Menu

Vida espiritual

El apostolado de los laicos

L vaticanoEl año de la Fe y el Concilio Vaticano II

"Los laicos deben dirigir hacia Dios todas las realidades creadas, consagrar el mundo desde dentro."

Por P. Félix López, S.H.M.

La vocación al apostolado es propia de toda la Iglesia. Ella ha recibido del Señor el mandato de ir a predicar, a anunciar el Evangelio a todas las gentes. Por tanto, todos los miembros de la Iglesia (clérigos, consagrados y laicos) participan de la misión de ésta, y por ello están llamados al apostolado. Es algo claro que no todos ejercen el apostolado de la misma manera, sino cada uno según su propia identidad y vocación en la Iglesia. Así como en el cuerpo humano todos los miembros, cada cual según su ser, colaboran buscando el crecimiento de todo el cuerpo, así en la Iglesia todos buscan la extensión del Reino de Cristo, hacer a los hombres partícipes de la Redención y ordenar todo el mundo hacia Dios. El Decreto conciliar Apostolicam actuositatem presenta de manera muy clara el lugar que el apostolado seglar ocupa en la vida de la Iglesia. Vamos a intentar entresacar algunas ideas centrales de este decreto.

     Podemos comenzar preguntándonos: ¿de dónde les viene a los seglares el derecho al apostolado? ¿es una concesión de los pastores? En ciertas épocas de la historia reciente se entendió el apostolado de los laicos como una prolongación del de los pastores, pero esa es una manera pobre de ver la realidad. El derecho y el deber de los laicos al apostolado derivan de su misma unión con Cristo Cabeza. Esta unión proviene del bautismo y de la confirmación. Así se lee en Apostolicam actuositatem, 3:

L luisyraquel“Incorporados por el bautismo al Cuerpo Místico de Cristo y fortalecidos por la confirmación con la fuerza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor”. Por tanto, es Cristo mismo quien ha consagrado a los laicos por el bautismo y los ha enviado a prolongar en la historia su misma misión. No necesitan ningún otro título ni concesión. Y no sólo tienen el derecho de hacer apostolado, sino que tienen el deber irrenunciable de anunciar al que murió y resucitó por nosotros:      
           
               “Se impone a todos los cristianos la obligación gloriosa de colaborar para que todos los hombres conozcan y acepten el mensaje divino de la salvación en todo el mundo” (Ib.).
     Dejando ya como principio establecido ese derecho al apostolado que brota del bautismo y la confirmación, es necesario aclarar ahora que el gran peligro para los laicos es querer realizar el apostolado que corresponde a los sacerdotes o a las religiosas. En el cuerpo humano cada miembro trabaja en favor del bien común cumpliendo su función específica. Aunque existe una misión común de anunciar el Evangelio, no todos los bautizados la realizan del mismo modo. Los laicos deben dirigir hacia Dios todas las realidades creadas, consagrar el mundo desde dentro: “libres de la esclavitud de las riquezas, (los laicos) mientras aspiran a los bienes eternos, se entregan entera y generosamente a extender el Reino de Dios y animar y perfeccionar el orden de las cosas temporales con espíritu cristiano” (AA, 4).

   Pero no podemos olvidar las palabras del Señor: “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Cualquier bautizado, sea sacerdote, religioso o laico debe comprender que sólo unido íntimamente a Jesucristo, como los sarmientos a la vid, puede producir fruto: “Porque Cristo es la fuente y origen de todo el apostolado de la Iglesia, es evidente que la fecundidad del apostolado de los laicos depende de su unión vital con Cristo” (AA, 4).   Los medios técnicos y los recursos económicos, aunque pueden ser útiles para el apostolado, son completamente insuficientes si los que anuncian a Cristo no viven unidos a Él.

L zoe   Alguien dijo: “Suena tan fuerte en mis oídos la manera en que vives, que no puedo oír lo que me dices“. No puede haber anuncio de Cristo sin testimonio de vida, sin coherencia con la fe que se profesa. Pero afirma el decreto que “el apostolado no consiste sólo en el testimonio de la vida: el verdadero apóstol busca las ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes para llevarlos a la fe; ya a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa: “la caridad de Cristo nos urge” (2 Cor., 5,14), y en el corazón de todos deben resonar aquellas palabras del Apóstol: “¡Ay de mí si no evangelizare”! (1 Cor., 9,16)” (AA, 6).

    Otra exigencia del anuncio de la fe es la vivencia de la caridad. Es además un testimonio y un mensaje que el hombre actual comprende con facilidad: “La acción caritativa puede y debe llegar hoy a todos los hombres y a todas las necesidades. Donde haya hombres que carecen de comida y bebida, de vestidos, de hogar, de medicinas, de trabajo, de instrucción, de los medios necesarios para llevar una vida verdaderamente humana, que se ven afligidos por las calamidades o por la falta de salud, que sufren en el destierro o en la cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos la caridad cristiana”   
                   (AA, 8). 
    Al igual que existe un apostolado activo, podemos hablar de un apostolado “pasivo”, es decir, vivido en la paciencia, en el sufrimiento, puesto que los laicos, “con la libre aceptación de los trabajos y calamidades de la vida, por la que se asemejan a Cristo paciente (Cf. 2 Cor., 4,10; Col., 1,24), pueden llegar a todos los hombres y ayudar a la salvación de todo el mundo” (AA, 16).
    Dada la riqueza del documento y la brevedad de estas líneas, muchas cosas más se han quedado sin señalar. Recomendamos, por tanto, la lectura personal del decreto Apostolicam actuositatem para asumir y vivir esa exigencia de nuestra fe que es el apostolado, que “brota con abundancia de una vida verdaderamente cristiana” (AA, 16).
    Se ha llamado al laicado el “gigante dormido”. Pedimos al Señor que ese gigante despierte para poner al servicio de la Iglesia toda su capacidad de evangelización, para gloria de Dios y salvación de los hombres.

©Revista HM º175 Noviembre-Diciembre 2013

Hermana Clare

Hermana Clare

¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

Buscar

Redes sociales

Elegir idioma

Las cookies facilitan la prestación de nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, usted acepta que utilizamos cookies.
De acuerdo