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Vida espiritual

Maria siempre Virgen

El Concilio de Letrán... se efectuó la solemne definición dogmática de la VIRGINIDAD PERPETUA DE LA MADRE DE DIOS.

virgen

Todos los días del año los católicos, al comienzo de la Misa, confesamos la perpetua virginidad de la Santísima Virgen María: «confiteor Deo omnipotenti, beatæ Mariæ semper Virgini»…

Por Hna. Elena Braghin, S.H.M.

Introducción

En el Concilio de Letrán celebrado en el año 649 se efectuó la solemne definición dogmática de la VIRGINIDAD PERPETUA DE LA MADRE DE DIOS. Los Padres del Concilio, inspirados por el Espíritu Santo, compusieron el canon tercero que declaraba este dogma: “Si alguno, de acuerdo con los Santos Padres, no confiesa que María Inmaculada es real y verdaderamente Madre de Dios y siempre Virgen, en cuanto concibió al que es Dios único y verdadero -el Verbo engendrado por Dios Padre desde toda la eternidad- en estos últimos tiempos, sin semilla humana y nacido sin corrupción de su virginidad, que permaneció intacta después de su nacimiento, sea anatema”.
Antes de explicar el contenido de este dogma y por qué la Iglesia cree en la Perpetua Virginidad de María, es necesario hacer una breve premisa definiendo lo que es un dogma, cuál es el papel de los teólogos en la Iglesia y qué consecuencias tiene el poner en duda un dogma de fe.
 
Dogma es una verdad que se apoya en la autoridad de Dios, por eso tenemos obligación de creerla. A veces la Iglesia define algunas verdades como dogmas de fe, no porque esas cosas empiecen entonces a ser verdad, sino que son verdades que siempre han existido. Pero algunas veces la aparición de nuevos errores obliga a la Iglesia a definir y declarar más lo que siempre ha sido verdad. La definición de un dogma, por tanto, no es su invención, sino la declaración autoritativa de que ha sido revelado por Dios, es decir, que forma parte del conjunto de verdades que constituyen la Revelación cristiana, que el cristiano está obligado a creer.

Algunos dicen: «La vida es movimiento. Estancarse es morir. Las ideas petrificadas no hacen avanzar a la humanidad». Esto es verdad sólo en parte. Hay verdades definitivas -y los dogmas lo son- que cambiarlas, no es avanzar sino retroceder. Quien quiera cambiar que «la suma de los ángulos de un triángulo vale dos rectos», no avanza, sino que retrocede al error.

El norteamericano Fukuyans, de origen japonés, pretende que la Iglesia Católica renuncie a declarar que su doctrina es la verdad absoluta, y se vuelva tolerante contentándose con ser una opinión más en la sociedad, igual que las otras. Esto es tan ridículo como pedirle a un químico que sea tolerante y acepte que el agua es NH3 en lugar de H2O; o pedirle a un matemático que sea tolerante y acepte que Pi es 8,2014 en lugar de 3,1416.

Para que una cosa sea dogma de fe es necesario que haya sido revelada por Dios, y que la Iglesia así lo declare. Bien sea por una declaración solemne o por la enseñanza de su Magisterio Ordinario. La Revelación ha terminado pero «nosotros debemos usar nuestra inteligencia para explorar el dato revelado, deduciendo verdades que a primera vista no aparecen claramente explícitas en el mismo, pero que no por eso dejan de estar contenidas virtualmente en él. La garantía de lo que así descubrimos está en la Iglesia, portadora de toda la Tradición cristiana e intérprete autorizado de la Escritura Santa. Es función del Magisterio definir los contenidos de la Revelación. La teología no debe suplantar al Magisterio. La última palabra la tiene el Magisterio.
Sin embargo, hay algunos teólogos que critican la doctrina del Magisterio de la Iglesia y después quieren que sus opiniones personales sean doctrina infalible. A propósito de esto dijo el Papa Pablo VI a los participantes en el Primer Congreso Internacional de Teología del Concilio Vaticano II, el 1º de Octubre de 1966: «Los teólogos deben investigar el dato revelado para iluminar los artículos de la fe; pero sus aportaciones quedan sujetas a la enseñanza del Magisterio auténtico. Su preocupación ha de ser proponer la verdad universal creída en la Iglesia bajo la guía del Magisterio más que sus ideas personales».
Al Magisterio de la Iglesia hay que obedecerle, no sólo cuando se trata de verdades de fe, sino también cuando se refiere a opiniones que pueden desorientar al pueblo de Dios; pues también en estos casos está protegido por la autoridad recibida de Dios, cosa que el teólogo, como tal, no tiene, por mucha ciencia que tenga. Por eso dice el Sínodo de los Obispos de 1967: «No les corresponde a ellos la función de enseñar auténticamente». Los que ejercitan el Magisterio de la Iglesia son exclusivamente el Papa y los Obispos, porque a ellos solamente ha confiado Jesucristo la potestad de enseñar. Fuera de los legítimos sucesores de los Apóstoles (que son el Papa y los Obispos) no hay otros Maestros de derecho divino en la Iglesia de Cristo. Cuando el Papa habla en una encíclica, enseña como auténtico Maestro y no como un doctor más. Por eso no es válido apelar a la autoridad de un teólogo para sostener lo contrario de lo que el Papa ha enseñado.

