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Vida espiritual

Yo Creo

Todos los cristianos debemos dedicar tiempo a la contemplación de los misterios de nuestra salvación que están manifestados en el Credo. rezando
Así, con la mirada siempre elevada a Dios, nuestra oración no será egoísta, siempre mirando a nosotros mismos. 

En este Año de la Fe, toda la Iglesia se unirá en el rezo del Credo que, desde las mismas raíces de la Iglesia católica, ha sido la oración cotidiana de todos los cristianos, “para que el Año de la Fe pueda llevar a todos los creyentes a aprender de memoria el Credo, a recitarlo todos los días como oración, de manera que la respiración se acompase con la fe”.

Puede parecer que el rezo del Credo es solo una declaración de lo que creemos, como si fuera un acto puramente exterior, (yo anuncio a los demás lo que creo). Pero en realidad es en sí una oración, un acto interior, que fortalece la fe del mismo creyente, tanto a nivel personal como comunitario. El Papa Benedicto XVI en su Carta Apostólica Porta Fidei afirma que “la fe sólo crece y se fortalece creyendo”. 

Sabemos que la fe es tanto una gracia que se recibe de Dios como un acto humano, que nace del interior del hombre. Estas dos realidades, aparentemente irreconciliables, de hecho se complementan mutuamente.  Por ejemplo, cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús declara que esta revelación no le ha venido “de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos”. Se ve claramente en estas palabras del Señor que la fe es puro don de Dios, una virtud sobrenatural infundida en el alma por el mismo Dios. Solo con la razón humana, es imposible realmente hacer el paso de “quiero creer” a “creo”. Es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad (DV 5).

Pero no olvidemos que la fe es también un acto auténticamente humano. Es un acto del entendimiento humano y un acto de la voluntad humana. Hay que decidir creer. Ante cualquier idea que se nos presenta, podemos, con nuestras facultades mentales, decidir recibirlo y asumirlo como verdad, o rechazarlo como mentira. Y a la vez asumimos las consecuencias que trae nuestra decisión de aceptarlo o rechazarlo.

Pues en la fe, la inteligencia y la voluntad humanas cooperan con la gracia divina (CIC 155). Los cristianos solemos hacer actos interiores de fe, que pueden ser tan sencillos como una pequeña jaculatoria, “Jesús confío en ti” o “Señor, yo creo que estás aquí en la Eucaristía”. Estos actos que hacemos con nuestras capacidades humanas y desde nuestra libertad humana tienen un valor infinito porque cuando rezamos así, es el mismo Espíritu Santo que ora dentro nosotros “con gemidos inefables”. Estos actos de fe son un diálogo precioso entre el corazón humano y el de Dios, en que el hombre se decide firmemente por el Señor y pide un aumento de fe para ser más de su agrado, y el Señor se complace en oír la humilde petición de su hijo. Donde el acto humano no alcanza a más que “quiero creer”, la gracia divina sale a su encuentro hasta que podamos decir con sinceridad “creo”. Así nos disponemos a recibir la gracia de Dios, y Él se encarga de aumentar nuestra fe. 

La fe es nuestra respuesta a Dios; es rendir nuestro intelecto a esta verdad que se nos ha revelado en Jesús. Hacer un acto de fe es como decir a Dios: “En mi pobreza, no lo entiendo todo y no lo capto todo. Pero sé que lo que Tú me dices es la verdad, porque me lo has dicho Tú. Y que puedo fundamentar toda mi vida, hasta mi propia existencia, sobre esta verdad sin equivocarme”. Y sabemos por experiencia propia que no es siempre tan fácil, especialmente cuando esta verdad no corresponde a nuestro modo de ver las cosas. Precisamente por eso, la fe es el homenaje más alto que el hombre puede dar a Dios.

Entonces cada vez que recitamos el Credo, estamos haciendo un acto de fe, una oración que fortalece nuestra propia fe y nos une más estrechamente a la verdad que confesamos. Con cada “creo” del Credo, en el interior de nuestro corazón decimos con el centurión, “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”. Y quien dice que cree tiene que decir también: “Yo me adhiero a esta verdad, y me comprometo, con la gracia de Dios, a vivir según esta verdad y a cumplir lo que me exige”.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que recitar con fe el Credo es entrar en comunión con Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo, y es entrar también en comunión con toda la Iglesia que nos transmite la fe y en el seno de la cual creemos: “Este símbolo es el sello espiritual, es la meditación de nuestro corazón y el guardián siempre presente. Es, con toda certeza, el tesoro de nuestra alma” (S. Ambrosio). Meditar el Credo es contemplar a la Santísima Trinidad en su acción salvadora en favor de los hombres. Todos los cristianos debemos dedicar tiempo a la contemplación de los misterios de nuestra salvación que están manifestados en el Credo. Así, con la mirada siempre elevada a Dios, nuestra oración no será egoísta, siempre mirando a nosotros mismos. Nos asombramos de la grandeza de Dios y de su amor a los hombres, y Él cambiará nuestra visión humana y nos dará una visión nueva, la de la verdadera fe.

En la iglesia primitiva, la profesión de la fe era para los cristianos algo que les marcaba profundamente. El Papa Benedicto XVI, en la Carta Apostólica Porta Fidei dice: «No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. Cada frase enumera un misterio de una profundidad infinita, una realidad que empapa todos los ámbitos de la vida, porque cuando una verdad se hace parte de la misma persona, afecta su modo de pensar, de percibir el mundo, de reaccionar, y de relacionarse con los demás.

Recemos el credo todos los días en unión con toda la Santa Iglesia con la intención de que todos los cristianos tomemos conciencia de nuestra fe y que se haga vida en nosotros.

Por Hna. Annemarie Naiman, S.H.M.

©Revista HM º171 Marzo-Abril 2013

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Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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