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Vida espiritual

La Viga Maestra

La divina misericordia del Corazón de Cristo edifica la Iglesia

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El Cardenal Mauro Piacenza, Penitenciario Mayor, abrió el Convenio “Misericordiae Vultus” con una reflexión sobre las palabras del Papa Francisco en el número 14 de la bula de indicción del Jubileo.

Deseo detenerme en estas palabras con las que el Santo Padre ha señalado el nexo esencial entre la Misericordia y la vida de la Iglesia: “La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” (n. 10 de la Bula de convocación del Año Santo).

La viga maestra presupone por sí misma la existencia de un edificio, y nos invita a considerar la Iglesia, que confesamos como Católica y Apostólica, y por tanto misionera y estructuralmente “en salida”, también en sus dimensiones de Unidad y de Santidad: aparece como la “Domus aurea”, la Casa de oro, el Edificio espiritual, en cuya construcción somos utilizados como piedras vivas (cfr. 1Pt 2, 5), y que tiene como único fundamento a Cristo mismo (cfr. 1Cor 3, 11).

Es una la Iglesia que Cristo, Crucificado y Resucitado, ha generado y genera desde hace más de dos mil años; el lugar de la vida verdadera, nueva y eterna que hemos recibido, de la comunión salvífica con el Hijo de Dios hecho Hombre; comunión salvífica que representa la única y verdadera meta de toda la misión de la Iglesia.

viga2Mirando a la realidad de la Iglesia en la perspectiva teológico-sacramental, consideremos la riqueza de la imagen utilizada por el Santo Padre en una triple perspectiva.

1. Visibilidad y Esplendor

En primer lugar, la viga maestra se presenta como un elemento arquitectónico estructural, esencial para todo el edificio y cada una de sus partes. Con los límites propios de toda analogía, podemos afirmar que la misericordia es, y ha sido siempre, bien “visible” como viga maestra, en toda la historia de la Iglesia.

Abandonando la metáfora, no ha habido nunca una época en la cual la Iglesia no haya anunciado con convicción el Evangelio de la misericordia, desde el día de Pentecostés. Si es verdad que la Iglesia ha debido afrontar varias veces a lo largo de los siglos la perenne tentación del hombre de salvarse autónomamente, siempre ha respondido, defendido y reafirmado frente a todos la absoluta gratuidad de la Misericordia, la cual exige, ciertamente, un sincero arrepentimiento, pero sigue siendo infinitamente más grande que cualquier fealdad humana.

viga3bAsí, la Iglesia, al donatismo del siglo IV, que quería la exclusión de los lapsi de la comunión, respondió con la readmisión de los hermanos arrepentidos y con la fundamental verdad doctrinal del ex opere operato. Al pelagianismo del siglo V, respondió con la profundización agustiniana de la doctrina de la Gracia. Al luteranismo del siglo XVI, respondió reafirmando la real eficacia de la justificación por la gracia, la verdad de los Sacramentos – de modo especial los de la Eucaristía y la Reconciliación y, por obvia consecuencia, el del Orden Sagrado – y la bondad y la suficiencia de la atrición para obtener el perdón de los pecados.

viga7bAdemás, por extraordinaria bendición celeste, la Domus Aurea ha podido mostrar sus frutos más bellos en los santos laicos, religiosos, místicos, pastores y misioneros de aquel tiempo: piénsese sólo, por ejemplo, en san Felipe Neri, en san Ignacio de Loyola, en san Carlos Borromeo, en san Francisco de Sales, en san Camilo de Lelis, en Santa Teresa de Jesús…, ¡y el elenco podría convertirse en un diccionario! Al legalismo y al rigorismo jansenistas, en los siglos XVII y XVIII la Iglesia respondió con la doctrina moral de la acción preventiva, simultánea y sucesiva de la Gracia, que tiene en san Alfonso María de Ligorio su campeón y en los santos pastores del siglo XIX -baste pensar en San Juan Bosco- los frutos más preciosos.viga9b Al modernismo del siglo pasado, que pretendía elevarse como único y real intérprete del hombre, respondió con los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II, que han reafirmado a Cristo-Dios como única real plenitud de todo hombre y a la Iglesia como realidad divina y humana al mismo tiempo, en sus irreductibles dimensiones sacramental, litúrgica y misionera. A la dictadura del relativismo filosófico y religioso de la época contemporánea, la Iglesia responde reafirmando la unicidad salvífica universal de Cristo y su Verdad cósmica, en la cual se inscriben la historia, la entera creación, la naturaleza y la dignidad del hombre y, finalmente, su irreductible libertad ante el ofrecimiento de la salvación.viga8b Sería miope, por tanto, pretender anclar en la época más reciente de la Iglesia (quizá en los últimos cincuenta años) el anuncio del amor de Dios y de su misericordia, contraponiéndolo quizá a fantasmagóricos largos siglos de “terror clerical”, en los que se habría hablado demasiado del Juicio de Dios y de los castigos del infierno.

Ciertamente, hay que evitar siempre todo peligroso unilateralismo; además, para corregir eventuales exageraciones no se puede recurrir a otras exageraciones. Considero que una atención real también en la predicación a las prerrogativas divinas de la Omnipotencia y del Juicio no puede sino ayudar al anuncio de la Misericordia. Resulta mucho más interesante, en efecto, la elección libre de amor y de misericordia que Dios realiza en su Omnipotencia, que la idea de un Dios “obligado” a ser misericordioso, sin elegirlo siempre, ante todo hombre, toda circunstancia, todo concreto pecado.

