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Vida espiritual

De Eva a María - María, modelo de toda mujer

Por Hna. Emma Haynes, S.H.M.

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Hoy en día hay mucha confusión sobre la digni­dad de la mujer. Hasta en los ámbitos cristianos se meten ideologías mundanas que tratan de desdibujar la verdadera dignidad del ser humano y como consecuencia la verdadera dignidad de la mujer. Incluso con los niños pequeños a quienes se les educa a dudar de su ser, a preguntarse si son hombre o mujer. A veces uno oye las noticias o las nuevas “iniciativas” y se pregunta: ¿esto va en serio?

"Hoy en día hay mucha confusión sobre la dignidad de la mujer. Hasta en los ámbitos cristianos se meten ideologías mundanas que tratan de desdibujar la verdadera dignidad del ser humano y como consecuencia la verdadera dignidad de la mujer. Incluso con los niños pequeños a quienes se les educa a dudar de su ser, a preguntarse si son hombre o mujer. A veces uno oye las noticias o las nuevas “iniciativas” y se pregunta: ¿esto va en serio?

Pero bueno, dejemos a un lado todo esto, y reflexio­nemos sobre cuál es la verdadera dignidad de la mujer y cuál es su vocación. Para ello vamos a hacer de una mujer el centro de nuestra reflexión: MARÍA.

“IMAGEN Y SEMEJANZA”. -Podemos preguntarnos para empezar: ¿por qué es tan difícil ver con claridad, vivir y desarrollar de manera perfecta el ser mujer? Si acudimos al libro del Génesis y leemos el relato de la creación del hombre, vemos que tanto el hombre como la mujer fueron creados a imagen y semejanza de Dios. Es “la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (Gaudium et Spes 24, 3). “Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien”. “Es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 357).

Pero Adán y Eva pecaron. En el uso de su libertad decidieron desobedecer a Dios dejando morir en su corazón la confianza hacia su Creador. Por esta des­obediencia y desconfianza entró el pecado en el mundo y por el pecado entró la muerte. “Adán perdió, por su pecado, la santidad y la justicia originales que había recibido de Dios no solamente para él, sino para todos los hombres” (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 416). Como consecuencia, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado. A esta inclinación se le llama “concupiscencia”. Se puede decir de verdad que “el pueblo caminaba en tinieblas” (Is 9, 1).

“UNA LUZ LES BRILLÓ”. - Gracias a la venida de Jesucristo el pecado no tiene la última palabra. Ésta la tiene Dios. La Palabra con mayúscula se hizo hom­bre para que nosotros pudiéramos tener vida en Él. “El pueblo caminaba en tinieblas... y una luz les brilló” (Is 9, 1). Con la entrada de Dios en la historia como hombre, como el Verbo encarnado, el hombre recibió una luz que le hizo salir de las tinieblas. Con esa luz todas las preguntas que el hombre se hacía sobre su existencia, la razón de su ser, su destino final, etc, empezaron a tener respuesta en el Amor hecho Niño por nosotros.

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“LA VIRGEN SE LLAMABA MARÍA”. - Es precisamente en el momento de la encarnación del Hijo de Dios, en la anunciación, cuando se nos revela de nuevo la dignidad y vocación de la mujer. “Un ángel fue enviado a Nazaret, a una Virgen, desposada con un hom­bre que se llamaba José. La Virgen se llamaba María” (Lc 1, 26-27). Fue enviado para anunciarle que Dios quería hacer en Ella grandes cosas que estaba destinada a ser la Madre de Dios. En virtud de esa Maternidad Divina tuvo el privilegio de ser concebida sin pecado original, es decir, fue siempre Inmaculada, sin mancha, “llena de gracia”, porque “para poder dar el asenti­miento libre de su fe al anuncio de su vocación era pre­ciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios” (CIC. 490). Recibió también el privilegio de la Perpetua Virginidad. “María fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre” (S. Agustín, serm. 186,1). Está claro que aquella que iba a ser Madre del redentor, que iba a llevar en su seno a Dios hecho carne, no podía pertene­cer a ningún otro. Su alma y su cuerpo eran totalmente de Dios. Después, “cumplida su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste” (Proclamación del dogma de la Asunción, Pío XII, 1 nov. 1950).

Hablando sobre el momento de la anunciación dice Santa Edith Stein: “Está delante de nuestros ojos la imagen pura de la naturaleza femenina, en la Inmacu­lada, la Virgen. Ella fue el templo perfecto, en el cual el Espíritu Santo hizo su morada y depositó el don de la plenitud de gracia. No quería otra cosa que ser la esclava del Señor, la puerta por la cual podía hacer su entrada en la humanidad” (La espiritualidad de la mujer cristiana - Enero 1932 - Edith Stein). El Señor hizo a la Virgen, a su Madre, “llena de gracia”, es decir colmada de gracia. San Juan Pablo II escribe en Mulieris Dignitatem: “Aquella plenitud de gracia concedida a la Virgen de Nazaret, en previsión de que llegaría a ser “Theotokos”, significa al mismo tiempo la plenitud de la perfección de lo que es característico de la mujer, de algo que es femenino. Nos encontramos aquí en el punto culminante, el arquetipo de la dignidad personal de la mujer”. Por ser llena de gracia y no ser tocada por el pecado original, Ella es el modelo perfecto de mujer a quien debemos imitar. Ella descubre a la mujer su verdadera dignidad y vocación, lo que debe ser, y lo que es ante Dios.

