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Vida espiritual

El nombre de María

Junto al nombre de Jesús aparece en la veneración de los fieles el nombre de su Madre, María.

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...ese mismo Espíritu que ora en nosotros y nos hace clamar Abbá, Padre, ¿por qué no iba a hacernos llamar Mamá a la Madre que Cristo nos dio desde la cruz?

Por P. Félix López, S.H.M.

El nombre no es algo accesorio, algo superficial. El nombre representa a la persona, la expresa, significa su presencia. Esta realidad se hace especialmente presente en la oración. Pronunciar el nombre del Señor, dice el libro de los Proverbios, es “fortaleza a la que acude el justo para salvarse” (Prov 18,10). O también: “Todos los que invoquen el nombre del Señor se salvarán” (Jl 3, 5).
En el Nuevo Testamento, el nombre que lo llena todo es el nombre de Jesús. San Pedro dirá que “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hc 4, 12).

San Bernardo de Claraval en un sermón sobre el Cantar de los Cantares trata del nombre de Jesús. Ese nombre es una luz, un alimento y un remedio para el alma. Y continúa: “Al decir Jesús, me figuro un hombre manso y humilde de corazón, bueno, sobrio, casto, misericordioso, adornado de todas las virtudes que forman la más sublime santidad; y además de esto me represento a un Dios omnipotente que me cura con sus ejemplos y me fortalece con su auxilio. Todo esto sugiere en mi espíritu la mera invocación del nombre de Jesús. Si lo considero hombre, saco de Él ejemplos que imitar, y si Dios omnipotente, saco de Él fortaleza y vigor en mis desmayos” (Serm. XV, 6).

También S. Francisco de Asís pronunciaba con ternura el nombre de Jesús. Nos cuenta Celano, su primer biógrafo, que después de contemplar al Niño Jesús en la Navidad que celebró en Greccio en 1223 (el primer Belén que se realizó), “cuando le llamaba el Niño de Belén o Jesús, se pasaba la lengua por los labios como si gustara o saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras” (I Cel, 86).

Junto al nombre de Jesús aparece en la veneración de los fieles el nombre de su Madre, María. Un niño de trece años, Antonio, fue uno de los mártires de Nagasaki. Ofreció su vida por amor invocando los santos nombres de Jesús y de María.

nombre3Especialmente devoto del nombre de María fue S. Maximiliano Kolbe. Como prueba de esta devoción, añadió el nombre de María a su nombre religioso pasando a ser Maximiliano María. A lo largo de las tareas del día, recomendaba a sus hermanos invocar con frecuencia el nombre de María: “Antes del trabajo decid: María, para cumplirlo con amor”. Especialmente ante una tarea difícil: “Si no sabes o no puedes: ¡María!”.

  Por iniciativa suya se introdujo en Niepokalanów (la ciudad de la Inmaculada que él fundó) el nombre de María como saludo entre los hermanos, o al responder al teléfono, o para encabezar las cartas.

También en medio de los sufrimientos físicos o la enfermedad acude a María. En un viaje por mar en 1933 sufrió grandes mareos, náuseas, fuertes dolores de cabeza y fiebre. Después escribe a sus hermanos: “Mi único alivio era la invocación mental y frecuente, muy frecuente, del santísimo nombre de María”.

Pero, ¿es lícito invocar a María cuando nos sentimos lejos de Ella o peor aún, cuando hemos ofendido a Dios? En esos tristes momentos es cuando más que nunca debemos invocar a la Madre de Dios y Madre nuestra. Dice S. Maximiliano: “Ofreced toda vuestra falta, sin analizarla ni examinarla, a la Inmaculada, como si fuera su propiedad, pronunciando solamente el nombre de María, y preocupaos por complacerla con las obras que haréis a continuación”. Y también: “La simple invocación de María, aun con el espíritu sumergido en las tinieblas, en la aridez, o incluso en la desgracia del pecado, ¡cómo ha de resonar en su Corazón que tanto nos ama!”.