2. Presupuestro y Estructureviga4

¿Cuáles son los dos presupuestos, las dos “columnas portantes” de la viga maestra de la misericordia? ¿Cuáles son aquellos soportes sin los cuales no podría sostenerse? Puede que muchos se queden estupefactos, pero hemos de afirmar ante todo que, teológicamente hablando, la “misericordia” no es un atributo “originario” de Dios.

Me explico. Con san Juan Apóstol, debemos ante todo confesar que “Deus Caritas est – Dios es Amor”. Podemos y debemos afirmar que Dios, enviando a su Hijo hecho Hombre en Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, muerto y resucitado, nos ha hecho conocer que es, en Sí mismo, Amor: Amor de las Tres Personas. Tal Amor intratrinitario, sin embargo, no puede configurarse en Sí mismo como misericordia, porque no conoce “jerarquía ontológica” alguna entre las Tres Divinas Personas, que son iguales en la única y misma Naturaleza. ¡No sería en absoluto aceptable la idea de que el Padre hubiese de “tener misericordia” del Logos o del Espíritu Santo!

¿Cuándo, entonces, podemos comenzar a afirmar, con el Salmo, que “es eterna su misericordia”? (Sal 135). Cuando Dios crea. Cuando Dios crea el cosmos espiritual y el material y, sobre todo, cuando crea al hombre, partícipe a la vez de uno y otro. Dios, que es comunión de Personas, en Sí mismo relación con otro distinto de Sí, puede también crear, concebir algo que es “totalmente otro” de Sí.

Creando a la persona humana inteligente y libre, ama fuera de Sí. Ama al hombre libre, y llama al hombre al amor. Este Amor de Dios, dirigido a nosotros y reconocido por nosotros, es, en un nivel que podríamos llamar creatural, la “misericordia”. Amor absolutamente gratuito por ser divinamente libre, que se posa sobre lo que es “mísero” porque dista infinitamente de la perfección divina.viga5

La misericordia, por tanto, tiene como doble presupuesto la libertad divina que crea y la existencia misma del hombre creado. Por voluntad de Dios, es irrevocable, tanto que ni siquiera en la condenación eterna, que el hombre se auto-inflinge con su pecado y la impenitencia final, priva Dios a las almas condenadas del don misericordioso del ser y de la existencia.

Pero hay un ulterior nivel de la misericordia, que no solo hace existir al hombre, sino que entra en relación con el hombre creado. Éste, en efecto, aun estando hecho por Dios y para Dios, decide pecar, es decir, dirigir su libertad contra el Creador, manchándose de ese modo con una culpa infinitamente grave, de la que no podrá levantarse con sus pobres fuerzas.

desarrolla, dentro del espacio de la creación, la nueva y grande iniciativa del Amor Eterno: “En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1, 26-27). Después de haberse formado el pueblo de Israel, después de haberle revelado la Ley y de haberle así mostrado su pecado, Dios se dirige a María para salvarnos.

viga63. Insustituible e Imprescindible Función

Nos queda delinear la función del arquitrabe. Sostenida por el misterio de la libertad divina y la respuesta de la libertad humana que acoge la salvación, la misericordia sostiene a su vez toda la vida de la Iglesia; se podría decir que está “en el principio” de la vida de la Iglesia, en un doble sentido.

Primariamente, la vida de la Iglesia se desarrolla por un acto siempre nuevo de la misericordia de Cristo que, a través del ministerio eclesial, consagra al bautizado y le comunica su misma vida. En segundo lugar, tal principio no consiste en un “inicio cronológico” que luego pueda dejarse atrás, sino en un “principio ontológico”: la vida de la Iglesia está sostenida y guiada por la gracia de Cristo, acogida en la escucha de la enseñanza Apostólica y en la oración, nutrida y perfeccionada por la Santísima Eucaristía -“Sacramentum caritatis”-, restaurada y fortalecida por la reconciliación sacramental. La libertad divina es dada, definitiva, irrevocable, y cada vez que un ministro está dispuesto a ofrecerla se hace sacramentalmente accesible. La libertad humana, en cambio, se expresa en el arrepentimiento, en el dolor del pecado cometido unido al propósito de no cometerlo más en el futuro, y en la acusación que abre realmente el corazón del pecador a la verdad salvífica de Cristo.

En el tiempo de esta peregrinación, la libertad humana conserva siempre el poder tremendum de acoger el misterio de la divina misericordia y dejarse renovar interiormente por ella, o de rechazarlo, mostrando así cómo la Omnipotencia misma de Dios ama por encima de todo precisamente nuestra libertad, hasta el punto de verter en ella todas las riquezas de su Corazón apenas ella hace ademán de abrirse; y respeta la elección humana que trágicamente decidiese no dejarse amar o, lo que es lo mismo, no se decidiese de ningún modo. ¡Dios no hace nunca violencia a nadie!

Considero que solo este realismo integral en relación con la divina misericordia podrá suscitar y sostener la tan esperada nueva evangelización, anunciando sin miedos ni complejos la verdad de Cristo Salvador. Hoy es más necesario que nunca “provocar” la libertad del hombre, que se encontrará así, finalmente, ante al hecho más inaudito y grande de la historia: Dios hecho hombre, muerto y resucitado, que vive en medio de nosotros.

En esta obra de evangelización nos sostenga la Santísima Virgen María Inmaculada, ¡obra perfecta y reflejo purísimo de la divina misericordia ante praevisa merita! Que Ella nos enseñe la total y siempre nueva disponibilidad a la voluntad de Cristo; así aparecerá siempre más, a los ojos de nuestro corazón, la verdad que María Santísima contempla en la eternidad bienaventurada: ¡Dios, en la creación y en la redención, es misericordia, es todo misericordia, es solo misericordia!

©Revista HM; nº193 Noviembre-Diciembre 2016

Hermana Clare

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¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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