MODELO PARA IMITAR - ¡Qué diferencia entre Eva y María! Eva desobedeció y entró la muerte y el pe­cado. María obedeció y entró la Vida y la salvación. Ma­ría es la Nueva Eva, como la han definido los Padres de la Iglesia. Tenemos que mirar a María más, mirar sus actitudes, mirar cómo amaba a Dios, cómo se abría a Dios, cómo vivía con Él. Santa Edith Stein en sus mu­chas notas sobre la mujer hace una constante referencia a la Virgen como modelo a imitar. “Si cada mujer fuera imagen de la Madre de Dios, esposa de Cristo, apóstol del divino Corazón, entonces cada una cumpliría su vocación femenina dando igual las condiciones en que vive y la actividad que le ocupa”. (La espiritualidad de la mujer cristiana - Enero 1932 - Edith Stein).

Vamos a recordar algunos momentos de la vida de la Virgen María para ver cómo los vivió, y cómo la poda­mos imitar.

EL NACIMIENTO DEL HIJO EN BELÉN – El centro de la vida de María es su Hijo. Como Madre ve­mos que no considera al hijo como propiedad suya, sino de Dios. Lo acepta como venido de las manos de Dios esperando alegremente su nacimiento. Como Esposa la encontramos entregada a su esposo, confiada, obediente. Todo lo que hace en la familia tiene como fin último a Dios. En Belén contemplamos en la Virgen Madre la imagen perfecta de esposa y Madre.

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LA ANUNCIACIÓN – En la anunciación contem­plamos a María en su entrega total a Dios y a su desig­nio sobre Ella. Su corazón le ama con un amor que es indiviso. Es Virgen y permanece Virgen para siempre. Es imagen perfecta del alma consagrada que se presenta ante Dios como su esclava y se dispone a cumplir su voluntad.

“HE AHÍ A TU MADRE” – Desde la cruz el Señor nos dio a su Madre como Madre nuestra. Es Madre de la Iglesia naciente. La contemplamos en la primera comu­nidad cristiana. ¡Cómo guiaba y animaba a los primeros cristianos! Ella es apóstol del Divino Corazón. Cuánto les hablaría de su Hijo. Como Madre consolaba, con­fortaba y animaba a sus hijos, recordándoles el Cielo, llevándoles a él. Esto nos recuerda el deber de la mater­nidad espiritual, engendrar hijos para el cielo, deber que pertenece a cualquier mujer sea cual sea su vocación.

“NO TIENEN VINO” - En una ocasión Santa Edith Stein trae a la consideración de sus oyentes la imagen de María en las bodas de Cana. Allí la Virgen muestra cómo la mujer tiene el don natural de estar pendiente de los demás. Ella es la que advierte que “no tienen vino”. Con­templamos cómo la mujer está llamada al olvido de sí.

“SIN MÍ NADA PODÉIS HACER”.- Santa Edith Stein repetirá con insistencia esta idea: la mujer está llamada a salir de sí misma e interesarse por los de­más. Su inclinación natural es ayudar al desarrollo de los demás, acudir al necesitado, dar cariño y proteger. Todo esto vivido al margen de Dios lleva a la mujer a alejarse de su vocación como mujer, pues por el pecado mucho de lo que es inclinación natural se desarrolla malamente e incluso de manera perversa. Pero si la mujer busca una relación fuerte con Dios y se deja transformar por el amor, poniendo los ojos en el modelo que nos ha dado para imitar, entonces se desarrollará como mujer, según el plan de Dios. Como dice santa Edith Stein, “la mujer tiene que tener en cuenta la eternidad para definir su vocación en este mundo y si realiza esta vocación, alcan¬zará su destino en la vida eterna” (La espiritualidad de la mujer cristiana - Enero 1932 - Edith Stein). Como María, toda mujer está llamada a tener una relación muy fuerte con el Señor y una confianza grande. El Señor mismo nos dijo: “sin Mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5). Por eso es necesario estar con Él. María sin duda habrá buscado momentos de silencio, de estar a solas con el Señor. Para vivir nuestra vocación de mujer necesita¬mos de Él.

EL TESORO ESCONDIDO – Santa Edith Stein hablaba mucho de este “tesoro escondido” donde todo cristiano puede encontrar un amigo fiel que siempre le espera con paciencia y amor. Es el Señor que en el Sa¬grario, presente en la Eucaristía, nos espera para que acu¬damos a Él, le pedimos su ayuda, su fuerza y el remedio a nuestras dificultades.

DE EVA A MARÍA – Tenemos que hacer entonces este camino de ser como Eva a ser como María. “Cada mujer debe mirar a María como su ideal. Menos Ella, ninguna otra mujer manifiesta la naturaleza femenina en su pureza original. Toda otra mujer tiene algo en ella heredado de Eva y debe buscar la manera de ir de Eva a María” (La espiritualidad de la mujer cristiana - Enero 1932 - Edith Stein).

María, como es Madre, nuestra Madre, nos va a ayudar. Por eso, si no lo hemos hecho todavía, entre¬mos cuanto antes en su escuela para que nos enseñe cómo ser mujer. Entremos en su casa, pongámonos en su presencia para que nos cuide, nos proteja y pueda actuar como Madre en nuestras vidas. Santa Edith Stein dice: “María nos ha alumbrado a la vida de la gracia, al entregar todo su ser, cuerpo y alma, para la maternidad divina. Por eso existe una íntima vinculación entre ella y nosotros: ella nos ama, nos conoce, se afana por hacer de cada uno de nosotros lo que está llamado a ser”.

Confiémonos, pues, a Ella.

Revista Nº185 julio-agosto 2015

Hermana Clare

Hermana Clare

¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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