La misión del Magisterio de la Iglesia es velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad. Quien desobedece a la Jerarquía Eclesiástica desobedece al mismo Jesucristo. Él nos dijo: «El que a vosotros escucha, a Mí me escucha; el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia. Y el que me desprecie a Mí desprecia a Aquél que me ha enviado» (Lc 10,16). Los fieles católicos han de aceptar las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia con obediencia religiosa, sabiendo que les obliga en conciencia.
Es pecado grave contra la fe la negación o la duda voluntaria de aquello que se sabe que Dios ha revelado y que la Iglesia ha declarado como tal. No es pecado darse cuenta de que el misterio es difícil de entender, que nuestro entendimiento no lo puede comprender, etc. Si a pesar de todo esto, se fía uno de Dios que lo ha revelado, y cree, no sólo no hay pecado, sino que hay mérito. Lo que no se puede hacer -a pesar de la oscuridad profunda del misterio- es dudar si será eso verdad o no. Esta duda positiva, tomando como cosa incierta lo que Dios ha revelado, es pecado.

Origen de la duda

La exégesis racionalista, prescindiendo por sistema de la Fe en sus investigaciones, no teme llegar a conclusiones contrarias a la fe de la Iglesia. Se inició modernamente en el mundo protestante, exigida por la teología liberal. Y concretamente en relación a la Virgen María, tanto la exégesis como la teología protestante liberal –luteranos, anglicanos y otros– han tenido una tendencia clara en contra de la devoción católica mariana, y consiguientemente han puesto especial empeño en negar a la Madre de Jesús sus más altos títulos dogmáticos y devocionales, uno de los cuales es, y no el menos importante, la siempre Virgen.
Sin embargo, en el principio de la mal llamada «Reforma», ésta reconoce la perpetua virginidad de María. Tanto Lutero, como Calvino y Zwinglio, profesan con todo empeño esa verdad de la fe. Con su habitual fiereza de expresión, Lutero considera «locos y villanos» a los pocos herejes que negaron esta fe. Y más tarde, a mediados del siglo XVII, la confesión de fe de los calvinistas sigue afirmando que «Jesús nació de la Virgen María y que permaneció Virgen antes y después del parto».
Por el contrario, los herederos de los padres de la Reforma, asumiendo el naturalismo racionalista de la Ilustración, generan la exégesis protestante liberal. Fundándose en ella, afirman hace tiempo como un hecho indiscutible que María fue una madre de familia judía, que tuvo por lo menos cuatro hijos y dos hijas. Pues bien, tal herejía –y tal error exegético– ha ido contagiando a no pocos teólogos católicos -entre los cuales el más conocido es John P. Meier-, que en estos últimos decenios, están negando que María fue siempre virgen. Aunque admitan la concepción virginal de Jesús –en el mejor de los casos–, según ellos, la Virgen no fue virgen. Al menos, según aseguran, eso es lo que confirma un examen científico, filológico-histórico-crítico, de la cuestión. Más bien fue madre de familia numerosa. Esta tesis no ha provocado un alud de reprobaciones enérgicas de parte de los exegetas y teólogos católicos, pues la mayoría de ellos se atienen a lo «académicamente correcto» en el tiempo actual: dejar que cada uno exprese libremente su pensamiento, sin combatirlo públicamente. Vittorio Messori, por el contrario, en el capítulo 50 de su obra Hipótesis sobre María (Madrid, LibrosLibres 2012, 3ª ed., pgs. 425-441), hace una buena síntesis de la exégesis católica sobre esta grave cuestión. En lo que sigue presentaremos una síntesis de su síntesis.

Fundamentos del dogma

La filología rechaza las objeciones contra la virginidad perpetua de María. Al menos tres de los Evangelios son seguramente traducciones al griego de originales escritos en hebreo o en arameo, en las que abundan los semitismos, lo que parece no ser tenido en cuenta suficientemente por la exégesis histórico-crítica en lo referente a los «hermanos» de Jesús. Como señala Vittorio Messori, «tras el griego de los Evangelios adelfòs, hermano, está el arameo aha, o el hebreo ‘ah, que puede significar al mismo tiempo hermano de sangre, hermanastro, primo o sobrino, pero también discípulo, aliado, miembro de la misma tribu y hasta “prójimo” en general, o de la misma ciudad o nación.
Todavía hoy no existe en hebreo moderno un término para distinguir al hermano del primo y así sigue siendo en Oriente: tampoco el árabe moderno, como el hebreo actual, tiene un término para distinguir hermanos de primos; y en África y en todas las culturas tradicionales. Según esto, lo que es problema para los biblistas occidentales no lo es en las amplísimas zonas de las lenguas orientales o africanas. Aunque el griego tiene un término propio para significar «primo» (anepsios; p. ej., Col 4,10), incluso la Biblia de los Setenta no lo emplea casi nunca, prefiriendo usar la palabra adelfòs, pues los dos términos pueden usarse. Pero examinemos la cuestión en algunas escenas concretas de los Evangelios.
 
