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Vida espiritual

La Misericordia rechaza el error

Por Hna. Rocío Galmés, S.H.M

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No hace mucho tiempo, visitando un sacerdote anciano amigo, nos contaba una anécdota que le había sucedido cuando era todavía joven, apenas recién ordenado y, por tanto, con falta de experiencia y de la sabiduría que se adquiere a lo largo de los años de servicio. Este sacerdote se encontró en su parroquia una señora que colaboraba activamente en la vida parroquial, una persona fervorosa pero que vivía en una situación matrimonial irregular: se había separado de su marido y convivía con otro hombre, por lo que no podía recibir la comunión, cosa que le hacía sufrir tanto.

En tanto llegó el momento de la primera comunión de su hijo mayor. Este sacerdote, llevado por una idea equivocada de compasión y viendo el sufrimiento de esta mujer, ciertamente con toda su buena intención pero también con su inexperiencia, le aconsejó acudir a una parroquia vecina, confesarse allí con el sacerdote y recibir la comunión para poder “acompañar” a su hijo en ese día tan especial.

Lo que no se esperaba el sacerdote era la respuesta de la mujer clara y contundente: “Vd. no entiende nada, ¿no se da cuenta que así como los otros fieles se salvarán recibiendo la comunión yo me salvo con mis lágrimas y siendo obediente a la Iglesia?”.

El sacerdote nos decía: “recibí una lección ese día, que no he podido olvidar y la he tenido siempre presente en mi vida sacerdotal”.

¡Cuánta sabiduría se encuentra a veces entre la gente sencilla, entre nuestros fieles que saben apreciar cuál es la verdad y muestran una gran fortaleza para seguirla aun cuando suponga un sufrimiento!

Precisamente esta anécdota, en un momento delicado de la Iglesia en el que se pone en duda la naturaleza del matrimonio, su indisolubilidad y unidad, en el que se reclama con fuerza el “derecho a comulgar” aunque no se viva en condiciones dignas para realizarlo, nos ayuda a ver el problema desde otro punto de vista.

La discusión sobre la problemática de los fieles que tras un divorcio han contraído una nueva unión civil no es nueva. La Congregación para la Doctrina de la Fe ya escribió una carta en 1994 sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar en la que afirmaban entre otras cosas que “la auténtica comprensión y la genuina misericordia no se encuentran separadas nunca de la verdad” y, por tanto, “los pastores tienen el deber de recordar a estos fieles la doctrina de la Iglesia acerca de la celebración de los sacramentos y especialmente de la recepción de la Eucaristía”.

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¿Y cuál es esta verdad? La misma carta lo afirma con claridad: “la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación”.

Esta es la fe y la doctrina de la Iglesia, que no puede traicionar porque no es suya, es también y sobre todo de Dios. La Iglesia, en estos veinte siglos de historia, no ha inventado sino interpretado y actualizado la voluntad de Dios. Habrá habido excesos y equivocaciones, que se han ido y seguirán corrigiéndose, pero siempre en fidelidad al plan salvífico original de Dios. La Iglesia, pues, no puede cambiar lo que Dios ha establecido de tal o cual modo. Esta es la auténtica misericordia. No se puede nunca recurrir a soluciones misericordiosas a costa de arruinar la doctrina. La auténtica misericordia rechaza el error.

Esto no significa en absoluto que la Iglesia no sienta especial preocupación por estos fieles y no intente acompañarlos y ayudarlos, y de acompañarlos e invitarlos a participar en la vida eclesial en la medida en que sea compatible con las disposiciones del derecho divino. En este sentido afirma la carta que será necesario que “los pastores y toda la comunidad de fieles sufran y amen junto con las personas interesadas, para que puedan reconocer también en su carga el yugo suave y la carga ligera de Jesús. Su carga no es suave y ligera en cuanto pequeña o insignificante, sino que se vuelve ligera porque el Señor -y junto con él toda la Iglesia- la comparte”.

Será labor de la Iglesia iluminar a los fieles interesados a fin de que no crean que su participación en la vida de la Iglesia se reduce exclusivamente a la cuestión de la recepción de la Eucaristía. Como afirmaba Benedicto XVI: “los sacramentos conceden acceso a la gracia de Dios, que ayuda al cristiano en su camino, pero ni son el único modo de acceder a la gracia santificante de Cristo ni son en algún modo derechos exigibles. Además no todos los sacramentos, por múltiples razones, son accesibles a todos los cristianos”.

Recordemos las palabras de esa mujer que encierran tanta sabiduría: “Vd. no entiende nada, ¿no se da cuenta que así como los otros fieles se salvarán recibiendo la comunión yo me salvo con mis lágrimas y siendo obediente a la Iglesia?”. Y recordemos las palabras que le dirigía al Card. Caffarra una persona que se encontraba en Bolonia en un encuentro de más de 300 divorciados y vueltos a casar: “He entendido que la Iglesia es realmente madre cuando impide recibir la Eucaristía. Al no poder recibirla comprendo la grandeza del matrimonio cristiano y la belleza del Evangelio del matrimonio”.

©Revista HM º182 Enero-Febrero 2015

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