 Dentro de la espiritualidad de S. Maximiliano Kolbe juega un papel central la consagración a María, entendida como pertenencia total a Ella en cuerpo y alma, en la vida y en la eternidad. La repetición amorosa de su nombre hace tomar conciencia de su presencia y ayuda a vivirlo todo con Ella y para Ella: “Antes y después de cada acción, y en medio de las dificultades: ¡María!, para que se digne adueñarse de ellas y hacer lo que le plazca”. Esta frecuente invocación facilita el recuerdo de ser posesión y pertenencia de la Inmaculada:
“Aunque le pertenezcamos ya, cuando se presentan las cuestiones más importantes, es oportuno ofrecérselas como si fueran suyas (porque también nosotros somos suyos), incluso por la simple invocación a María”.
   Pero impulsados por la ternura y la confianza hacia la Madre de Dios, muchos santos han ido aún más lejos en el atrevimiento al invocar a María llamándola Mamá. Es algo que no debería sorprendernos si pensamos que Jesús llamaba a su Padre Abbá (papá) expresando con esta palabra su relación directa y espontánea, filial y confiada, hecha de un amor total y de la certeza de saberse amado por Él.

Siguiendo el ejemplo del Maestro, Santa Teresa de Lisieux, modelo de infancia espiritual, se dirige a Dios con esa misma confianza y abandono. Cuando su enfermedad avanza y se acerca al final de su vida dice: “Si una mañana me encontráis muerta, no os apenéis; será que Papá Dios ha venido a buscarme con la mayor sencillez” (5-6-1897). Y con esa misma ternura se dirige a la Virgen María. En su visita a París fue a rezar a Nuestra Señora de las Victorias y nos narra su experiencia con María: “Comprendí que velaba por mí, que yo era su hija y que, siendo así, no podía darle otro nombre que el de Mamá, pues me parecía aún más tierno que el de Madre”.

nombre2San Maximiliano María Kolbe empleaba un diminutivo en polaco para hablar con la Madre de Dios: Mamusia que podríamos traducir por mi Mamá querida. En cuanto religioso, Kolbe somete todo a la obediencia y por eso pidió el permiso de sus superiores para poder utilizar ese nombre. La prudencia del P. Provincial le dice que puede haber personas que no estén preparadas para oír invocar con esa cercanía a la Madre de Dios y le pide que no lo utilice en reuniones públicas, pero le anima a hacerlo en la oración privada, en la comunidad, siempre con respeto y veneración.

En sus cartas a los hermanos aparecen repetidamente un gran número de invocaciones que expresan su confianza al dirigirse a María: “una Mamá tan tierna“, “una Mamá muy querida“, “mi querida Madrecita Inmaculada”. El P. Cornelio Czupryk, que testificó en su proceso, refiere que los nombres más tiernos brotaban espontáneamente en sus labios para referirse a María. Quizá hubiera podido resultar chocante en boca de otros –afirma Czupryk- pero era algo en él tan natural y sincero que se veía que brotaba de su experiencia más íntima con la Inmaculada.

Después de leer estas cosas podemos preguntarnos: Invocar así a la Virgen María, ¿son cosas rancias propias de personas hipersensibles? ¿memeces quizá? ¿excesos piadosos?

Contemplando la vida y la muerte de los que así se dirigen a la Madre de Dios puede verse que estuvieron muy lejos de ser “memos“ o “psicologías enfermizas e inmaduras”. Pienso que más bien es una manifestación de la presencia y de la acción del Espíritu Santo en sus vidas. Por un lado, los que así rezaban dieron muestras de una extraordinaria fortaleza al afrontar el sufrimiento y la muerte con un amor extremo. Se trata sin duda del don de fortaleza. Por otro lado, ese mismo Espíritu que ora en nosotros y nos hace clamar Abbá, Padre (Rom 8, 15), ¿por qué no iba a hacernos llamar Mamá a la Madre que Cristo nos dio desde la cruz?

Pidamos al Espíritu Santo que nos conceda sus dones para que la relación filial, confiada y tierna con María produzca los mismos frutos de santidad que vemos en aquellos que supieron vivir en su presencia, en su Corazón materno y llamarla con toda ternura: Mamá.

©Revista HM º178 Mayo-Junio 2014

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¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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