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Por Hna. Rocio, S.H.M.

Hace ya algún tiempo golpeaban a nuestros ojos y nos sobrecogían unas imágenes de destrucción, de muerte, provocadas por un tsunami en varias localidades de Asia. Hay, sin embargo, otros tipos de tsunamis interiores, espirituales, a los que apenas damos importancia porque sus efectos no son tan visibles, pero no por ello son menos destructores. Uno de esos tsunamis espirituales es la envidia que corroe el alma y provoca odio, destrucción y muerte por doquier. La misma Sagrada Escritura nos avisa: "por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo" (Sb 2,24).

¡ Cuántas veces no habremos sentido crecer en nuestro interior, alzarse como un monstruo ese sentimiento de envidia ante nuestro prójimo! Envidia ante un bien que ha hecho el otro y que yo no he hecho, envidia por una acción aprobada y alabada, por un don natural o sobrenatural que posee el que está a mi lado, envidia porque al otro le reconocen y a mí no… tantas cosas a veces pequeñas, mínimas, pero que tan fácilmente despiertan en nosotros ese pecado que llamamos envidia.

por Hno. Dominic Feehan, S.H.M.

El cuadro del Hijo Pródigo fue pintado por Rembrandt en los últimos años de su vida. Los últimos años de su vida fueron difíciles, con muchos tormentos. En el inacabado cuadro sobre Simeón y el Niño Jesús, el Hijo Pródigo muestra dos cosas que están muy relacionadas con esta etapa de la vida del pintor, y son: su ceguera física y una profunda visión interior. En los dos cuadros se ve como una luz interior que muestra una tierna belleza. Esta luz interior estuvo escondida durante mucho tiempo a los ojos del artista. A lo largo de los años y después de mucho sufrimiento Rembrandt descubrió esa luz en su interior.

El joven Rembrandt fue muy orgulloso durante muchos años de su vida. Viajaba a países lejanos y gastaba su fortuna en placeres. Entonces Rembrandt tenía muchas características con el hijo pródigo en esta época: arrogancia, rebelión y sensualidad. El corto período de éxito, fama y riqueza que experimentó fue seguido por un período de sufrimiento, desgracia y desastre.

Por P. Colm Power, S.H.M.

Una vez oí a un sacerdote dar esta respuesta a los escándalos que han pasado en la Iglesia: Él nos preguntó si nosotros queríamos ser seguidores de Judas Iscariote, el traidor, o seguidores de Jesucristo, Hijo del Dios vivo, nuestro Salvador Crucificado. Él nos preguntó si era lógico utilizar la traición de Judas como excusa para “justificar” nuestra propia traición, o si nos tenía que impulsar, más bien, a ser hasta más fieles al Dios que fue entregado con un beso por treinta monedas. Era una pregunta muy buena. Judas Iscariote era uno de los doce escogidos, pero fue infiel a Aquel que le escogió. Lo vendió por treinta monedas de plata. Jesús dijo de él: “Mejor le hubiera sido a ese no haber nacido” (Mt. 26, 24). ¿Lenguaje fuerte?. Sí, lo es, pero esas son las palabras de Jesucristo, el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad. Nos tenemos que preguntar: “¿Soy seguidor de Judas el traidor o seguidor del Cristo traicionado? ¿Cómo estoy respondiendo a la gracia de mi bautismo?”. Dios seguramente juzgará a Judas por sus pecados, pero con igual seguridad me juzgará también por los míos.

La preocupación que siento por los niños y jóvenes me ha decidido a escribir. Quiero dirigirme especialmente a vosotros niños, adolescentes, jóvenes y también a vosotros padres y educadores.

Me da mucha pena ver cómo se os ensucia, cómo os intentan “educar” con criterios contrarios a la fe y a la dignidad del hombre: la castidad no está de moda y la virginidad o el celibato es una enfermedad a la que hay que atacar cuanto antes. El amor lo han desvirtuado por completo y nos lo presentan como un movimiento animal, placentero pero vacío. ¡Qué pobreza!

Que la virginidad es una virtud muy amada de Dios nos lo demuestra el hecho de la Concepción virginal de María. Dios no sólo hizo un milagro al concebir sino al dar a luz.

Todos nosotros estamos llamados a vivir la castidad, cada uno en el estado correspondiente. Pero especialmente vosotros jóvenes, ¡cuidad vuestra pureza!