En las bodas de Caná, según el relato de San Juan (2,1-12), se alude a los hermanos de Jesús. «Después [de la celebración de la boda, Jesús] fue a Cafarnaún con su madre, sus hermanos y [en griego kai] sus discípulos; pero estuvieron allí sólo unos días» (2,12). Y examinando este texto, el biblista José Miguel García Pérez, profesor en la Facultad de Teología San Dámaso (Madrid), escribe: «La partícula griega kai traduce textualmente un waw arameo que, con frecuencia, corresponde a la conjunción copulativa española y. Pero, en este caso, el waw es explicativo y su equivalente español es “por tanto, es decir, o sea”. En el griego de los Evangelios no son raros los casos en que esta conjunción griega revista tal significado». Por lo tanto ha de ser traducido correctamente así: «Después fue a Cafarnaún con su madre y sus hermanos, es decir, sus discípulos; pero estuvieron allí sólo unos días». El argumento filológico se ve reforzado por las circunstancias concretas: «Si se tratara de verdaderos hermanos, sería evidente suponer una vuelta a Nazaret, donde todos tenían su casa. Si van a Cafarnaún, la ciudad elegida por Jesús como base para su obra en Galilea, es simplemente porque sus acompañantes no son ni hermanos ni otros familiares, sino discípulos. Como consecuencia, este versículo de Juan especifica con claridad quiénes son realmente estos “hermanos”».

En torno a Jesús maestro se forma un pequeño clan espiritual, en el que todos son «hermanos». En este sentido dice: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,33).

Que María «dio a luz a su primogénito» (Lc 2,7) es un dato aceptado incluso por los más críticos. Por tanto, si Jesús hubiera tenido más hermanos, hijos de María, éstos serían hermanos menores –cuatro varones y probablemente dos muchachas, según aseguran estos exegetas–. El hogar de Nazaret estaría lleno de críos. No resulta fácil explicar entonces cómo San Lucas refiere que José y María, cuando Jesús tenía doce años, fueron con él solo a Jerusalén en la peregrinación anual, y permanecieron toda la fiesta, unos siete días. Incluso refiere el evangelista que «iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de Pascua» (2,41). Cuando Jesús tenía doce años, ¿cuántos más hermanos pequeños había en la casa de Nazaret? ¿Esa peregrinación anual es compatible con la vida de una madre de familia numerosa, sujeta a sucesivos embarazos, con un hogar lleno de críos menores de doce años? La peregrinación suponía unas dos semanas de ausencia de la casa. Y por lo demás, no era obligatoria…

Tampoco se comprende, conociendo cuál era en el marco social de Israel la rigidez de la jerarquía intrafamiliar y la primacía absoluta reconocida al primogénito, cómo es posible que los hermanos menores se atrevieran a buscar a Jesús para obligarle a regresar a su casa (Mt 12,46-50). Aquellos «hermanos» eran sin duda parientes de Jesús, y mayores que él.

Jesús, antes de morir, confía a San Juan la custodia de su Madre Santísima. Esta decisión tan grave no tendría sentido si María fuera la madre de un buen número de hijos e hijas. Sabemos que en el día de Pentecostés, están reunidos todos los  apóstoles, perseverando «unánimes en la oración, con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste» (Hch 1,13-14). Si estos «hermanos» aquí citados fueran «hijos de María», hermanos reales de Jesús, ¿no era lo natural que fueran éstos quienes acogieran en su casa a su propia madre? Y sin embargo fue San Juan el favorecido: «y desde aquella hora el discípulo la recibió como algo propio» (Jn 19,27). María virgen sólo tuvo un hijo, concebido por obra del Espíritu Santo; el hijo que murió en la Cruz y resucitó al tercer día. Fue siempre virgen.

Todos los días del año los católicos, al comienzo de la Misa, confesamos la perpetua virginidad de la Santísima Virgen María: «confiteor Deo omnipotenti, beatæ Mariæ semper Virgini»… «Por eso ruego a santa María, siempre Virgen»… Lex orandi, lex credendi.

Demos gracias a Dios por nuestra fe, por la Santa Madre Iglesia que nos libra de errores y por tener a una Madre tan hermosa, que a la vez es también Modelo y Maestra de pureza de alma y cuerpo, y confiémosle a Ella la guarda de nuestra pureza y sobre todo la de los jóvenes y los niños, tan atacada por la sociedad actualmente.


©Revista HM º176 Enero-Febrero 2014

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