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P Rafael
19 de mayo 2018

P. Rafael Alonso Reymundo

Hemos estado, a lo largo de todas las lecturas que se han ido proclamando últimamente, viendo el camino, el itinerario que ha hecho S. Pablo. Es un itinerario de apertura total al Espíritu Santo. En la última etapa, incluso cuando ya de Mileto llamó a los presbíteros de Éfeso, el Espíritu Santo le aseguraba toda clase de sufrimientos y él tenía en su corazón el completar la carrera. Hoy hemos visto cómo le llevaron a Roma y le permitieron estar en la casa bajo vigilancia, donde iba recibiendo a la gente y dando testimonio de Jesucristo. La situación, que parecía que fuera cómoda, no lo era tanto. Porque tenía allí un soldado que le ofendía, que le decía palabras ofensivas en cuanto tenía la más mínima oportunidad. Aquellos de vosotros que hayáis experimentado lo que se llama en moral la detracción, contumelia, afrenta, sabe lo que es esto. Es un sufrimiento ver que te están juzgando y ofendiendo constantemente. Yo sé que algunas lo vivís también, algunas en vuestra casa y otras cuando cogéis el teléfono y habláis con personas de vuestro entorno familiar. A veces encontráis que no son palabras de aliento, de defensa, de comprensión, sino de reproche. San Pablo vivió todo eso, y lo vivió de una manera tremenda, porque tuvo que ser probado hasta el final en la paciencia y en la serenidad con la que vivía la injusticia. ¿De dónde sacaba él fuerza para vivir todo esto? De su unión con Dios. “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.

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P Rafael
5 de mayo 2018

P. Rafael Alonso Reymundo

En la primera lectura, hemos visto la manera de actuar de los apóstoles. No se reunen para hacer planes pastorales, sino están a la escucha de la voz del Espíritu Santo para ver que es lo que quiere de ellos. Y se dejan mover sobre todo por el Espíritu Santo. En este sentido se encuentran con esta libertad que da el que sigue el Espíritu para ir a donde les envíe este viento impetuoso del Espíritu Santo, el ruah de Dios. Este es el modo de actuar de ellos.

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P. Luke
31 de marzo de 2018

P. Luke Demasi

«Si consideramos la vida de los santos, nos sorprende que, aun en el mayor ardor y la mayor embriaguez de Jesucristo, poseen una santa sobriedad. Su “hambre y sed de justicia”, su calidad de “poseídos de Dios”, su superabundancia de amor al prójimo, su incondicional confianza en Dios -que les convierten a los ojos del mundo en una especie de locos- se hallan bien lejos de toda exageración, de todo romanticismo, de toda negación de nuestras debilidades y de nuestra condición de hombres atados a la tierra, lejos de todo adorno y de todo retoque. Su vida está entramada con una santa sobriedad que contrasta tanto con la sobriedad vulgar de los llamados “realistas” como con cualquier clase de pseudoespiritualidad» (del libro "Nuestra transformación en Cristo", de Dietrich von Hildebrand).

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Mónica
30 de marzo de 2018

Mónica Fernández Beitia

«Hay que tener en cuenta que el gozo debe tener la primacía sobre la tristeza, porque los fundamentos para estar alegre son infinitamente mayores que los fundamentos para estar triste. Y, en segundo lugar, toda cruz y todo dolor quedan iluminados y glorificados por la esperanza. "Ut non constristemini sicut ceteri, qui spem non habent": "Para que no andeis tristes como aquellos que no tienen esperanza" (1 Tes. 4, 13), dijo San Pablo» (del libro "Nuestra transformación en Cristo", de Dietrich von Hildebrand).

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María José Arranz
29 de marzo de 2018

Mª José Arranz

La misericordia es el amor del Señor, que desciende hacia nosotros y nos perdona. Es la suma de todos los valores, que se inclina hacia nosotros sin que lo merezcamos. La virtud de la misericordia es una virtud divina, que solamente por analogía podemos ejercitar. Para que haya amor misericordioso, no basta que haya amor; se necesita que haya alguien sumido en la miseria. Y a ese alguien que está sumido en la miseria es a quien se dirige nuestro amor. No se puede ejercitar la misericordia fuera de Dios, porque, humanamente, es imposible. Nuestra tendencia es la contraria.

