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Vida espiritual

Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que debíamos hacer

Por Hna. M. Luisa Belmonte, S.H.M.
mula

Muchas veces esperamos -y, en ocasiones, incluso exigimos- la gratitud y el reconocimiento por nuestras obras buenas, cuando, en realidad, no hemos hecho nada de extraordinario, sino, simplemente, cumplir con nuestro deber.

En el Evangelio de San Lucas leemos esta enseñanza del Señor:

«En aquel tiempo, dijo el Señor: ¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: “Pasa al momento y ponte a la mesa?” ¿No le dirá más bien: “Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?” ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer». (Lc. 17, 7-10)

Recuerdo una anécdota de mi niñez que me hizo aprender esto. El último día de clase antes de las vacaciones de Navidad, mi hermana y yo habíamos recibido las notas del primer trimestre. Mi madre vino a recogernos al colegio, como de costumbre. Al verla, mi hermana se adelantó corriendo para enseñar a mi madre sus notas. Estaba eufórica porque, por primera vez, había sacado un notable en Lengua. Mi madre se alegró mucho, la felicitó, la abrazó, y le dijo: “Esto se merece un premio”. Luego me acerqué yo con mis notas, saboreando ya también mi premio. Como me gustaban las Matemáticas, hice pronto el cálculo. Si por un notable se consigue un premio... ¿qué me dará a mí por seis sobresalientes? Sin embargo, cuando mi madre vio las calificaciones, se contentó con decirme: “Muy bien, hija, están muy bien”. ¿Eso era todo? Callé de momento, pero en mi interior iba dándome razones a mí misma de la injusticia de mi madre.

Por el camino a casa, paramos en una librería. Mi madre regaló un libro a mi hermana como premio por sus notas, para motivarla a seguir esforzándose y que, de esta manera, adquiriera también el hábito y el gusto por la lectura. La verdad es que mi hermana, seguramente, hubiera preferido otro tipo de premio, pero era esto lo que correspondía a su mérito. Yo no pude callar más y empecé a defender “mis derechos”. “Mamá, yo siempre traigo buenas notas y nunca me has dado un premio. A mi hermana, por un solo notable, le compras un libro”. La respuesta de mi madre fue tan justa como desconcertante para mí: “Hija, no has hecho más que tu deber. Yo me alegro y te agradezco que te esfuerces, pero eso no merece ningún premio. Tu hermana, sin embargo, ha tenido que hacer algo más que el simple deber, se ha tenido que esforzar más de lo normal para conseguir un notable, y como quiero que se siga esforzando, le regalo un libro. ¿Entiendes?” La verdad es que en ese momento no lo entendía, lo entendí más tarde.

Fácilmente, tendemos a tener esta actitud con Dios. Nos pensamos que, con nuestras buenas obras, estamos haciendo un favor al Señor y que nos lo tiene que agradecer y premiar. ¡Qué distinta es la lógica de Dios!

El Santo Padre Benedicto XVI, hablando de este pasaje evangélico en una homilía, dijo que se trata de “una enseñanza de humildad estrechamente ligada a la fe”. Lo explicó de esta manera: “El siervo debía al patrón una disponibilidad completa, y el patrón no se sentía obligado hacia él por haber cumplido las órdenes recibidas. Jesús nos hace tomar conciencia de que, frente a Dios, nos encontramos en una situación semejante: somos siervos de Dios; no somos acreedores frente a él, sino que somos siempre deudores, porque a él le debemos todo, porque todo es un don suyo. Aceptar y hacer su voluntad es la actitud que debemos tener cada día, en cada momento de nuestra vida. Ante Dios no debemos presentarnos nunca como quien cree haber prestado un servicio y por ello merece una gran recompensa. Esta es una falsa concepción que puede nacer en todos, incluso en las personas que trabajan mucho al servicio del Señor, en la Iglesia. En cambio, debemos ser conscientes de que, en realidad, no hacemos nunca bastante por Dios. Debemos decir, como nos sugiere Jesús: «Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer». Esta es una actitud de humildad que nos pone verdaderamente en nuestro sitio y permite al Señor ser muy generoso con nosotros”. (Benedicto XVI, homilía del 3 de octubre de 2010)

El Señor nos pide acoger esta lección de humildad y de fe. No queramos hacer valer nuestros “méritos”, no busquemos recompensas. Seamos generosos con Dios, porque Él sí que merece que le amemos y sirvamos sin reservas. El Señor, sin duda, premiará nuestros esfuerzos, pero no es un premio de justicia sino de misericordia.

©Revista HM º170 Enero-Febrero 2013

Hermana Clare

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¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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