Por P. Jesús Castellano, OCD

El Padre Jesús Castellano es carmelita descalzo, Profesor de Teología Sacramental y de Espiritualidad en la Facultad del Teresianum y consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y del Oficio para las celebraciones litúrgicas del Papa. Recientemente concedió una serie de entrevistas a Radio H.M. sobre el tema de la Eucaristía, con motivo del Año Eucarístico proclamado por el Papa el 17 de octubre de 2004. De ellas hemos entresacado estos artículos para H.M.


-¿Existe una relación real entre la Virgen María y el Sacrificio de Cristo que se conmemora en la Eucaristía?

Como el Papa nos recuerda en el sexto capítulo de la encíclica Ecclesia de Eucharistía, hay unas relaciones muy fuertes entre María y la Eucaristía. Todo esto no depende de un cierto devocionalismo, sino que tiene raíces muy hondas. Ante todo por reconocer en la Eucaristía el Cuerpo y la Sangre del Señor. En las plegarias eucarísticas y en las confesiones de fe se dice siempre que lo que nosotros tenemos en la Eucaristía es el mismo Cuerpo nacido de María, la Virgen. Esto es ya una nota esencial de la relación entre la Eucaristía y la Virgen María, porque lo que tenemos en la Eucaristía es lo que ha recibido de María: la Carne y la Sangre, es decir, nuestra propia humanidad. Por eso no es extraño que ya San Agustín forjase la expresión “la carne de Cristo es la carne de María”. Es lo que canta también Santo Tomás en los himnos del Corpus: “este Cuerpo nacido de un vientre generoso”.

Él nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.” (Ef. 1,4-6).

Entre nosotros, los católicos, la realidad de que Dios existe supongo que es innegable, pero de lo que ya no es tan seguro es que caigamos en la cuenta de que Dios, DIOS VIVO, está entre nosotros verdaderamente en la Eucaristía.

¿ Cuántas veces hacemos una genuflexión a medias, rara y con trabajo para no llegar hasta el suelo con la rodilla? ¿Cuántas veces estamos en el momento de la Consagración pensando en cualquier cosa y no nos acordamos de que el Hijo de Dios es levantado en alto para atraer a todos hacia Sí? ¿Cuántas veces estamos delante de Él sin inmutarnos?

"La Eucaristía es el centro de toda mi jornada"

“La Eucaristía es el centro de toda mi jornada” ha afirmado en varias ocasiones el Santo Padre Juan Pablo II y con ello nos ha dejado un precioso testimonio de la importancia de la misma para la Iglesia y para la vida personal de cada uno. El Papa vive realmente de la Eucaristía. De ella ha extraído la fuerza para vivir estos 25 años de Pontificado, para recorrer incansablemente el mundo hasta el último confín de la tierra, para anunciar sin miedo la verdad de Dios aun en sitios donde esa verdad estaba en contraste con lo que piensan y buscan los hombres. De ella ha sacado la fuerza para entregarse hasta desgastarse. Y de ella continúa extrayendo la fuerza para vivir esta nueva etapa de su ministerio clavado en la cruz, en medio de los límites de la ancianidad y la enfermedad pero sin pararse en ningún momento y sin bajarse de la cruz.

Precisamente en este inicio de milenio, nos ha querido dejar un valioso documento sobre este tema tan importante y tan querido para la Iglesia: la Encíclica “Ecclesia de Eucharistia”.

La verdad es que lo ha hecho bastante bien nuestro “enemigo” y muchos se han dejado cazar con la misma trampa en que cayó Eva. Así de viejo es el truco, pero es que no aprendemos. Como sucedió en el Edén, se ha puesto al hombre en la disyuntiva de tener que elegir entre la felicidad o Dios, como si fueran opuestos imposibles de unir. Como si escoger a Dios supusiera condenarse a una vida triste, de oscuridad y frustración y, aún más absurdo, como si se pudiera alcanzar la felicidad fuera de Él.

La vida de muchos hombres y mujeres de nuestra época se parece a la del Fausto de Goethe, que es un personaje que pasa toda su vida en espera de que llegue ese momento tan hermoso que le haga exclamar: “¡Detente!”. Pero ese momento no llega nunca. ¿Por qué el hombre no puede saciar su deseo de felicidad con nada de la tierra? Precisamente por el hecho de haber sido creado por Dios, amasado por Él “a su imagen y semejanza”.

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