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P Rafael
21 de octubre de 2017

P. Rafael Alonso Reymundo

Dios nos ha enviado a su Hijo Divino, encarnándose en las purísimas entrañas de María Santísima por obra del Espíritu Santo. Esa es la gran obra que Dios ha hecho, a la que tenemos que dar fe. El que crea en Jesús se salvará. El que no crea será condenado.

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Padre Rafael
30 de septiembre de 2017

P. Rafael Alonso Reymundo

El Señor podría decirnos a nosotros, como le dijo a San Jerónimo en su sueño: “No te conozco. No has dedicado tiempo a mi Palabra. No te has dejado interpelar por mi Palabra, mi Palabra, que es Jesucristo: la revelación que yo he hecho para ti, para salvarte”. ¿Qué haces con tu vida? ¿A qué dedicas tu tiempo? ¿Cómo es posible que pases tanto tiempo sin leer un buen libro y, sobre todo, sin leer la Palabra de Dios. Preguntaos vosotros: "¿Cuánto tiempo dedico yo a leer la Palabra de Dios?”.

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P Rafael
23 de septiembre de 2017

P. Rafael Alonso Reymundo

La Eucaristía es el mismo Cristo, que se ofrece al Padre como víctima, como propiciación por nuestros pecados. El sacerdote actúa “in persona Christi”. Cuando dice: "Esto es mi cuerpo", es el cuerpo de Cristo, porque es Cristo quien actúa en él. Este sacrificio que nosotros hacemos no es otro sacrificio distinto que el de Cristo. No es que se repita, sino que es el mismo, que se actualiza, se "presencializa" como si se anulase todo el tiempo de separación, y nos encontramos en el Calvario, ofreciéndose Él al Padre.

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P Rafael
17 de junio de 2017

P. Rafael Alonso Reymundo

En el Evangelio -y también en la primera lectura-, ha resonado la Palabra de Dios. El Señor rechaza la ambigüedad. El Señor dice que vosotros digáis sí a lo que es sí y no a lo que es no. Y ha dicho que todo lo que pasa de esto proviene del Maligno. Por lo tanto, el Señor rechaza la mentalidad que hay ahora, en la cual se dice: “Todo está bien. Hagas lo que hagas, yo te apoyo”. Vamos a analizar eso. Eso lo que usted dice, que todo está bien… Si nosotros, en vez de hablar de virtudes, que son hábitos operativos, perfectivos, del ser humano, hablamos de valores, de qué es lo que tiene valor para mí -aunque no lo tenga en sí, pero que lo tiene para mí-, entonces, hago mi gusto y lo que a mí me apetece como forma de valor absoluto. No todo lo que el hombre hace está bien. No todo lo que el hombre piensa está bien. No todo lo que siente está bien. Lo que piense, lo que desee, lo que sienta, tiene que confrontarlo con la Palabra de Dios. No somos nosotros quienes decimos lo que está bien y lo que está mal; es Dios. Es Dios quien tiene esa palabra. A mí me exigirá el esfuerzo de ver si lo que yo estoy diciendo, haciendo, pensando, deseando está bien o no, en conformidad con su Palabra. Si no está en conformidad con su Palabra no está bien.

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D Juan Antonio
2 de julio de 2017

D. Juan Antonio Reig Pla

Cuando miramos a la Santísima Virgen María y podemos contemplarla como obra perfecta de Dios, la razón última es que Dios la ha elegido para ser la Madre de Dios. Dios viene a tomar nuestra carne, pero viene Dios. No es obra nuestra y, por tanto, cuando ingresa en este mundo, lo hace como Dios. Es tanto el amor que nos tiene que se acerca, que quiere establecer y plantar su tienda en medio de nosotros. Y, para eso, dentro de los designios de Dios, Él espera, la respuesta humana, promovida por su gracia. Es la respuesta de la Santísima Virgen María. Ella, que es la obra perfecta de Dios, Inmaculada desde su concepción, ahora, por obra del Espíritu Santo, concibe. Y concibe al modo como Dios lo ha previsto y con las condiciones de Dios, sin restar nada a la divinidad, para adquirir a su vez nuestra humanidad.

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