaba su hijo, ahora no tiene en cuenta esos sufrimientos. El amor del Padre ha vencido muchos años de dolor, su corazón quedaba abierto en la esperanza de que volviera su hijo. Este es el poder del amor divino que ama incondicionalmente y vence toda pequeñez del amor humano. El enfoque central del cuadro de Rembrandt son las manos del Padre, donde se concentra toda la luz; en ellas se unen perdón y descanso tanto por el hijo como por el Padre.

La invitación a comer es a entrar en un contacto personal e intimidad con Dios. Igual que en la parábola de hijo pródigo, Jesús expresa que el Padre desea que aceptemos esta invitación. La celebración es parte del reino de Dios. Dios no sólo ofrece perdón, reconciliación y cura, sino que quiere hacer todos estos regalos como muestra de su alegría hacia todos los que están presentes. Esa alegría se entiende con la frase de Jesús cuando dice: “os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15,7).

©Revista HM º128 Enero/Febrero 2006

Hermana Clare

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¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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