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Vida espiritual

Amor incondicional

Por P. Colm Power, S.H.M.

Una vez oí a un sacerdote dar esta respuesta a los escándalos que han pasado en la Iglesia: Él nos preguntó si nosotros queríamos ser seguidores de Judas Iscariote, el traidor, o seguidores de Jesucristo, Hijo del Dios vivo, nuestro Salvador Crucificado. Él nos preguntó si era lógico utilizar la traición de Judas como excusa para “justificar” nuestra propia traición, o si nos tenía que impulsar, más bien, a ser hasta más fieles al Dios que fue entregado con un beso por treinta monedas. Era una pregunta muy buena. Judas Iscariote era uno de los doce escogidos, pero fue infiel a Aquel que le escogió. Lo vendió por treinta monedas de plata. Jesús dijo de él: “Mejor le hubiera sido a ese no haber nacido” (Mt. 26, 24). ¿Lenguaje fuerte?. Sí, lo es, pero esas son las palabras de Jesucristo, el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad. Nos tenemos que preguntar: “¿Soy seguidor de Judas el traidor o seguidor del Cristo traicionado? ¿Cómo estoy respondiendo a la gracia de mi bautismo?”. Dios seguramente juzgará a Judas por sus pecados, pero con igual seguridad me juzgará también por los míos. Hay una frase en uno de los documentos del Concilio Vaticano II que es tremendamente clara en este punto. Dice que: “No olviden todos los hijos de la Iglesia que su excelente condición (como hijos de Dios en virtud de su bautismo) no deben atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que, si no responden con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad” (LG, 14).

Quizás la mayor equivocación de la "Cristiandad" contemporánea es la confusión de misericordia con tolerancia del pecado, con indulgencia hacia el vicio, con paciencia hacia el error. Eso no es Cristiandad, es una aguada parodia de Cristiandad y causa un enorme estrago por doquier es predicado. Es una "Cristiandad" debilitada que preferiría tener al padre de rodillas delante del hijo pródigo pidiéndole perdón por haberle puesto en la situación de tener que comer las sobras de los cerdos. ¡Ése no es el Evangelio de Cristo!. Estamos llamados a amar al pecador y a odiar el pecado, a proclamar la verdad con caridad, a ser la luz del mundo y la sal de la tierra, no el edulcorante artificial.

Las palabras “misericordia” y “amor incondicional” están muy de moda hoy en día, como si Dios fuera un abuelo chocho en un estado avanzado de Altzeimer, en lugar del Padre Omnipotente que lo sabe todo y lo ve todo, que penetra las profundidades del corazón humano. Sí, Dios es bueno, pero ¡Dios no es tonto! Todo el mundo habla de misericordia, nadie habla de arrepentimiento. Pero la misericordia de Dios me es poco útil si yo no le pido que me perdone. Antes de que Jesús pudiera decir: “Este mismo día estarás conmigo en el paraíso”, el ladrón arrepentido tuvo que decir: “Acuér-date de mí cuando llegues a tu Reino” (Lc. 23,39). La misericordia de Dios es una fuente inagotable, pero yo puedo morirme de sed si rehuso ahuecar mis manos y beber.

La libertad es una de las leyes fundamentales e indispensables del amor.

Dios no nos puede perdonar si nosotros no se lo pedimos, porque Él respeta nuestra libertad y nosotros podemos utilizar esa libertad ¡para darle la espalda e irnos al infierno! Para que Dios pueda perdonarnos, tenemos que reconocer antes que nada que somos pecadores. El único pecado imperdonable es negar que yo soy un pecador. Éste era el pecado de los fariseos, y es el pecado desenfrenado de nuestros tiempos. ¡Nadie es un pecador! Nadie va a confesarse. Peor todavía, muchos reciben el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Comunión con sus almas en pecado mortal. San Pablo nos dice que, actuando así, “ellos están comiendo y bebiendo su propia condena”. Por eso, animar a alguien a ir a confesarse es, posiblemente, uno de los mayores actos de caridad que podemos hacer.

Muchas personas me han dicho: “¿No tendrías que ser más tolerante cuando Dios ha tenido tanta misericordia contigo? Después de todo, tú has tenido una conversión, ¿no?”. Mi respuesta es ésta: si veo a alguien caminar de espaldas hacia el borde de un acantilado, estoy obligado por la caridad a gritarle con todas mis fuerzas. Él se puede ofender y castigarme por gritarle, pero es un “riesgo” que tengo que correr. De la misma manera, si yo veo a alguien poner en peligro no sólo su felicidad en esta vida sino también su salvación eterna en la otra, estoy obligado por la caridad a gritarle con urgencia, a avisarle con todo el amor de mi corazón, no importa cómo pueda reaccionar. Es algo que tengo que hacer en conciencia, aunque provoque rechazo. El hecho de que yo haya experimentado en mi propia carne la verdad de las palabras de San Pablo: “El pago del pecado es la muerte”, me impulsa a gritar aún con mayor urgencia cuando veo a alguien dirigirse hacia el abismo.

Ciertamente, una vez que tenemos la humildad de arrodillarnos delante de Cristo e implorar su perdón con lágrimas en nuestros ojos, Él se deleita en perdonarnos, su misericordia es desbordante. Él nos da una vida nueva y una alegría que no podemos imaginar. La palabra "arrepentimiento" es impopular sólo porque es malentendida. No se trata de reconocer que he roto las reglas, que he ido en contra del código moral. Se trata de reconocer que he ofendido a una Persona llamada Jesucristo que me ama. Es la experiencia de la verdadera y sincera pena de haber herido a Aquel que más me ama y que me ha dado todo lo que tengo y todo lo que soy. Y eso lo cambia todo. Renueva nuestra amistad con Dios, porque Dios ama el corazón humilde y contrito. Él ama perdonar, Él quiere restaurar su relación con nosotros, pero Él tiene que esperar hasta que se lo pidamos, porque Él respeta nuestra libertad. Una vez que hay arrepentimiento, nuestros pecados, no importa qué enormes e imperdonables puedan parecer, son como esos numerosos fardos de paja echados en el horno llameante del amor y de la misericordia de Dios. El arrepentimiento y la confesión son el puente de la culpa a la inocencia, del pecado a la gracia, del pecado a la vida, del encarcelamiento y miseria a la libertad y la alegría.

¡É ste es el mensaje del Evangelio de Cristo! Y da fruto, porque tiene fuego y sal y el poder de mover corazones. No seamos tan tontos de unirnos a Judas en vez de seguir a Jesús traicionado con aún más lealtad y generosidad que antes. En nuestro Papa tenemos un faro de luz y verdad. La Iglesia, como Cristo, resucitará de nuevo, con aún más gloria de la que nunca tuvo antes. Mientras tanto, el trigo es separado de la paja. Asegurémonos de que se nos encuentre entre el trigo y no entre la paja, entre las ovejas y no entre las cabras, para que Nuestro Señor no nos diga un día: “Lejos de Mí malditos, al fuego eterno preparado para el demonio y sus ángeles” (Mt 25,41). Sino, más bien, que podamos vivir y morir de manera que Él nos pueda decir: “Ven, bendito de mi Padre, toma posesión del reino que ha sido preparado para ti desde la fundación del mundo” (Mt. 25, 34).

©Revista HM º123 Marzo/Abril 2005

Hermana Clare

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¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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