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Vida espiritual

La muerte y las benditas almas del purgatorio

purgatorio

Por Martha Pezo-Marin

Si de algo estamos seguros todos es de que algún día, tarde o temprano, nos vamos a morir. Nos guste o no, creo que debemos reflexionar en la muerte y en específico en nuestra propia muerte.

Cuando llegue el momento en que hablar de la muerte no nos cause ansiedad o miedo, sino al contrario, deseo ardiente de que eso suceda, entonces podremos decir que estamos en el camino correcto y que hemos encontrado el verdadero significado de lo que en realidad es la muerte: una puerta, un paso hacia una nueva vida, la vida eterna prometida por Jesucristo.

El día de la conmemoración de los fieles difuntos y todo el mes de noviembre, la Iglesia lo dedica a recordar a nuestros seres queridos que se nos adelantaron en su salida de este mundo y rezamos por ellos. En esta oportunidad quiero reflexionar sobre los fieles difuntos y su cercanía con Dios. El Purgatorio se nos representa como un lugar con una inmensa multitud de almas esperando quedar purificadas antes de alcanzar la vida eterna. El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo explica claramente: «Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo» (CCC 1030). La Iglesia nos enseña que nuestras oraciones ayudan en este proceso de purificación y lo propone como una obra de misericordia espiritual: «Rogar a Dios por los vivos y difuntos». Muchas almas tendrán quienes oren por ellos, mientras que otras, tal vez no tengan a nadie que los recuerden y se tendrán que quedar allí por más tiempo expiando sus culpas.

No hace mucho asistí a la misa funeral de una persona no tan cercana a mí, pero a la que me sentí «obligada moralmente» a acompañar, pues en vida, había sido una persona líder en su comunidad parroquial. Yo (como muchos de ustedes me imagino) he asistido a muchas misas funerales para dar el último adiós a la persona fallecida y acompañar a la familia en duelo. También estoy segura que recordarán los discursos que se escuchan al final de la misa donde un familiar o un amigo cercano al difunto, hace un recuento de su vida resaltando sus virtudes y grandes obras realizadas en vida. En ese momento se olvidan los malos recuerdos.

Volviendo al caso de la misa funeral a la que asistí, la persona que dio el discurso de despedida fue una de sus nietas adultas con quien ella había tenido una gran cercanía. Ella resaltó las virtudes personales de su abuela, que las usó en bien de su familia y al servicio del prójimo necesitado, y lo hizo con palabras y ejemplos sencillos de su vida cotidiana. Acto seguido, se puso de pie al frente una compañera de trabajo con quien había compartido muchos años para resaltar también sus virtudes humanas de amistad, compañerismo, servicio, responsabilidad, etc. Pidió a los otros compañeros allí presentes que se pusieran de pie para honrar su memoria. Yo me quedé bastante impresionada con todo lo que había observado y escuchado, y reflexioné en el extenso «curriculum» con el que ella se iba a presentar ante Dios. Como se diría en el coloquio popular, «se fue al cielo con zapatos y todo». Pero en realidad eso no lo podemos saber, pues solo juzgamos desde nuestra mentalidad y parámetros humanos.

La muerte de una persona debe ser una ocasión para reflexionar sobre el sentido de nuestra vida, qué hemos hecho o dejado de hacer, pero también sobre el sentido de nuestra propia muerte con la esperanza de la resurrección para la vida eterna, como lo afirmamos en el Credo. Dios, que es justo y misericordioso, sabe la manera en que nos va a juzgar a cada uno de nosotros de acuerdo a los dones y talentos que nos dio. Hay muchos pasajes en el Evangelio donde encontramos a Jesús hablando del juicio final y lo que debemos hacer para ganar la vida eterna. No podemos llegar a ese encuentro con las manos vacías o a medio llenar. ¿Será posible que Dios nos pida tanto? A esta pregunta respondo con las mismas palabras de Jesús cuando les narraba a sus discípulos la parábola del administrador fiel y prudente que concluye diciendo: «Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su Señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se le confió mucho, se le pedirá más» (Lc 12, 47- 48). Suena fuerte, pero aquí se encuentra la respuesta que necesitamos para discernir lo que Dios espera de nosotros en esta vida.

purgatorio2Jesús fue muy claro al decir que al que se le dio y confió mucho se le pedirá mucho. El asunto es empezar por reconocer los talentos que Dios le ha dado a cada uno para hacerlos crecer y dar frutos. No podemos ignorarlos por comodidad o conveniencia pues es ir en contra de nuestra propia conciencia, que es la que nos permite conocer la voluntad de Dios. Algunos dirán que sería mejor saber poco o tener pocos talentos para que no se nos exija mucho, pero es una posición muy cómoda y un comportamiento «tibio» que Dios aborrece.

Hablando sobre el purgatorio y el cielo, existen muchos relatos de gente que han vivido experiencias después de la muerte donde han visto el purgatorio y tal vez una pincelada de cielo, pero que después regresaron a la vida. Les comparto una de las experiencias que vivió mi madre durante la operación al cerebro a la que fue sometida en el año 2011, que me parece nos puede ayudar para tener una visión del purgatorio. Ella recuerda que durante su opera¬ción, estando inconsciente, tuvo la experiencia de visita al purgatorio y al cielo. Se encontró caminando en un sendero con muchas plantas y lleno de flores hermosas. De pronto se halló frente a una puerta grande que al golpearla se abrió y entró. Era el purgatorio y una persona de mediana edad le preguntó su nombre para buscarlo en el libro grande que sostenía entre sus manos. Cuando lo encontró, le hizo pasar. Lo que vio allí fue una gran multitud de personas rezando en voz alta y ella se unió a los rezos. Lo que más le llamó la atención fue que todos eran adultos de toda raza y color de piel, pero no había niños. Después de un rato, se presentaron frente a ella dos ángeles que la condujeron a otra puerta. Era el cielo. Allí se reunió con otra persona de aspecto joven vestida de blanco. En sus propias palabras mi madre relata: «Esta persona mandó a los ángeles que me vistieran de blanco. En ese lugar vi a más gente, todos vestidos de blanco y de todas las edades, niños, jóvenes, adultos y de avanzada edad. Había una infinidad de estrellas como en una explanada que producían mucha luz. Todo era felicidad. No pensaba en nada ni en nadie». Cuando despertó de su operación estaba confundida sin saber dónde estaba. Ella hubiera querido quedarse allí pero Dios decidió dejarla en la tierra por más tiempo. Ella agradece esta experiencia que Dios le permitió vivir y recomienda que todo el tiempo debemos tener a Dios en el corazón e irradiar alegría; dar gracias a Dios por todo lo bueno o malo que nos pasa.

Como reflexión personal podemos sacar que pongamos más atención a nuestra vida espiritual. Que no nos conformemos tan solo con ser buenos cristianos, cumplidores de las prácticas religiosas, sino que hagamos fructificar todos los talentos y dones que Dios nos ha dado para así poder llegar a su presencia el día que nos llame, con las manos llenas de buenas obras. Y mientras vivimos en este mundo, no nos olvidemos de rezar por las almas de los difuntos tanto conocidos como desconocidos, con la esperanza de que a su vez otros lo harán por nosotros cuando nos llegue el momento de partir.

 

©Revista HM; nº205 Noviembre-Diciembre 2018

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