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Vida espiritual

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Verdad y libertad

Por Hna. Miriam Loveland, SHM

En un momento dado Jesús miró a los judíos que habían empezado a creer en Él y les dijo: “...conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Al escuchar esta frase muchos se indignaron y empezaron a rebatirle diciendo que nunca habían sido esclavos de nadie. O sea, que no necesitaban ser liberados. Jesús apuntaba a una esclavitud mucho más profunda que la física y mucho más peligrosa. Hoy en día no se cesa de hablar de la libertad y de reclamarla donde no se halla. No sería fácil encontrar a alguien que no la desease y sin embargo son muy pocos los que realmente la alcanzan. Y no la obtienen porque se ha perdido de vista la conexión intrínseca que la libertad tiene con la verdad. Sin verdad no se puede vivir en libertad porque sería vivir en un mundo ilusorio, inconsistente, irreal.

Aunque puede parecer un tema obvio, la sociedad relativista de hoy ha obscurecido bastante la capacidad del hombre de reconocer la verdad. Más aún, muchas veces ni siquiera está dispuesto a admitir que existe. Una de las frases que más se oye a la hora de entablar una conversación de un tema religioso es “eso es verdad para ti, pero mi verdad es otra”. Seguramente te suena. A veces esta respuesta busca tapar respetuosamente la indiferencia de la persona sobre el tema, o quizás su negación de querer cambiar. Pero otras muchas veces nunca se han planteado que justo el tema tratado no admite una pluralidad de opiniones sin más: o es verdad o no lo es. Y puede servir de luz abordar el tema de la existencia o no de la verdad.

Siempre es útil partir de la definición. San Agustín decía que lo verdadero es “lo que es”.

A primera vista puede parecer confuso, pero simplemente quiere decir que algo es verdad cuando corresponde a la realidad. Por ejemplo: la frase “Existe el país de los Estados Unidos” es verdadera o falsa según su correspondencia con la realidad. En realidad o existe, o no existe. Si no existe, entonces la frase sería falsa. Si existe, sería verdadera. Es más. Sería verdadera o falsa independientemente de mi capacidad de constatarlo o no: aun antes de descubrir el continente, esa tierra existía. Por lo tanto la verdad es aquello que corresponde a la realidad de las cosas en sí. Precisamente por eso es algo que se descubre, no fruto de la invención. No existe América porque alguien la descubrió, sino que precisamente porque estaba ahí, se descubrió.

Es en parte por esto que Jesús dijo a los judíos que la verdad les haría libres. No vivir en la verdad es no vivir según la realidad y aquel que vive en una mentira no puede ejercer su libertad para elegir el bien: es esclavo de la ilusión que se ha creado o que le ha sido impuesta. Hay muchas cosas que son objeto de opinión o de gusto como puede ser el helado de vainilla o chocolate. Y hay muchos temas que son objeto de discusión por la pluralidad de posibilidades legítimas que existen, como puede ser la mejor manera de gobernar un país. Pero frente a las opiniones y las discusiones el hombre se encuentra frente a una realidad objetiva, con la capacidad racional de descubrir y ahondar en todo lo que existe. Dentro de este campo de realidad y de verdad está la pregunta sobre la existencia de Dios: o existe o no existe, no hay espacio para opiniones y no hay pregunta que tenga mayor trascendencia para la vida del hombre.

©HM Revista; nº197 Julio-Agosto 2017

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