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Vida espiritual

Nueva Evangelización I - Materialismo

PENSADOR

P. Manuel M. Carreira, S.J. 

Es indudable que en el mundo tradicionalmente cristiano -el Occidente de Europa y América- se da un ambiente cada vez más palpable de materialismo, hedonismo y relativismo: un abandono en los niveles públicos político-sociales de los puntos de vista basados en siglos de cultura cristiana, con consecuencias éticas e incluso jurídicas de gran impacto. Y a nivel individual eso lleva a frecuentes actitudes de cierto agnosticismo práctico, aun de quienes se identificarán en una encuesta como creyentes, pero que no consideran su Fe como algo que incluye algún tipo de actividad religiosa en la vida real.

 

 

Esta situación de no dar valor a lo que en abstracto se acepta es lo que se toma como punto de partida para proclamar que es necesaria una nueva evangelización, no en el sentido de conversión a partir de otra base religiosa -por ejemplo el Islam, o un Protestantismo más o menos afín a la Fe Católica- sino en el sentido más personal de hacer viviente esa Fe que no se ha abandonado explícitamente. Simplemente ha dejado de ser el ambiente activo que influye en la vida diaria de cada creyente, algo necesario y previo a que la sociedad refleje su cultura cristiana, aceptada pasivamente como una herencia más o menos venerable.

¿Cuáles son los influjos ambientales que hay que confrontar? Aun aceptando indudables diferencias entre diversos países y entre estratos sociales en cada uno, tal vez sea posible indicar varias corrientes de pensamiento que pueden verse como de alcance muy amplio y que conducen a la actitud de desinterés teórico y práctico en lo que podemos caracterizar como el nivel trascendente de la vida humana. Sin duda que hay influjos mutuos de tales modos de pensar, de modo que rara vez será uno solo el que debe contemplarse como causa, pero por deseo de claridad pueden presentarse bajo varios títulos que subrayan más un aspecto u otro.

MATERIALISMO

El impacto de los avances científicos, que constantemente afectan aun a nuestra vida diaria con sus aplicaciones tecnológicas, da la impresión de un valor exclusivo de lo que es el estudio y el control de la materia, con un “cientificismo” que se hace parte del ambiente y que no se cuestiona, al menos en la práctica. Para muchos, lo que no es ciencia es -por lo menos- discutible y de dudoso valor. Imperceptiblemente se da por supuesto que solamente existe la materia, con sus leyes y propiedades que la ciencia descubre y que nos permiten dominar nuestro entorno y aprovecharnos de sus utilizaciones para una vida más sana, más cómoda y más interesante.

Las consecuencias de este materialismo, que se convirtió en dogma y en ideología política en el Comunismo de diversos países, fueron y siguen siendo básicamente el reducir al Hombre al nivel animal, como objeto útil a la sociedad, pero sin verdadera dignidad como razón suficiente de derechos y deberes. Se toma de la Biología el punto de vista evolutivo en toda su amplitud, con lo cual se niega distinción esencial entre la actividad humana y el proceder instintivo de otros vivientes. Lo que nos define como Personas -la capacidad de pensamiento abstracto y de actividad libre- se atribuye a circuitos nerviosos algo más complejos que los de un ordenador, donde la indeterminación cuántica nos da la ilusión de ser libres. Científicos de prestigio se pronuncian en ese sentido sin que parezca extraña su opinión, a pesar de que su proceder -lo que exigen en su conducta real- es totalmente opuesto a lo que afirman en sus libros.

KARL MARX

Una vez destronado el Hombre de su nivel esencialmente superior a los demás seres vivientes con sus instintos genéticamente programados, las consecuencias son inevitables y desastrosas. Como mera estructura biológica, estará sometido al aborto, la fecundación “in vitro”, la destrucción de embriones “superfluos”. Se admiten sin vacilación alguna tales actividades como “derechos” de padres o investigadores que superan en su desprecio de la vida humana a los peores excesos del nazismo, con una verdadera hecatombe de seres humanos privados de su básico derecho a la vida. Incluso a nivel internacional se condicionan ayudas a países necesitados con la imposición de programas de restricción de la natalidad, con la “píldora”, la esterilización, o el aborto.    

La inversión de valores lleva incluso a proclamar los “derechos” de animales y bosques como más importantes que la vida humana. Y en nombre de una ecología, finalmente  casi panteística, se llega a considerar nuestra existencia en la Tierra como una lacra indeseable. ¡Qué contraste con el Génesis! En sus primeros capítulos se describe cuanto existe como ordenado al Hombre, que debe cuidar su entorno como un administrador de los bienes que Dios ha creado para nuestro bien común, pero que no tienen sentido independientemente del Hombre: Dios no hubiese creado el Universo porque le entretenga ver estrellas quemándose durante millones de años ni ver animales correteando sobre un planeta.

Si el Hombre está reducido a ser simplemente un primate un poco más evolucionado, el Estado -sea cual sea su estructura política- podrá restringir sus libertades en nombre de un “bien común” decidido por ley tiránica o por una votación mayoritaria. Se aplica esto a la familia (“bodas” homosexuales con derecho a adoptar hijos), a la educación (convertida en un lavado de cerebro según la ideología dominante), a la libre asociación, a cuidados médicos, a toda clase de actividades desde el nacer hasta el morir. En lugar de considerar que la sociedad es para el individuo, se invierte el orden y se hace al ciudadano sólo una pieza útil en una máquina sin alma, como ya hemos visto en regímenes comunistas, aunque en países democráticos sea el criterio de utilidad el que regula los límites de derechos y deberes. Aunque la Declaración de Derechos Humanos de la ONU (1948) afirme tales derechos como inalienables y propios de toda persona en todos los momentos de su vida, su aplicación real en muchos países signatarios muestra que su aceptación es pura hipocresía.

(continuación: Relativismo y culto de lo aberrante)

©Revista HM º164 Enero/Febrero 2012

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