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Vida espiritual

Sí, es posible

La preocupación que siento por los niños y jóvenes me ha decidido a escribir. Quiero dirigirme especialmente a vosotros niños, adolescentes, jóvenes y también a vosotros padres y educadores.

Me da mucha pena ver cómo se os ensucia, cómo os intentan “educar” con criterios contrarios a la fe y a la dignidad del hombre: la castidad no está de moda y la virginidad o el celibato es una enfermedad a la que hay que atacar cuanto antes. El amor lo han desvirtuado por completo y nos lo presentan como un movimiento animal, placentero pero vacío. ¡Qué pobreza!

Que la virginidad es una virtud muy amada de Dios nos lo demuestra el hecho de la Concepción virginal de María. Dios no sólo hizo un milagro al concebir sino al dar a luz.

Todos nosotros estamos llamados a vivir la castidad, cada uno en el estado correspondiente. Pero especialmente vosotros jóvenes, ¡cuidad vuestra pureza! Que vuestra alma sea pura, transparente, inocente. Es preferible pasar por tonto a los ojos del mundo que hundirse en ese fango que te lleva a la muerte.

Yo fui niña y adolescente una vez.
Y uno cuando es pequeño se ríe de todos esos consejos que te dan los mayores. Después, cuando creces, te das cuenta de cuánta razón tenían y a veces es demasiado tarde, el daño es irreparable. Por eso me gustaría contaros mi experiencia.

Yo era una niña normal y corriente, buenecita y un poco inocente. Entre los ocho y nueve años los amiguetes de la calle empezaron a ensuciar mi alma: chistes verdes (que muchas veces no entendía), cómo se hacen los niños, cómo se hace el amor… y todo esto en tono vulgar y grosero. Curiosidad infantil satisfecha de mala manera, que se regocija en comunicárselo a los otros destruyendo así lo que es el verdadero amor, y ensuciando la hermosura y la grandeza de la unión entre el hombre y la mujer.

Es cierto que a estas edades uno no tiene todavía desarrollado físicamente su instinto sexual pero el deseo de ser mayor, de hacer lo que estos hacen, de imitar lo que en la tele se ve, de poner en práctica todo lo que está prohibido, desarrolla psicológicamente en nosotros ese deseo carnal. Sin darme cuenta y casi sin quererlo todo eso iba haciendo mella en mi alma. Llegó el periodo de desarrollo y sin saberlo descubrí el placer sexual. Cuando estudiando religión supe que lo que yo estaba haciendo era masturbarme, era ya demasiado tarde, el mal hábito ya lo tenía y no supe deshacerme de él. Estaba atrapada. Y aunque a veces luchaba sólo conseguía hundirme más y más. Perdí la esperanza y me entregué de lleno a la pasión.

Sólo Dios sabe las aberraciones y groserías que puede desear un niño en su interior. Sólo Dios sabe el daño que todas esas imágenes, conversaciones, lecturas y fantasías hacen en el alma dúctil de un niño. Dice el Señor (Mt 5, 25-29) que el que mira a una mujer deseándola ya adulteró en su corazón. Esta doctrina es dura pero cierta, yo lo he experimentado en mí.

Por favor, padres y educadores, cuidad el alma de vuestros niños y jóvenes. Formadlos con vuestro ejemplo, que vean en vosotros un trato limpio, casto, pudoroso. Estad atentos a los programas, lecturas, ídolos musicales y amigos que los acompañan. Más que prohibir, que suele ser más un aliciente para hacerlo que un impedimento, hablad con ellos explicando las cosas a su nivel con sencillez, dadles motivos coherentes (naturales y sobrenaturales) de por qué no se debe hacer esto o lo otro, y habladles de Dios y la Virgen, el amor hacia Ellos y el deseo de no ofenderles en su mejor protección. Y sobre todo, rezad y sacrificaos por ellos (Mt. 21, 22) para que el Señor los proteja y los guarde del mal y conserve su alma limpia y pura. Que sus modelos sean los santos y Nuestra Madre. Haced que se entusiasmen con sus vidas, procuradles buenas lecturas, películas, música, amigos, sacerdotes y religiosos en los que puedan confiar, buscar consejos y acercarse más al Corazón de Cristo.

Estimuladles al trabajo, al estudio. El ocio es el mejor amigo de la impureza. Que aprendan a ser generosos, a preocuparse de las necesidades de los demás y animadles a que en la medida de sus posibilidades las satisfagan.

Cristo es nuestro mejor Amigo y el único que puede darnos la verdadera felicidad. ¡Cuántas veces por unos segundos de amargo placer he perdido aquello que es lo único por lo que merece la pena gastar todo el tiempo del mundo! Jóvenes, conservad íntegro el capullo de vuestro lirio (la pureza), que no se marchite antes de tiempo para que cuando llegue el momento oportuno, querido por Dios, pueda abrirse a la vida como una bella flor en la entrega limpia y amorosa a tu esposo/a o se lo ofrezcas fresco y cubierto de rocío al Hacedor de todas las cosas como oblación de acción de gracias.

Gracias a Dios a los quince años el Señor salió a mi encuentro y me dejé prendar de su amor. La purificación ha sido lenta, pues la necesidad psicológica que se crea con un vicio es mayor que la física. Ha habido caídas, pero el Señor siempre está ahí para levantarme y abrazarme de nuevo. Ahora cuando el demonio me tienta, la carne me grita o el mundo me incita, confío en Aquel que ha dado su vida para salvarme y ofrezco esos momentos duros y tristes de la tentación o del recuerdo de mi vida pasada, por todos vosotros, niños y jóvenes, que estáis en las redes de la impureza, para que el Señor os conceda la gracia de salir con Él victoriosos.

¡Á nimo!, no permitáis que el “enemigo” os desaliente y os desarme.
Yo os digo que podéis vencer, solos no, pero con Cristo sí. ”Confiad, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Sí, es posible vivir en castidad. Apóyate en María y no temas. En tu miseria el Señor te ama con locura y no se avergüenza de mirarte como a un hijo. Ámale con todo tu corazón y por Él a todos, porque el ejercicio de la caridad cubre multitud de pecados. El Cielo está lleno de grandes pecadores que se arrepintieron. Santa Mª Magdalena está ahora entre las “vírgenes” que acompañan al Cordero. Tú también lo podrás ser.

©Revista HM º123 Marzo/Abril 2005

Hermana Clare

Hermana Clare

¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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